Las vidas que tocan

Me tocó nacer cuando éramos gigantes
(aunque no lo sabíamos)
y no movíamos una piedra de lugar
y si por nosotros era
	no movíamos ni el aire.
	
Después me tocó nacer cuando movíamos piedras sin tocarlas
y las cortábamos con el pensamiento
	no era lo que pensás cuando digo pensamiento
	era una forma de vibración
	que de algún modo se escuchaba así que también podés decir
	que las movíamos con música
me tocó nacer cuando hablábamos en música silenciosa
sin mover el aire ni la boca
pero sí los cuerpos para mover la llave
de la puerta entre los mundos.

También me tocó nacer cuando había que moverse para hacer todo
y hablábamos en código
	una especie de pictografía sonora
	la danza germinal de los alfabetos
cuando absorbidos por el magnetismo de la materia
echamos raíz en los sentidos
era el tiempo de tocar
el tiempo de hablarle al mundo con tus propias manos
un tiempo de antenas de corto alcance
	no es lo que pensás cuando digo antenas
y espadas de rango largo
–en el fondo, seguíamos prefiriendo las lanzas
	reminiscencias vagas del viejo tocar de lejos.

A lo último nací cuando la materia se nos despertó encima
de tanto hundirnos hacia ella y cuando de tanto tocar
construimos la forma de hacerla pensar y tocar por nosotros
para tener más tiempo de tocar más cosas
y seguir corriendo en laberintos cifrados
era el tiempo en que telekinesis se decía tecnokinesis
	pero igual no se decía
y la única telepatía admitida era la de un algoritmo
de una manera más o menos tácita era ilegal tocar con el pensamiento
aunque lo hacíamos desde niños
y a veces hasta la tumba
el único requisito era no mentir
si mentías arruinabas la antena
costaba cada vez más escuchar y transmitir
entonces te pasabas de lleno al alfabeto
para que dijera por vos eso que no puede decirse por otros medios
y al tiempo ya te costaba creer que esa antena siquiera exista
	las antenas no nacen, se hacen –y cosas así.

Sinceramente no puedo decir con cuál tiempo me quedo.
No diré que antes vivíamos mejor
tampoco se vive mejor ahora.
Cada vez que me tocó vivir había aspectos evolucionarios y conservadores
en alguna clase de equilibrio
aunque no es lo que pensás cuando digo equilibrio
es un castillo geométrico desmoronándose en cámara lenta
célula por célula hacia dentro y hacia tras
hasta que el mismo castillo aparece por delante y lo releva
de lo que resulta una iridiscencia de cristal o de cuerpo fluido
	por eso, no es lo que imaginás.

En fin,
recuerdo que cada vez que me tocó nacer me tocó aprender algo
pero me llevaba la vida entera recordar qué
y ahí veía si lo había aprendido
y si estaba listo para olvidar otra cosa
y volver a caminar en círculos
y dar vuelta laberintos
hasta inventarla.
El Bolsón, 25-8-21

Historia de la conspiranoia

Dicen que somos ratas de laboratorio
que con nosotrxs están experimentando
nuevas formas de control social
con algoritmos, con vacunas, con redes sociales...

En cualquier caso el experimento habría empezado mucho antes
con la industria cultural, con los televisores y las radios
y aún antes, con la prensa escrita, con los rumores de boca en boca;
dicen que todo el asunto de las nacionalidades es un experimento
para hacer que los de acá se maten contra los de allá
y así los de abajo protegen los negocios de los de arriba
y otros dicen que empezó mucho antes, con las religiones,
otro experimento para someter pueblos a una voluntad intangible
sólo accesible a unos selectos portavoces
y que hasta, en el fondo, desde que somos tribu
quienes detentan el poder experimentan con nosotros para dominarnos mejor...

Quienes van más lejos, miran arriba
y desempolvando códices y jeroglíficos
dan pruebas de que seres alienígenas han pasado por aquí
y sembrado códigos genéticos en nuestra sangre
haciéndonos ratas de un laboratorio cósmico
	según algunas fuentes, con propósitos oscuros
	según otras, buscando un ser superior, tramando evolución
y a fin de cuentas, para la mayoría, somos el experimento de un solo dios
es decir, de Dios, somos su experimento en tiempo real
y para la minoría atea o materialista, somos un más o menos aleatorio
experimento de las leyes físicas, del átomo y la energía
en el laboratorio de la genética, y éste
en el laboratorio del agua, y éste
en el laboratorio de la Tierra, y ésta
en el misteriso laboratorio del Universo.

Muchos libros y películas nos han dejado cara a cara con este misterio
y las noticias de todos los días reelaboran versiones ad infinitum
y por más que no podemos dar una respuesta unánime
la conclusión ineludible es que estamos siendo parte
de un gigantesco experimento
por donde lo mires, somos ratas de laboratorio, o conejos, monos, humanes
y la pregunta que quizás valga más la pena hacerse
cada día al despertarnos, cada noche al ir a dormir,
es:
¿qué tal va el experimento?
¿cuál quiero que sea el resultado?

¿y qué puedo hacer para que resulte?

Formas de llegar

Hola… ho… hola, ¿me escuchás? Hola, ¿ahí? Hola, no, te quería… hola… te quería pedir perdón por lo de… no, pará, en serio te quiero pedir perdón… No, lo que pasó ayer pasó, ya sé, y lo que dijimos lo dijimos, pero la vida sigue y… Bueno, che, te llamé yo, ¿me vas a dejar hablar? Si no cortamos y ya está… No, pará, no cuelgues, escuchame un poco, por favor, ¿dale? Listo, gracias. Bueno… Yo sé que parece siempre la misma película, y capaz que es cierto, que es siempre la misma película, puede ser. Pero en todo caso, ¿esto es el nudo de la película? ¿Ésta es la gran trama, la gran cosa, lo que nos tiene que importar de la película? ¿Acaso es el final de la película? Yo creo que no, y yo quiero que no. ¿Está bien? No, no es todo lo que iba a decir, ¿por qué no me dejás hablar, negra? Si yo quiero arreglar las cosas acá… Negra, ¿hace cuánto nos conocemos vos y yo? ¿Mil años? ¿Dos mil? Ah, bueno. No, porque hablás como si me conocieras de ayer nomás… Claro, está bien, pero resulta que vos sos mi vida, entonces… Viste que uno a veces se puede lastimar a sí mismo y muy fiero, pero eso no quiere decir que uno no se quiera ni que uno no quiera estar bien, ¡uno quiere estar bien, pero a veces se equivoca! ¿Te acordás cuando éramos chicos, que me tiré del carro, adónde íbamos? Cierto, íbamos a los torneos infantiles, en Roma, y vos me habías llenado la cabeza con que era en el circo y los nenes teníamos que competir con los leones. ¡No había dormido en toda la noche del cagazo! Entonces lo mejor que se me ocurrió fue eso, escaparme de ese miedo de un salto, sabiendo que atrás venían más caballos y me iban a arrollar… Bueno, a lo que iba es a que uno se puede equivocar así y lastimarse, pero si uno no se perdona… Tenés razón. En eso tenés razón. Pero lo que yo te quiero pedir es que pongas un poco las cosas en perspectiva. Lo que pasó ayer pasó, y sí, no era la primera vez, me acuerdo perfectamente la primera vez porque fue exactamente el mismo día que empezó la cuarentena general por la peste. No, ésa no, ¡mucho después fue! La negra digo yo… la jodida. Pasó lo que pasó a la mañana y a la tarde ya estábamos encerrados en la casa, que en ese momento era “la nueva casa”… Te acordás… Ahí hicimos el amor por primera vez, después de tanto, tanto, pero tanto tiempo. Es que ahí sí creíamos que nos íbamos, era el final final. Y sin embargo, acá nos ves, yo el mismo tarado, vos la misma luz… no, pero si es así, y siempre te dije que es así, eso no me lo podés negar. Esto lo tenemos que superar, negra, si ya las pasamos todas, lo que no quiero es que pase como cuando por culpa de ya no sé qué te quisiste cruzar el Atlántico sola, y lo único que me quedaba era mandarte cartas infinitas con i de infierno que no sabía si te llegaban y cuándo y era vivir como tirado por cadenas para atrás, en la espera eterna, queriendo salir de un raje adonde fuera que me dijeran tu nombre, y era obvio que iba a pasar, que en algún momento un barco se iba a hundir con la carta en la que vos me estabas avisando que ahora te tenía que escribir a pero yo justo había tenido que, y fueron décadas y décadas de morirme despierto, negra, no quiero nunca más un desencuentro como ése, y ahora cada vez que nos pasa esto a mí me agarra la desesperación de que nos separemos de nuevo así, me quedó en el alma una de esas cicatrices que con el frío te vuelven a doler, ¿viste? ¿Hola? ¿Me escuchás? Hola… ho, hooola, que no se corte, por favor negrita, ¡hola! ¿Ahí me escuchás? Uf, celulares de mierda, ¡te quiero ver! Por lo menos con las cartas se leía todo, ¿no? Si llegaba, se leía todo, y estaba todo ahí, escrito, imborrable. ¿Vos tenés todavía esa carta, de cuando te encontré? Que casi no la mando, porque ya estaba tomándome el tren con una valija con nada, con lo que encontré a mano en cuanto me convencí de que era cierto… pero claro, ¡qué tren si trenes no había todavía! Claro, no se había inventado… qué bárbaro, entonces fue un carruaje lo que fui a buscar, estaba enardecido, adrenalina pura, era un caballo corriendo porque atrás se le desmorona el mundo… pero antes de salir, te escribí esa carta. Con el fuego subiendo. Se incendiaba la casa, el fuego trepaba mueble por mueble, y yo escribía. La casa era mi pecho. El fuego era este mismo que nunca se apagó, negra, el que me dice que te quiere ver ya y que cuánto más, y que estamos en la misma, con un celular o con una carta o con señales de humo estamos siempre lejos vos y yo, eso siento ahora… y si la culpa la tengo yo, si querés me corto las venas, y que venga de nuevo el cura aquél que me hizo encerrar en ese loquero de mierda, y fui yo el que lo tuvo que cuidar cuando el tipo era tan viejo que no se podía ni limpiar la mierda del culo, y yo esperando todavía para salir de ahí y volver a verte, y vos que debías estar viviendo tantas cosas, conociendo tantos amores que yo… Es larga la vida, negra. Yo me cansé de todo. Me cansé y me volví a emocionar y me volví a cansar otra vez. Todo. Pero si hay algo que sigo queriendo como si fuera un nene romano en penitencia porque besó a un esclavo… ¿te acordás? (risas) Si hay algo que me hace seguir siendo ese nene, después de todas estas vueltas, con esta mochila encima del alma, si hay algo sos vos, negra, y son las ganas de verte. Vos anulás los siglos, anulás las penas, las muertes, esta soledad de ser la piedra que mira el río, negra, ¿a cuántos amores habremos visto morir a esta altura? ¿Hace cuánto dejamos de contarlos? Esto podría haber vencido a cualquiera, debe haber vencido a muchos, quién sabe, pero ¿yo? Yo sé por qué me la banqué, por qué me banqué ese loquero que parecía un campo de pruebas para pensar bien cómo hacer la Inquisición después, y sé por qué me banqué ese siglo entero de esclavo en esa tierra de salvajes, cuando tuve que matar al hijo de puta que te había ultrajado en Rávena y me tuve que rajar y toda la historia, esos años sí que los conté, negra, fueron ciento catorce años laburando una huerta de mierda al borde del Báltico y encima sin saber qué había sido de vos, si estabas bien, si habías leído la carta, ja, otra vez la carta, que te había dejado en la tortuguita de cuando éramos chicos, la de mamá… Sabés qué loco, el otro día, no te lo conté esto, me había olvidado por completo, pero… Estaba en un hotel con la televisión prendida, y pasaban uno de esos subgéneros del noticiero que son los programas “de divulgación científica”, ¿viste?, y el tema era “Roma antigua“, ja, para cantarse un tango, ¿no? Bueno, estaban hablando de no sé qué excavaciones por España, y adiviná la tortuguita que mostraron en cámara, exhumada en la región de no sé dónde… ¿me escuchás? ¿Hola? ¿Estás ahí? ¡Hace cuánto que estoy hablando solo, la puta madre! Bueno, le escribo un texto… Menú… Mensaje nuevo… Añadir destinatario: Negra.

Esta obra recibió el 2º Premio en la categoría Cuento de la Bienal de Arte Joven de La Plata, 2011

Noviembre

Mes en el que aparecen gatos en tu casa y se muere tu novia y hay elecciones en la universidad y componés tres canciones que tu novia no va a poder escuchar y en que aparecen las llaves que perdiste y te llama mucha gente que cómo te sentís y que lo que necesites y en que llueve semanas enteras y luego hay sol quemante y luego vuelve a llover, tocás la guitarra y hay ferias de libros y artes adonde vas buscando sorprenderte porque la que te sorprendía vaya que te sorprendió por última vez y para siempre y necesitás ir viendo bosquecitos con movimiento propio para salir del pozo sin fondo del sólo pensar en ella, a la que le dedicás todo pero ya es tarde, noviembre mes tarde, mes sorpresa, en que el tiempo adquiere una nueva perspectiva, si se puede decir nueva, y si se puede llamar a eso perspectiva, los ojos rezan por un punto de fuga pero no hay dios ni fuga que no se evapore entre los dientes o siga allí por la mañana.

Mes que se te resbala por los dedos, dedos que por momentos te olvidás para qué sirven, ni te acordás que los tenés, mes en que todo termina y nada empieza, salvo algo que parece una cuenta regresiva cuyo rango es secreto para vos, parece pertenecer a una altura sagrada, que vos desconocés por naturaleza, porque te faltan algo así como reencarnaciones (aunque no son reencarnaciones sino imposibles) para llegar.

Mes que no querés que pase ni que se quede, que no querés, mes que te aplastó como a una mosca pero te dejó viviendo adentro del vaso, por pura diversión del ojo que mira y ¿se ríe? Mes en que conocés personas hermosas con las que querés llenarte pero no podés, en que recorrés una y veinte veces los mismos lugares cambiando sólo el momento del derrumbe y su prolongación, en que hacés llamadas a larga distancia sin pensar en cuánto estás gastando, en que le das tu amor a una gatita que llegó a la casa de los amigos donde fuiste a refugiarte como un lobo moribundo, con la que dormiste su primera noche bajo techo, a la que mimás como nunca antes a un animal, hasta que empezás a pensar estupideces como le dicen ahora, tristes alucinaciones de la presencia de tu novia en la gata o en un sonido o en un silencio o en un accidente o hasta en el más ínfimo bicho que se te acerca y te hace dudar si lo matás o no porque podría ser ella que viene reencarnada a buscarte, a estar cerca tuyo, y cómo te aliviaría creer esa estupidez como le dicen ahora, cómo deseás creerla y volverte loco al fin y descansar del dolor hasta que muera la pulga o la gata o te mueras vos, porque vos también estás entregado y lo sabés y ya no importa, es más, haría bien en apurarse la guadaña, pensás en noviembre.

Mes en que encontrás una revista con los cien mejores guitarristas del siglo y no la leés, la dejás tirada en la pieza donde ves películas o recitales de Pink Floyd, y la gata tiene parásitos y la llevás a que la vea tu amigo veterinario y ahí en el negocio ves una computadora y ya querés escribir su nombre por enésima vez en el buscador para ver los mismos resultados de siempre, el mismo video con la canción que no está tan buena pero qué bien cantada, qué prodigiosamente, y no pensás en otra cosa que mostrársela al veterinario y al pintor que trajo la gata a la casa de noviembre, todo sea por hacerle una caricia ultraterrena y un tributo a la cantante que se perdió el mundo, pero no te da el cuero, apenas con imaginar la cara que van a poner, no te gusta incomodar a la gente, al menos a la que vos querés, entonces sólo ponés el video de la ucraniana que también hace magia pero con los dedos y nada más, retratando la invasión nazi y la resistencia con arena, dibujos en movimiento, efímeros, y después te vas a pegar carteles en busca de un baterista para la banda de rock que empezaste a hacer cuando la conociste a tu novia, años hacía que giraban los proyectos en tu cabeza solitaria pero cuando la conociste a ella y su energía y su voz y su mirada y su pelo raro tan lacio y brillante rodeando sus ojos que nunca se quedaban sin su delineador negro, ni de día ni de noche de ningún día, cuando aceptaste sin dudar su invitación a ver El lado oscuro del corazón aunque ya la habías visto y ella también y cuando entraste a la casa descubriendo que ya habías estado ahí haciendo música alguna vez, horizontes antes de ella, cuando subiste la escalera y entraste a la pieza y la escuchaste cantar y contarte tantas cosas y le cantaste y le hiciste el amor y le leíste y la miraste y la abrazaste y pasaste del vino al mate y de la noche a la mañana y te quedaste tres días seguidos mientras afuera crecía la epidemia de gripe y todo el mundo se infectaba o se encerraba o las dos cosas y vos no podías pensar en salir y estar sin ella y sólo se despegaron cuando ella se fue a Azul y a vos no te daba todavía para decirle que ibas con ella, te quedaste en el chiste de que te metiera en el bolso pero la despediste con tanto amor y ella también ya estaba enamorada de vos y la saludaste desde abajo del micro con tanta euforia, haciendo todas las payasadas que se te venían a la cabeza y eran muchas, hasta que viste en su cara un gesto de ya está bien y el temor te cortó la inspiración y la dejaste ir pero tu piel la seguía sintiendo, era increíble, días y días sin ella pero seguías sintiéndola como si nunca te hubieras ido de la pieza, como si en algún canal invisible de la realidad hubieran seguido conversando sin parar, y le escribiste por acá y por allá hasta que la encontraste y ella también pensaba en vos y pum, fuegos artificiales, recién cuando estuvieron así de lejos fue que empezaste a construir la banda, buscando gente, grabando tus canciones y escribiendo arreglos llenos de acordes para poder tener ensayos a los que invitarla y después recitales a los que fuera a verte, todo para que se diera cuenta de que vos también eras alto rockero y no sólo un poeta y militante y a lo sumo cantautor de esos que hay abajo de cualquier piedra, para conquistarla como ella te había deslumbrado a vos en unos minutos, tirándote un rayo de energía volcánica, una aleación estruendosa de imágenes góticas y melodías de colibrí, tenías que estar a su altura, tenías que correr, saltar y revolcarte por el piso sin dejar de tocar solos de estrepitoso atletismo, ¿por qué necesitaría eso para amarte?, pero vos igual te disparaste a hacer la banda diciendo “es por ella y es por mí” porque ella te hizo verte a los ojos de adentro, te hizo volver a ser vos y querer salir a ganar el mundo otra vez como cuando no habías perdido ni un perro, y ahora que ella no está no sabés bien qué hacer y no querés hacer nada, menos aún creer lo que pasó y que se confirma cada vez que ponés emilia romero en el buscador y sentís en la piel el tiempo que hace desde la última tarde que la tuviste enfrente, no te dan ganas de nada salvo de lo que más te acercaba a ella y más hacían cuando estaban juntos y que ella amaba cuando te amaba a vos y que vos amabas hacer con ella, música, aunque ahora no te dan tantas ganas como antes porque ella no te va a escuchar ni se va a impresionar con lo bien que toques o cantes, no vas a poder conmoverla con tus acordes y melo-días ni sacudirla con riffs de power trío, entonces cuesta bastante, pero te decís que ella quería que vos siguieras y que le gustaba tu música y hasta te ayudaba a conseguir instrumentistas con su alegría de cada minuto, cosa que hería tu orgullo pero alimentaba tu amor y vos agradecías demasiado poco, pensás ahora, ella quería que vos tocaras y le robaras la felicidad de los bolsillos, esa felicidad con la que hacía globos de chicle cada día más grandes, entonces hacer música sería estar con ella a la triste y falsa pero única manera que puede ser ahora y en la adrenalina condensada de disparar fiebre sobre un escenario podrías conectarte con la ella eterna, con la auténtica eternidad que es el momento vivido en el todo amor, y ahí, recién ahí, descansarías un poco de este dolor, pero para eso necesitás baterista y salís a buscarlo, pero de pronto te das cuenta de que hoy es primero de diciembre, ya es diciembre, te das cuenta, ya quedó en el pasado el mes en que ella se quedó, ahí sin más días, como si fuera una carrera a no se sabe dónde y ella un día se hubiera quedado sin nafta, no, pará, ella sin nafta es imposible, sólo tuvo un accidente y ya no pudo seguir, y vos quisieras creer que saliendo también de la carrera volverías a encontrarla, en la cafetería al costado de la pista donde descansan los asistentes y el público, quizás te la cruzarías todavía en el pasillo, o ya en la terraza o ya afuera, en el parque de atrás que se parece al parque de Azul que recorrieron juntos un sábado, con su andar vibrante y enamorador a rajatabla, cómo querrías que fuera tan fácil, pero ya hasta el mes quedó atrás y vos seguís acá y vuelve a llover como en noviembre, como en las noches encerrados en su pieza en que vos sacabas tus medias y zapatillas por amor al sentido del olfato pero sobre todo por orden de ella y a la mañana estaban ahí empapadas, y vos te ponías las pequeñas ojotas rosas para bajar a calentar agua o cambiar la yerba o volver a calentar el agua mientras ella ponía otro tema de otro disco de Siouxsie o los Pixies o su amada Cura o Bowie o Rush o Korn o El Otro Yo, pero el otro yo aparecía siempre cuando terminaban los temas, nos encantaba Alegría, los niños cantan en el funeral, los niños ríen mientras llorás, decía la letra en nuestras bocas, te encantaba emilia te encantaba flaco, ya muy poca cabeza de radio escuchaba ella justo cuando vos empezabas a sintonizarla, pero a ella le traía un pasado que habría que ver en qué y cuánto se parece al pasado que te trae ahora a vos, es diciembre, Radiohead lo escuchabas en el pasado, y ella se queda ahí también mirándote a través de un vidrio, y vos no querés dejar de mirar el vidrio, no querés dejar de escribir sobre noviembre aunque noviembre ya haya terminado y vos estés de este otro lado, pensás que vas a poder seguir sacando recuerdos y enganchándolos infinitamente hasta que se termine la vida o por lo menos el mundo pero cuánto más podrías estar yendo de espaldas para no dejar de mirar hacia el vidrio antes de tropezarte y sangrar por la nariz con la tristeza de que eso no alcanza para matarte pero es suficiente para joderte un poco más la vida y así no vamos a ninguna parte, ni siquiera al altar de su memoria y su magia, hasta cuándo entonces, flaco, qué hacemos con este después que crece.

Este cuento recibió el 1º Premio en el Concurso Nacional de Cuento y Poesía de la Municipalidad de Azul en 2015.

Semillas

La guerra empezó por un malentendido. El mensaje clave para la paz se traspapeló, y arreció la muerte. A ambos lados lo buscaron entre pilas de memorandos, contraórdenes, metrallas, cadáveres. Cada vez más hondo. A contrarreloj se inspeccionaron libros, casas, búnkeres, ruinas, incluso recuerdos, sueños… Hasta que corrió el rumor de que el mensaje había caído en manos del bando enemigo, y ya no hubo esperanza. Entonces sólo se buscó un escondite… o un arma.

Los últimos sobrevivientes buscaron comida. Triturando semillas, alguien encontró el mensaje. Lloró a carcajadas. Miró al cielo y gritó la palabra con todas sus fuerzas.

Escenas de un día cualquiera en la ferretería de los poetas

Entra un hombre que aparenta más edad de la que probablemente tenga, con grandes ojeras y el cabello despeinado y ceniciento.

–Hola. Necesito un litro de pintura.

–¿De qué color?

–Y… un silencio… Algo así como jazmín hecho trizas en la sombra, pero algo marmolazo; como que se cagó de frío.

–No se diga más. Aquí tiene.

–¡Ah, genial! ¿Cuánto le debo?

–Serían tres soles de mimbre caucásico, de ése que ya no lastima si los ojos se desprevienen.

–Uh… subió bastante esto, ¿no?

–Sí. Todo lo que es pintura se fue por las nubes.

–Bueno. ¿Sabés? Ahora ando algo corto… Pero esta misma noche te los sueño. ¿Dale?

–Perfecto. Hasta luego. Después me trae la imagen.

–¡Seguro! Chau.

***

–Buenas… ¿Tiene clavos? –pregunta un hombre algo pelado, canoso, con cierto aire a Galeano.

–¿Clavos para qué?

–Tengo que clavar unas mariposas en mi espalda, bah, yo no, yo no llego con los brazos, ¿vio? –y empieza a reírse buscando complicidad–. Pero también quería clavar unas sobre una tabla de terciopelo caliente, ¿vio?, que va sobre una viga, abigarrada está a la viga que la abriga.

–¡No me diga! –el empleado ríe también y se agacha para hurgar en los cajones bajo el mostrador–. Mire: tengo unos clavos especiales para superficies candorosas, ¿ve? –le extiende en la mano unas cuantas espinas de cactus con ojos como cabezas para remachar–. Usted martille el ojo sin miedo, que al romperse derrama un pegamento. No sufre.

–Deme quince mil.

***

Entra un joven de aire ausente, realmente sin presencia, aunque el empleado que lo saluda adivina un fondo (o superficie) muy deshecho.

–Hola, emmm… Yo necesito un alma.

–Uhh… –suspira el empleado conmovido y chista–. Th! Mirá: nosotros no vendemos; tenemos accesorios para almas, viste, cuando se rompen, se vacían, sangran, pero almas almas… –se acerca al joven desconsoladamente blanco y le dice por lo bajo:– En realidad no se permite entrar a las personas sin alma, es una regla del patrón, pero andá tranquilo (igual, no te va a doler); yo creo que podés encontrar en algún bar o alguna sala de teatro chiquito, ahí a veces se pierden, qué sé yo… Buscá y por ahí encontrás, en algún rincón. Si no la que te queda es esperar en alguna plaza al sol, a que se les caiga alguna a las parejas de tórtolos y ruede lejos sin que se den cuenta, pero eso ya es criminal.

–No, deje, deje, gracias –y empieza a irse sin pasos, deslizándose por las irregulares baldosas de piedra.

–¡Suerte, che!

***

Entra un hombre. Es alto, entre otras cosas.

–Lamparitasss.

–¿Comunes?

–Sí, eh, de ideas, sí sí, comunes.

–¿Qué potencia?

–Y… La verdad, estoy fundido, totalmente fundido. Como para cuarenta sonetos.

–75 watts.

–Bárbaro. ¿Qué salen?

–Quince bocados.

–Regio. ¿La probás?

–Cómo no –y enrosca el foco en un portalámparas de prueba; al presionar la tecla para encenderla la lámpara estalla en una ola voraz de colores, texturas, sonidos, imprecaciones, vocablos exóticos e insinuantes, miradas, llantos, timbres de voz, lugares. Todo en un relámpago que deja a los presentes aturdidos, abrumados, a punto de la euforia.

–Estaba… estaba fallada –dice al fin el empleado, recuperándose de la emoción.

–No importa. Yo ya tengo lo que necesitaba. ¡Adiósss!

–¡Atorrante! –masculla iracundo el pequeñoburgués que observa la acción desde un rincón oculto.

***

Entra una dama púrpura que parece la resurrección del abismo prenatal en el deseo de quienquiera la contemple. Su color entre purpúreo y azul sombrío late, oscureciéndose hasta lo negro y volviendo a brillar al ritmo de su respiración.

–Hola. ¿Está el encargado? –pregunta con una voz del mismo color.

–Sí, soy yo. ¿Qué necesita, prodigiosa dama?

–Vendo el placer de mi secreto. No sé si le andan faltando voluptuosidades…

–Mmm… a ver, me voy a fijar en el depósito.

Cuando el encargado, único personal presente, se va, la mujer se apaga absolutamente como un cerrar los ojos de tristeza. Al volver y no encontrarla, el encargado se pone a rabiar:

–¿Cómo la dejé pasar? Seguramente vivíamos un mes de lo que estaba ofreciendo. ¿O no sería de esas chistosas…?

Pero antes de que acabe de sospechar, la dama resurge de su ausencia o su silencio, no queda claro, y lo interroga paciente con ojos de los que desatan guerras.

–Eeeh –trastabilla la cabeza del encargado–. ¿Cuánto está pidiendo por cada pliego?

–No mucho, algo para comer nada más. Algunas esperanzas, algo de paz. Si usted quiere le doy todo por un puñado de perseverancias, para pasar la semana.

Al oír el “le doy todo” el corazón del encargado sufre un no pequeño estrangulamiento a nivel de la garganta, pero luego vuelve en sí (o en otro, en esos casos ya no se puede saber) y ahora decide no aprovecharse de la incandescente desdicha de la dama que sin saberlo posee tan preciada y urgida mercadería y anda regalándola por ahí. Carraspea.

–Mire, mi estimada dama. Primeramente permítame decirle que es un honor para mí y para esta institución que usted esté presente aquí. Segundo: lo que usted tiene vale mucho, pero mucho… Como mínimo yo tendría que darle todo el amor del que nos escribe, ¿me entiende? Y yo, la verdad es que me salvaría tener esa cantidad, pero no la merezco aún, nunca la he tenido. Entonces lo que yo le pido encarecidamente es que me espere, así yo puedo reunirla. Por favor, espéreme, tal vez en sólo un par de años puedo conseguir lo que vale. Deme ese honor; considere que yo soy el primero que le dice la verdad, y usted podría estar ahora derrochando todo su océano nocturno sin saberlo. Déjeme que le dé como seña toda la paciencia, la entrega, el coraje que tenemos aquí; serán unos veinte kilos de cada uno, y ante todo lo que guardo con más celo desde siempre: una plantita de ternura que sembré hace ya veinte años y de la que jamás he cortado una flor.

llEscuchando todo esto, la incandescencia bruna se va fijando en un tono encarnado que a su vez se incendia con crecientes infusiones de escarlata y carmesí, incluso atisban destellos blancos, envueltos siempre en cápsulas de callado trueno azul. Hacia el final de la oferta el propio rostro de la dama empieza a mutar, impredecible pero inminentemente, hasta que la coloración de su detenimiento hace evidente que se aproxima una sonrisa, y, probablemente, lluvia de estrellas oculares. Advirtiendo esto el encargado empalidece de horror y suplica:

–Dama mía, por favor, tenga la piedad… Estamos en un lugar cerrado, hay cosas frágiles, hay combustibles, podemos sucumbir si la mercadería se entera…

Ya el rostro de la dama empieza a ser una aurora insoportable para las cosas de este mundo cuando los sensores del cielorraso detectan el crepúsculo y se activa la alarma contra paroxismos que descarga una tibia lluvia de escepticismo en todo el local, cubriendo a los presentes con sus infalibles tropos.

La lluvia, que no se atreve a mojar a la dama, va apagándola no obstante en un contracrepúsculo desgarrador que se lleva al peligroso sol a contratiempo bajo su horizonte, y se lleva a la dama nuevamente hacia la ausencia absoluta, pero esta vez se lee en lo que queda de sus ojos sin sol atardeciente que se va para no volver. La lluvia no puede apaciguar la desesperación que hizo presa del encargado al ver la promesa convertirse en puro espejismo; ha empezado a temblar contraído, incrementando el volumen de su cuerpo; la lluvia recrudece aún más pero no hay forma de controlarlo. Al fin el encargado huye del mostrador hacia el depósito y la alarma, cuando la vibración del recinto acaba de acabarse minutos después, se desactiva.

Un rato después un empleado lo rescata. Había tratado de suicidarse ingiriendo un bidón entero de resignación, cuando la dosis máxima soportable para la vida humana es medio litro. Lo llevan de inmediato al Hospital del Desesperado, todavía con signos vitales. Evidentemente tenía más de lo que creía para ofrecerle a la dama.

***

Ayudada por un bastón entra una señora mayor y espera su turno. A un costado hay un niño de grandes ojos y grande boca, que mira hacia la calle, como atento a algo que por supuesto la calle no es.

Un empleado se acerca, saluda e inquiere.

–Está el chico antes que yo –contestan sus setenta años.

–No, no se preocupe. Es un fantasma.

La señora abre los ojos hasta tenerlos como los del chico, cosa que en general significa bastante asombro, y mira a ambos varones alternativamente.

–Sí –insiste sonriendo el empleado–. Vea. Tóquelo.

La señora, sin detenerse en reparos ni temores, extiende (eso sí, lentamente) su brazo y en su brazo su mano y en su mano su dedo índice hacia el niño, que sigue exactamente en la misma posición que al principio. Al llegar el dedo de la señora al rostro del infante se topa con el frío.

–Ande, meta sin miedo.

El dedo avanza tras la superficie del rostro, sumergiéndose en un líquido parecido al agua, pero algo más denso, como plasma o gelatina, y que tiene la curiosa propiedad de incitar a quedarse a lo que se encuentre dentro.

–Está de oferta. Acaba de llegar, importado. Inspiración de primera calidad.

La señora lo mira con ojos del doble de su tamaño original y el aliento cortado. De pronto, su ceño se frunce: ha reccionado.

–Pero, ¿qué ferretería es ésta?

–La ferretería de los poetas.

–¡Ah! ¡Disculpe! –espeta ostentando todo lo posible su enfado para contrarrestar su sentido de la humillación–. Me confundí. Yo buscaba una de las normalitas.

–Qué se le va a hacer –condesciende el ferretero–. Hasta luego.

***

Un señor calvo, algo gordo, entra con aire preocupado.

–Buen día. ¿Tenés adjetivos para soldadora?

–¿Qué tiene que soldar?

–Mirá –dice luego de un fuerte suspiro–. Tengo un sustantivo, que trae el hilo de la frase, ¿no? Es “aprendizaje”. Y después viene “por tus manos”, que son las que enseñan, ¿me seguís? Y tengo que soldar el aprendizaje con las manos, con un adjetivo, de tres sílabas, que dé a entender que el aprendizaje lo dieron las manos.

–¿Probó con brindado, creado, etcétera?

–Sí… Sí… Pero no, no sirve eso, es muy flojo, traté y se despegaban al toque, y se me cortaba todo el hilo de la estrofa. No: yo necesito algo fuerte, intenso, que los suelde bien, ¿entendés? Tengo una soldadora de ésas de antes, ¿viste? Y vos le ponés uno de esos adjetivos berretas y no te los agarra ni a gancho. Por poco se me arruina cuando le puse ofrecido. Entraba, como antes va “aprendizaje”, ¿no?

–Espéreme un segundito que busco.

Durante la espera es notorio el proceso de hinchazón de una vena del lado derecho de la frente del cliente.

–Aquí están. Tengo prendado, labrado (no sé si es compatible con tu soldadora), gestado, trabado, tramado, rendido, enredado, reunido, enlazado. De otra marca hay: tallado, bordado, calado, esculpido, grabado… No sé si alguno le sirve. Si no, tengo de la línea surrealista, que sueldan pero en arquito, ¿vio?, como dando un rodeo, un brinco en el hilo y vuelve, y ahí sigue derecho nomás.

–¿De ésos qué tenés?

–A ver: tengo tendido, tragado, cromado, soplado, bramado, arropado, cansado, ensopado, parlado, tronchado, limado, lanzado… Bueno, hay más. Están mezclados con los lunfardos, ahora que veo. Uno especial, de mejor calidad en esta línea, que es un poco más caro y le traería quizá problemas con la métrica, es vomitado.

–No, no, dejá, no me sirve eso. No, yo busco más para este lado…

Se queda en silencio, cavilando. Parece rumiar mentalmente cada vocablo ofrecido, especulando sobre su buen o mal funcionamiento.

–No, che, sabés que me parece que ninguno va a andar, no sé… Bueno, dejame que lo piense y en todo caso vuelvo, ¿eh?

–No hay problema.

Antes de que el hombre cruce la puerta de calle, el empleado, que se ha quedado pensando, lo detiene:

–Disculpe, señor: ¿no probó con soldado?

–¿Cómo decís?

–Claro: “aprendizaje soldado por tus manos”. ¿Eso no le sirve?

El hombre mastica unos instantes el adjetivo y empieza a mover la cabeza en un punto medio entre la afirmación y el tic nervioso.

–Ahí está… –repite con creciente alegría y volumen. Empieza a reír a carcajadas. Cuando se le pasa, le pide un “soldado”, con una sonrisa soldada en el rostro.

El empleado anota la palabra en un papel y plasma el sello de la ferretería.

–¿Cuánto le debo, amigo?

–No, deje, no es nada. No está en la lista de precios. Después me invita una observación. ¿Quedamos así?

–¡Pero cómo no! ¡Nos vemos! –dice en camino a la puerta.

–Que tenga un buen poema.

***

El patrón está solo tras el mostrador, abstraído en sus pensamientos. Mira vagamente los productos de superchería que han dejado los proveedores minutos atrás: ídolos varios, ninfas, tótems, peluches, calendarios, prendas cotidianas de seres ausentes. Los artículos de temor en caja aparte, con las severas advertencias FRÁGIL y ESTE LADO ARRIBA (las consecuencias de parar sobre su cabeza a tales productos pueden ir de la megalomanía y el optimismo hasta el materialismo dialéctico). Afortunadamente para todos los seres de esta tierra, a veces pasa y a veces no.

Nada perturba el ocio del patrón. Instantes más tarde aparece un joven de mirada cándida y mejillas coloradas que se acerca al mostrador y aguarda callado a que reparen en él. Esto todavía se hace esperar un tiempo, pero al fin el patrón posa sus ojos distantes en él.

–Hola –nada le responden–. Ando buscando un pituto medio alargado que lleva como engarzada una chapita en forma de L, algo gruesa. Con rosca.

El patrón, que hoy está en uno de esos días de cinismo sin filtro y ha olido al pichón, sonríe.

–Sí, sí, cómo no… Acompañame al depósito que te muestreo. Que te muestro, perdón.

llEl patrón toma aire con fuerza y se encamina hacia el fondo; el joven se apresura a alcanzarlo. Juntos atraviesan un oscuro pasillo atestado de estanterías con cajones rotulados varias veces una encima de la otra, pilas de mercaderías en estado de espera o descomposición y algunas con peligrosos vértices metálicos que cuelgan de ganchos igualmente filosos. Luego, al costado de una puerta que parece dar a un lugar más claro, quizás con alguna ventana, descienden por una estrecha escalera que da a un sótano de aspecto lúgubre, donde la humedad es tal que cala hasta los huesos. Cuelga del cielorraso una lámpara amarilla que cuando no parpadea arroja despojos de luz mugrienta, mortecina, que cansa rápidamente los ojos.

–Por acá, por favor –comenta el ferretero cada cuatro o cinco pasos, para infundirle seguridad al joven que de todas formas no parece tan inquieto como podría estar.

–En casa de herrero cuchillo de palo, ¿no? –dice el joven en un intento de amenizar la caminata.

–¿Por qué lo decís? –repone el patrón mientras atraviesa trincheras, vallas y otros obstáculos para llegar a la puerta del otro lado.

–No, por la lámpara –se acobarda.

–Pero si yo no trabajo esos productos, ¿de qué herrero me hablás? “Los poetas”, ¿qué te dice eso a vos? Esto tiene toda una ambientación, un concepto. Un sótano es por definición semioscuro, macilento, angustiante, incluso te diría sofocante, insalubre, maloliente. Tiene que estar mal iluminado. Si no, ¿cuál es mi honestidad como comerciante? Es más: nosotros producimos cosas como ésas, tenemos nuestra pequeña industria.

Llegando ya a la puerta como quien llega al fin de un señuelo, el patrón sonríe. La sonrisa despierta en el joven una multitud de recuerdos cinematográficos que rondan el área del expresionismo alemán.

–¿Querés ver?

El joven está completamente acorralado por las normas de una cortesía que jamás se atreve a rechazar.

–Sí, claro –dice y traga saliva.

Cruzan la puerta que lleva a un estrecho pasillo lleno de derivaciones, con el mismo exacto nivel de iluminación que antes. Mientras avanza lentamente, el patrón va enseñando cada puerta con manos, gestos y palabras.

–Ahí producimos paisajes en aerosol; es nuestra elaboración más sofisticada, la última que instalamos. Ése del otro lado es el cuarto de pruebas para las motosierras que estamos tratando de poner a punto y sacar a la venta. Cortan estrofas, versos, prosas, palabras, lo que sea, a diestra y siniestra. Medio a lo bruto, pero se usa, en estilos rústicos, coloquiales, verso libre, neologismos, concretismo, lo que quieras. Además, esto es industria nacional, y acá no se hacen más las cintas métricas, en las que elegías la métrica que se te antojara y chau. La lírica clásica está para el museo ya, viste.

El joven quiere apoyar la melancólica observación del patrón pero no quiere meter la pata así que se limita a pronunciar una sonora “m”. Avanzan al siguiente par de puertas.

–Acá a la izquierda hacemos máquinas de escribir, las que usan los best-sellers, ¿viste? Tienen varios moldes para elegir la trama y cierto carácter estilístico, y después bancos de palabras: uno de sustantivos, otro de adjetivos, etcétera. Elegís las opciones, la hacés funcionar y se pone a escribir. Las lleva la gente, che, y no se han quejado.

El patrón anima al joven a asomarse al cuarto: tres hombres trabajan iluminados pálidamente por los destellos de una amoladora en acción. Uno coloca pilas de tablillas con palabras en distintas cavidades de una gran caja metálica, otro conecta cables de diversas placas halógenas, otro arma pieza por pieza una impresora.

–Bueno, también hacemos las piezas para las máquinas, que se venden como repuestos. En ésta otra hacemos tornillos artesanales. Hechos a mano uno por uno, con un tipo de rosca original que diseñamos nosotros. Calidad superior. Eso sí: cuestan lo que valen.

–¿Y para qué sirven?

El patrón lo observa unos instantes en completo silencio y reanuda la marcha. El joven se siente humillado y no emite palabra en las dos paradas siguientes. Llegan a la última puerta, la frontal, la única con una verdadera puerta de madera y picaporte en vez de un simple umbral.

–Y ahora lo mejor.

Abre sonriente la puerta de par en par para entrar a una gran sala aún más oscura que el resto del sótano, ocupada por filas de pálidos sujetos sentados, con tubos que les atraviesan el cuerpo, los cuales les introducen y extraen fluidos hacia recipientes erguidos a un costado. El joven se acerca con paso indeciso a ellos, azorado por la impactante visión, como queriendo refutarla al tacto que no tendrá agallas para usar.

–El producto más preciado y vital. La piedra preciosa humana y su savia motriz por excelencia: ¡la sangre!

En efecto, uno de los tubos que se conectan al cuerpo de los hombres inmóviles, huesudos y de mirada de insalvable agonía y agudo espanto, tiene un tono bermellón oscuro y espeso; sale del brazo izquierdo de los desangrados e hincha una bolsa que regula por la presión el líquido extraído y de a ratos se detiene para aguardar una nueva producción. Junto a ésa hay otra bolsa con suero que fluye viscosamente hasta perderse dentro de las ropas.

–¡Alimento y arma de los viscerales, combustible voraz de los apasionados, condimento infaltable de comedias osadas, protagonista más que trillado pero jamás desplazado del terror, la acción, el drama, la sobornable pero insobornable al fin Muerte! ¿Qué podemos hacer sin ella? ¿Qué podríamos ser sin ella? A la vista o por lo bajo, explícita o implícita, literal o figurada, la sangre está en cada verso de un verdadero poeta, es la esencia, la fuerza, la pluma, la tinta y el canto. ¡Lo es todo! ¿Cómo entonces no dedicarse a producirla, para facilitarla a todos los perseverantes creadores que la ansían, que la necesitan como desesperados vampiros?

El joven empieza a oler algo feo en el ambiente, aunque a la vez trata de parecer interesado, impelido por una cortesía a prueba de balas.

–Ajá… ¿Y ellos la producen? –dice aunque se arrepiente de inmediato sintiendo que es una pregunta inoportuna.

–Desde luego son seleccionados para garantizar la calidad del producto. Ahora están algo blanquecinos, gajes del oficio, pero al principio se los escoge por el color de sus mejillas, se ve a primera vista –el patrón toma un grueso palo que está apoyado contra la pared, sin ser visto por el joven que sigue absorto en la imagen de los desangrados–, un buen ojo sabe encontrar lo que busca.

Le asesta un mazazo en la cabeza y el joven cae fulminado por el golpe proferido desde atrás. Un empleado que contemplaba la escena se acerca para arrastrar el cuerpo hacia algún asiento vacío.

–¿Lo sangramo, jefe?

–¿Lo qué?

***

Asoma una mujer con anteojos de sol y cuadernos entre los brazos, que al ver la gran cantidad de gente en el local, encuentra a un empleado desprevenido al otro lado del mostrador y pregunta:

–Disculpame, una preguntita así no espero: ¿tenés entre luces?

–¿De mañana o de tarde?

–De tarde.

–No, atardeceres me parece que no me quedaron. Pero ahora, en dos horas, tenés uno en la plaza. Nosotros, cuando se agotan, los sacamos de ahí.

–Gracias. ¡Ah! ¿Y máquina de inventar nombres?

–¿Castellano?

–Sí.

–Sí, tenemos.

–Ah, bueno. Entonces espero.

Ilustración de Carlos Tesoriero para el cuento en la primera edición de Paroxismos.

*

Tomaste el tren al final, cruzaste el pasillo brillante de los pomposos relieves, el espejo de la cafetería ya te vio y te olvidó, y tu huella también se fue de la estación, porque para qué me iba a quedar a un costado saboreando el después de vos, si bien podía fumar toda la tarde en algún otro rincón que no tuviera tus ojos por todas partes. A quién echarle la culpa de que las hojas de nuestro verano hayan muerto, que quien nos vio en sus parques y sus calles, bajo sus cielos, se haya ido y como para no volver, no podemos culpar al otoño ni al tiempo ni a nosotros ni a lo sucedido, ya sabemos que de nada sirve; este dolor habrá que masticarlo o fumarlo sin la piedad de un culpable, porque después de todo eso era lo que andábamos buscando, ¿no fue así desde el principio? Ahora debemos vivir por nuestra cuenta, sostenernos solos, como si nada hubiéramos sabido, y como antes no lo podíamos soportar. ¿Cómo vivíamos en ese antes, aun antes del hastío y de la búsqueda, cómo decidíamos si tomar un café o levantarnos de la cama o leer una revista o amarnos? ¿Qué clave usábamos, o, ahora que no podemos ni podremos más ocultarnos nuestra suerte, cómo podíamos discernir dos caminos sin una clave? De alguna manera igualmente abandoné la estación.

Y creo que en realidad empezó con la muerte de tu hombre pasado, es cierto que ya no estábamos tranquilos ni podíamos dormir o comer o hablar bien, pero el catalizador de tu hartazgo fue ese hecho, sumado a tu odio secreto por él desde que desapareció al quedar embarazada, tu meticulosa maldición en la ausencia, mientras adornábamos la pieza y le comprábamos ropa y juguetes y nos acostábamos en la pieza de al lado dejando la puerta entreabierta, y mientras sonrisas y guardería y viajes y teta y pañales.

Hartos de ese caos, y no de Martín que un poco nos estabilizaba y nos dejaba orbitar en torno a algo concreto, hijo, fue cuando quien tanto habías querido ver sufrir luego de haber querido tanto y ahora olvidabas en una tentativa de armonía, murió luego de una tortuosa agonía, que te cansaste de ese no poder asir jamás siquiera algo como el destino, y decidiste comprarlo.

Recuerdo bien tus palabras esa noche en casa, en nuestra casa, ya con él sobre la mesa de café donde volvería cada vez, pero ahora me suenan tan vagas como entonces. ¿Qué contacto de un amigo? ¿Qué encuentro casual en una plaza? ¿Qué cuotas, qué garantías, qué instrucciones? Para mí todo se hacía aún más confuso, pero por esa falta de sentido era mucho más fácil dejarse llevar por algo un poco más sólido que la nada o el tiempo, como lo que traías no sin tu cara ya habitual de angustia sin salida.

Escéptico, te dejé tener esa ilusión tan inverosímil para los dos. Esa misma noche lo armamos por primera vez, dubitativamente y demorando mucho por la falta de experiencia, y atendiendo entretanto a Martín, que se ponía insoportable de noche si no nos tenía a la vista. Cómo recuerdo nuestras caras, nuestra cierta impaciencia mezclada al hastío de todos los días, nuestras miradas fugaces, nuestras soledades agazapadas ante un futuro nuevo.

Esperamos, como dijiste que había que hacer, cinco minutos, y de pronto todo fue tan claro, tan simple el hecho de que tuviéramos que salir a cenar, dejando el bebé a tu madre, que salieron cabalgando las risas convulsivas en nuestros rostros humedecidos que se acercaban abrazándose y tocándose y mojándose, tan felices de que por lo menos esa noche hubiera que ir a cenar afuera. Yo te abrazaba mientras llevabas a Martín a la casa de tu madre, que no vivía lejos, y luego nos fuimos casi corriendo al primer restorán que apareciera ante nosotros.

Llegamos a una parrilla y nos metimos al fondo, bien adentro para respirar su aire y ver todo restorán y estar tan felices, el pecho tan hinchado de euforia, que en cualquier momento estallaría. Vos pediste una milanesa con puré y yo asado, y los devoramos sin dejar de sonreír, degustando como nunca la comida, y no había obstáculo alguno para nuestro amor, no había nada que nos impidiera amarnos y estar contentos por tenernos al lado. Pedimos postre y café, y nos fuimos sólo cuando nos echaron porque tenían que cerrar el lugar, pero seguimos dando vueltas por las calles, un poco por inercia de la velada, como viviendo un después y no precisamente el andar por las calles, hasta que nos topamos con la puerta que llevaba a nuestro departamento y decidimos entrar dejando a Martín olvidado con tu madre. Qué nos importaba, qué le importaría a ella, qué le importaría al bebé.

No nos imaginamos entonces que la angustia podría volver por la mañana, y como en toda primera vez nos asustamos terriblemente al pensar que sería irreversible, que había sido un instante fugaz que nos hundía definitivamente en la tiniebla bajo el sol de la calle. Yo me abalanzaba sobre tu armario para buscarlo y armarlo otra vez, pero vos me detenías con lágrimas en los ojos diciendo que sólo se podía armar una vez cada noche. Lloramos juntos pero con cierta distancia, como si cada uno le recriminara al otro el haber sido testigo de esa felicidad de la noche pasada, felicidad impostora, que nos ahogaba. Cuando al fin llegó la noche lo trajiste otra vez a la mesita y lo armamos con laboriosidad; no sabíamos en realidad lo que estábamos esperando, porque estábamos convencidos de que esa mañana había sido la peor de todas; pero también como en toda primera vez, teníamos la esperanza de que fuera una especie de error y que la segunda lo remediaría. Durante la espera, una vez que acomodamos la última pieza, nuestra expectativa nos fue recon ciliando un poco en esa suerte que nos unía en el mismo caos, con la misma expectativa. Te tomé el mentón con mis dedos, y sonreíste condescendiente, mientras pensabas en lo mismo que yo, que no era yo mirándote la cara mirándolo funcionar, aguardando esa respuesta.

Al fin dio su sentencia y nos fuimos a dormir tranquilos; se había apiadado de nuestro día entero y nos permitiría llegar con rumbo a la próxima noche. Al día siguiente lo llevamos a Martín y le compramos el trajecito azul que había que comprarle, que francamente no me gustaba para nada, y me pareció que a vos tampoco, pero qué nos importaba si el bebé estaba con su trajecito azul y todo estaba en su lugar, el sol en el cielo y el bebé con el trajecito azul.

La otra noche nos desvelamos haciendo el amor junto a la puerta de entrada, pobre Martín, que no podía ser atendido, pero qué importaba, si no podía no ser feliz con nosotros haciendo el amor junto a la puerta. Luego tuvimos que juntar ropa para unos chicos que estarían en la estación de trenes por la tarde, y esa tarde vimos con detenimiento los relieves del pasillo, y nos reímos haciendo chistes estúpidos mientras esperábamos que aparecieran los chicos que no aparecieron. Cuando se hicieron las nueve de la noche dejamos la ropa en un rincón y nos fuimos a buscar a Martín a lo de tu madre para cenar y armarlo otra vez, y volver a preguntarle, a pedirle.

Sólo sentí algo raro cuando nos tuvimos que mudar, porque no estaría entonces en el mismo lugar todas las noches, y temí que eso pudiera afectar todas las cosas, pero con tus palabras me tranquilizaste, aunque en realidad estabas más preocupada que yo.

Los días, poco a poco y sostenidamente, fueron adquiriendo mayor claridad y nos fuimos liberando de esa enorme bestia que aplastaba nuestros hombros y nuestras nucas, y entonces no era el hecho de que yo empezara a estudiar botánica o a trabajar en un supermercado o que vos juntaras todas las tapitas de gaseosa tiradas en las veredas del centro (cómo nos reímos ese día, descubriéndolas en los rincones, ante las miradas de la gente, siguiendo a alguien que salía del quiosco con la botella en la mano esperando la suerte de la tapita) o que pidiéramos como locos dinero prestado para poder viajar a Angola, y qué feo que era Angola ahora que lo recuerdo pero cómo nos gustó. No, no era nada de eso, era lo otro que sentíamos tan llenos los dos, abrazándonos y siguiendo el camino que nos marcara cada noche.

Fueron tiempos felices, más aún con el tiempo que los había antecedido, fueron tiempos en los que pudimos respirar y dormir de corrido, y hacer crucigramas y escuchar música, como cosas de todos los días.

Me duele recordarlo, no creas que no. No nos habíamos quitado todavía la pintura de la cara, teníamos en los bolsillos las monedas juntadas durante la tarde, y fuiste como siempre a tu armario a buscarlo mientras yo cambiaba a Martín que también sonreía, que también parecía feliz con nosotros. Apareciste con la caja y nos miramos con esa cara que era tan conocida por los dos, con ese preludio al placer que era a veces más que el placer mismo; lo sacamos y empezamos con nuestro ritual de todas las noches. Lo hacíamos en silencio porque los chistes ya los habíamos agotado en las primeras noches, y sus repeticiones en las segundas, pero siempre había algo, algún gesto o caricia o Martín o cualquier cosa que nos afirmaba en el presente de preludio. Esperamos los cinco minutos, de los que al principio nos daba miedo hablar, pero luego, con el tiempo, poco a poco, fuimos soltando palabras y comentarios, y al fin acordamos que eran el momento de mayor éxtasis, en que al principio nos echábamos atrás en el sofá y nos besábamos abrazados porque había tiempo, pero pensando en qué vendría después, sin descuidarnos con la espera, y luego, porque alguno de los dos lo señalaba, o por un escalofrío, o por el nudo en el estómago, sabíamos que debíamos inclinarnos hacia él y asomar por el agujero, y yo te ponía la mano en la rodilla o vos me acariciabas el cuello hasta el momento de la revelación, al que si era posible seguíamos en la cama, hasta que Martín nos absorbiera a su mundo, se ponía tan insoportable por las noches.

Hacía tiempo ya que teníamos incorporado el tiempo de espera y no necesitábamos avisarnos para adelantarnos y asomar. Ahora no puedo sentirlo como entonces, porque fue único, pero recuerdo que fue como si un mar cálido se cristalizara de golpe en su interior con un frío punzante, pero sin frío, sin ruido, a media luz como siempre, nos petrificamos, la cara nos ardió y se erizó nuestra piel. El mundo entero en que vivíamos y al que estábamos acostumbrados, que podíamos asir, de pronto se había detenido y era extraño e inconmensurable, y el mismo cristal se fracturó y cayó muy lento ante nuestros ojos secos.

Nos miramos, y en nuestras caras cada uno adivinó la respuesta, o al menos la predisposición del otro; entonces te tiraste sobre mí a los gritos con los ojos rojos, diciéndome que era imposible y que estábamos locos, y quisiste hacerlo volar por el aire pero te contuviste, con la fuerza que sobre cualquiera tiene lo sagrado, y rompiste al fin en el llanto que tenía que llenar de una vez ese otro preludio insostenible. Te abracé con fuerza mientras te ahogabas a los gritos y Martín te acompañaba, y también lloré, en silencio, no creas que era mucho más fácil para mí, pero ya habíamos elegido tomar ese caos y no podíamos cambiarnos cuando se nos hiciera difícil. En realidad fue desde que no lo tiraste con mesa y todo que aceptaste el veredicto, porque significaba que no dejaba de ser sagrado para vos, que seguías orbitando como yo en torno a él. Fueron pasando los minutos, y poco a poco nos fuimos ablandando, pero Martín no tanto. Me deslicé de nuestro abrazo para ir a calmarlo, y eso te hundió otra vez en el dolor; no sé si me hiciste algún comentario por demás inútil, porque yo estaba pensando exactamente lo mismo. Algunas palabras cruzamos mientras Martín se calmaba, pero tampoco hacían falta porque por debajo de ellas fluía el río negro que iba recorriendo el camino por nosotros. Nos fuimos resignando, sin dejar en ningún momento de llorar pero sin alternativa, yo fui a buscar alguna bolsa a la cocina mientras vos muy despacio, como intentando salvarlo con unos minutos de más o de menos, hacías los preparativos para después. Creo que el peor momento fue cuando aparecí por la puerta de la cocina con la bolsita transparente, cubierto el rostro rojo y arrugado de lágrimas. Nos abrazamos entonces por última vez esa noche, desesperadamente tratando de aliviarnos esa herida de la que seguía brotando la desesperación.

 No quisiste que te diera la bolsa, al principio rehuiste la mirada y te diste vuelta, pero sabíamos que tenías que ser vos y nadie más. Al fin la agarraste de un envión y sin mirarme, aunque yo tampoco te podría haber mirado, y te encaminaste hacia él con las piernas temblando. Yo te seguía muy de cerca, te quería abrazar pero sentía que era imposible, que habría sido peor, y sólo me quedaba con mi aliento sobre tu hombro. Quedamos los dos frente a él en silencio, Martín ya no lloraba y dormía tranquilo, y los minutos que estuvimos así no fueron agonía sino muerte, la desolación muda luego de la muerte misma. Te moviste al costado para abrazarme pero te arrepentiste, y te apuraste a cumplir mientras no podías aguantar los lamentos ahogados. No creas que no sufría lo mismo que vos mientras te veía hacerlo, que no me estaba rajando el mismo fuego por todo el cuerpo.

Cuando terminaste yo me ocupé de deshacerme de él con cuidado, como debía hacer, dejando que te hundieras sola en tu propio infierno. Te fuiste a nuestro cuarto sin mirar a nada, ha brías ido corriendo si te hubieran quedado fuerzas, porque aún tenía sentido ir a llorar a la cama y no quedarse en el sofá, ir corriendo o arrastrándose, eliminarlo parte por parte o entero. Yo también me quedé solo con Martín para cumplir con mi tarea, que no era para nada más inocente que la tuya, y habría sido la peor de habernos cambiado los papeles.

Me llevó más de cuatro horas terminar hasta el último detalle, sumando los intervalos en que me quedaba abstraído por completo, luego de que me llegara algún ruido desde la habitación, nuestra habitación. Cuando entré para acompañarte y descansar acabada mi parte, te encontré dormida hecha un ovillo en el centro de la cama, y por miedo a despertarte volví sobre mis pasos y me acosté en el sofá.

Me desperté al mediodía y ya tenías las valijas hechas. Estabas en la cocina, sentada a la mesa, esperando que despertara para despedirme. No nos dijimos una sola palabra mientras yo hacía el mate y vos no lo aceptabas y yo lo tomaba solo y despacio, queriendo retenerte a cada segundo un segundo más, malgastándolos a todos en preocuparme por esas cosas. “Bueno, me voy” dijiste antes de que se terminara el agua, arruinando todos mis intentos; sólo me dejaste llevar una valija, las otras dos te empecinaste en arrastrarlas sola por el pasillo, la calle, la estación.

Todo el viaje fue ese silencio de después de muerte, pero en vida, empezar a arrastrar la vida después de haberse muerto. En vano juramos callados no volver a hablar de él ni cruzarnos sin evitarnos en nuestras vidas; nos mirábamos, y ya sabíamos todo. Es cierto, tampoco sabíamos ahora qué seguiría ni por qué, pero ya nos parecía ridículo dejárselo todo a él si podíamos confiar con la misma resignación en algo más grande, más concreto e inabarcable. Cuando dijiste que ya tenías que irte, yo comenté que era una lástima que no hubiéramos tenido tiempo para que te invitara a tomar un café.

* Este cuento no tiene título, o bien su título es algo innombrable y como tal carece de letras. Decida el lector la opción más apropiada.