Escenas de un día cualquiera en la ferretería de los poetas

Entra un hombre que aparenta más edad de la que probablemente tenga, con grandes ojeras y el cabello despeinado y ceniciento.

–Hola. Necesito un litro de pintura.

–¿De qué color?

–Y… un silencio… Algo así como jazmín hecho trizas en la sombra, pero algo marmolazo; como que se cagó de frío.

–No se diga más. Aquí tiene.

–¡Ah, genial! ¿Cuánto le debo?

–Serían tres soles de mimbre caucásico, de ése que ya no lastima si los ojos se desprevienen.

–Uh… subió bastante esto, ¿no?

–Sí. Todo lo que es pintura se fue por las nubes.

–Bueno. ¿Sabés? Ahora ando algo corto… Pero esta misma noche te los sueño. ¿Dale?

–Perfecto. Hasta luego. Después me trae la imagen.

–¡Seguro! Chau.

***

–Buenas… ¿Tiene clavos? –pregunta un hombre algo pelado, canoso, con cierto aire a Galeano.

–¿Clavos para qué?

–Tengo que clavar unas mariposas en mi espalda, bah, yo no, yo no llego con los brazos, ¿vio? –y empieza a reírse buscando complicidad–. Pero también quería clavar unas sobre una tabla de terciopelo caliente, ¿vio?, que va sobre una viga, abigarrada está a la viga que la abriga.

–¡No me diga! –el empleado ríe también y se agacha para hurgar en los cajones bajo el mostrador–. Mire: tengo unos clavos especiales para superficies candorosas, ¿ve? –le extiende en la mano unas cuantas espinas de cactus con ojos como cabezas para remachar–. Usted martille el ojo sin miedo, que al romperse derrama un pegamento. No sufre.

–Deme quince mil.

***

Entra un joven de aire ausente, realmente sin presencia, aunque el empleado que lo saluda adivina un fondo (o superficie) muy deshecho.

–Hola, emmm… Yo necesito un alma.

–Uhh… –suspira el empleado conmovido y chista–. Th! Mirá: nosotros no vendemos; tenemos accesorios para almas, viste, cuando se rompen, se vacían, sangran, pero almas almas… –se acerca al joven desconsoladamente blanco y le dice por lo bajo:– En realidad no se permite entrar a las personas sin alma, es una regla del patrón, pero andá tranquilo (igual, no te va a doler); yo creo que podés encontrar en algún bar o alguna sala de teatro chiquito, ahí a veces se pierden, qué sé yo… Buscá y por ahí encontrás, en algún rincón. Si no la que te queda es esperar en alguna plaza al sol, a que se les caiga alguna a las parejas de tórtolos y ruede lejos sin que se den cuenta, pero eso ya es criminal.

–No, deje, deje, gracias –y empieza a irse sin pasos, deslizándose por las irregulares baldosas de piedra.

–¡Suerte, che!

***

Entra un hombre. Es alto, entre otras cosas.

–Lamparitasss.

–¿Comunes?

–Sí, eh, de ideas, sí sí, comunes.

–¿Qué potencia?

–Y… La verdad, estoy fundido, totalmente fundido. Como para cuarenta sonetos.

–75 watts.

–Bárbaro. ¿Qué salen?

–Quince bocados.

–Regio. ¿La probás?

–Cómo no –y enrosca el foco en un portalámparas de prueba; al presionar la tecla para encenderla la lámpara estalla en una ola voraz de colores, texturas, sonidos, imprecaciones, vocablos exóticos e insinuantes, miradas, llantos, timbres de voz, lugares. Todo en un relámpago que deja a los presentes aturdidos, abrumados, a punto de la euforia.

–Estaba… estaba fallada –dice al fin el empleado, recuperándose de la emoción.

–No importa. Yo ya tengo lo que necesitaba. ¡Adiósss!

–¡Atorrante! –masculla iracundo el pequeñoburgués que observa la acción desde un rincón oculto.

***

Entra una dama púrpura que parece la resurrección del abismo prenatal en el deseo de quienquiera la contemple. Su color entre purpúreo y azul sombrío late, oscureciéndose hasta lo negro y volviendo a brillar al ritmo de su respiración.

–Hola. ¿Está el encargado? –pregunta con una voz del mismo color.

–Sí, soy yo. ¿Qué necesita, prodigiosa dama?

–Vendo el placer de mi secreto. No sé si le andan faltando voluptuosidades…

–Mmm… a ver, me voy a fijar en el depósito.

Cuando el encargado, único personal presente, se va, la mujer se apaga absolutamente como un cerrar los ojos de tristeza. Al volver y no encontrarla, el encargado se pone a rabiar:

–¿Cómo la dejé pasar? Seguramente vivíamos un mes de lo que estaba ofreciendo. ¿O no sería de esas chistosas…?

Pero antes de que acabe de sospechar, la dama resurge de su ausencia o su silencio, no queda claro, y lo interroga paciente con ojos de los que desatan guerras.

–Eeeh –trastabilla la cabeza del encargado–. ¿Cuánto está pidiendo por cada pliego?

–No mucho, algo para comer nada más. Algunas esperanzas, algo de paz. Si usted quiere le doy todo por un puñado de perseverancias, para pasar la semana.

Al oír el “le doy todo” el corazón del encargado sufre un no pequeño estrangulamiento a nivel de la garganta, pero luego vuelve en sí (o en otro, en esos casos ya no se puede saber) y ahora decide no aprovecharse de la incandescente desdicha de la dama que sin saberlo posee tan preciada y urgida mercadería y anda regalándola por ahí. Carraspea.

–Mire, mi estimada dama. Primeramente permítame decirle que es un honor para mí y para esta institución que usted esté presente aquí. Segundo: lo que usted tiene vale mucho, pero mucho… Como mínimo yo tendría que darle todo el amor del que nos escribe, ¿me entiende? Y yo, la verdad es que me salvaría tener esa cantidad, pero no la merezco aún, nunca la he tenido. Entonces lo que yo le pido encarecidamente es que me espere, así yo puedo reunirla. Por favor, espéreme, tal vez en sólo un par de años puedo conseguir lo que vale. Deme ese honor; considere que yo soy el primero que le dice la verdad, y usted podría estar ahora derrochando todo su océano nocturno sin saberlo. Déjeme que le dé como seña toda la paciencia, la entrega, el coraje que tenemos aquí; serán unos veinte kilos de cada uno, y ante todo lo que guardo con más celo desde siempre: una plantita de ternura que sembré hace ya veinte años y de la que jamás he cortado una flor.

llEscuchando todo esto, la incandescencia bruna se va fijando en un tono encarnado que a su vez se incendia con crecientes infusiones de escarlata y carmesí, incluso atisban destellos blancos, envueltos siempre en cápsulas de callado trueno azul. Hacia el final de la oferta el propio rostro de la dama empieza a mutar, impredecible pero inminentemente, hasta que la coloración de su detenimiento hace evidente que se aproxima una sonrisa, y, probablemente, lluvia de estrellas oculares. Advirtiendo esto el encargado empalidece de horror y suplica:

–Dama mía, por favor, tenga la piedad… Estamos en un lugar cerrado, hay cosas frágiles, hay combustibles, podemos sucumbir si la mercadería se entera…

Ya el rostro de la dama empieza a ser una aurora insoportable para las cosas de este mundo cuando los sensores del cielorraso detectan el crepúsculo y se activa la alarma contra paroxismos que descarga una tibia lluvia de escepticismo en todo el local, cubriendo a los presentes con sus infalibles tropos.

La lluvia, que no se atreve a mojar a la dama, va apagándola no obstante en un contracrepúsculo desgarrador que se lleva al peligroso sol a contratiempo bajo su horizonte, y se lleva a la dama nuevamente hacia la ausencia absoluta, pero esta vez se lee en lo que queda de sus ojos sin sol atardeciente que se va para no volver. La lluvia no puede apaciguar la desesperación que hizo presa del encargado al ver la promesa convertirse en puro espejismo; ha empezado a temblar contraído, incrementando el volumen de su cuerpo; la lluvia recrudece aún más pero no hay forma de controlarlo. Al fin el encargado huye del mostrador hacia el depósito y la alarma, cuando la vibración del recinto acaba de acabarse minutos después, se desactiva.

Un rato después un empleado lo rescata. Había tratado de suicidarse ingiriendo un bidón entero de resignación, cuando la dosis máxima soportable para la vida humana es medio litro. Lo llevan de inmediato al Hospital del Desesperado, todavía con signos vitales. Evidentemente tenía más de lo que creía para ofrecerle a la dama.

***

Ayudada por un bastón entra una señora mayor y espera su turno. A un costado hay un niño de grandes ojos y grande boca, que mira hacia la calle, como atento a algo que por supuesto la calle no es.

Un empleado se acerca, saluda e inquiere.

–Está el chico antes que yo –contestan sus setenta años.

–No, no se preocupe. Es un fantasma.

La señora abre los ojos hasta tenerlos como los del chico, cosa que en general significa bastante asombro, y mira a ambos varones alternativamente.

–Sí –insiste sonriendo el empleado–. Vea. Tóquelo.

La señora, sin detenerse en reparos ni temores, extiende (eso sí, lentamente) su brazo y en su brazo su mano y en su mano su dedo índice hacia el niño, que sigue exactamente en la misma posición que al principio. Al llegar el dedo de la señora al rostro del infante se topa con el frío.

–Ande, meta sin miedo.

El dedo avanza tras la superficie del rostro, sumergiéndose en un líquido parecido al agua, pero algo más denso, como plasma o gelatina, y que tiene la curiosa propiedad de incitar a quedarse a lo que se encuentre dentro.

–Está de oferta. Acaba de llegar, importado. Inspiración de primera calidad.

La señora lo mira con ojos del doble de su tamaño original y el aliento cortado. De pronto, su ceño se frunce: ha reccionado.

–Pero, ¿qué ferretería es ésta?

–La ferretería de los poetas.

–¡Ah! ¡Disculpe! –espeta ostentando todo lo posible su enfado para contrarrestar su sentido de la humillación–. Me confundí. Yo buscaba una de las normalitas.

–Qué se le va a hacer –condesciende el ferretero–. Hasta luego.

***

Un señor calvo, algo gordo, entra con aire preocupado.

–Buen día. ¿Tenés adjetivos para soldadora?

–¿Qué tiene que soldar?

–Mirá –dice luego de un fuerte suspiro–. Tengo un sustantivo, que trae el hilo de la frase, ¿no? Es “aprendizaje”. Y después viene “por tus manos”, que son las que enseñan, ¿me seguís? Y tengo que soldar el aprendizaje con las manos, con un adjetivo, de tres sílabas, que dé a entender que el aprendizaje lo dieron las manos.

–¿Probó con brindado, creado, etcétera?

–Sí… Sí… Pero no, no sirve eso, es muy flojo, traté y se despegaban al toque, y se me cortaba todo el hilo de la estrofa. No: yo necesito algo fuerte, intenso, que los suelde bien, ¿entendés? Tengo una soldadora de ésas de antes, ¿viste? Y vos le ponés uno de esos adjetivos berretas y no te los agarra ni a gancho. Por poco se me arruina cuando le puse ofrecido. Entraba, como antes va “aprendizaje”, ¿no?

–Espéreme un segundito que busco.

Durante la espera es notorio el proceso de hinchazón de una vena del lado derecho de la frente del cliente.

–Aquí están. Tengo prendado, labrado (no sé si es compatible con tu soldadora), gestado, trabado, tramado, rendido, enredado, reunido, enlazado. De otra marca hay: tallado, bordado, calado, esculpido, grabado… No sé si alguno le sirve. Si no, tengo de la línea surrealista, que sueldan pero en arquito, ¿vio?, como dando un rodeo, un brinco en el hilo y vuelve, y ahí sigue derecho nomás.

–¿De ésos qué tenés?

–A ver: tengo tendido, tragado, cromado, soplado, bramado, arropado, cansado, ensopado, parlado, tronchado, limado, lanzado… Bueno, hay más. Están mezclados con los lunfardos, ahora que veo. Uno especial, de mejor calidad en esta línea, que es un poco más caro y le traería quizá problemas con la métrica, es vomitado.

–No, no, dejá, no me sirve eso. No, yo busco más para este lado…

Se queda en silencio, cavilando. Parece rumiar mentalmente cada vocablo ofrecido, especulando sobre su buen o mal funcionamiento.

–No, che, sabés que me parece que ninguno va a andar, no sé… Bueno, dejame que lo piense y en todo caso vuelvo, ¿eh?

–No hay problema.

Antes de que el hombre cruce la puerta de calle, el empleado, que se ha quedado pensando, lo detiene:

–Disculpe, señor: ¿no probó con soldado?

–¿Cómo decís?

–Claro: “aprendizaje soldado por tus manos”. ¿Eso no le sirve?

El hombre mastica unos instantes el adjetivo y empieza a mover la cabeza en un punto medio entre la afirmación y el tic nervioso.

–Ahí está… –repite con creciente alegría y volumen. Empieza a reír a carcajadas. Cuando se le pasa, le pide un “soldado”, con una sonrisa soldada en el rostro.

El empleado anota la palabra en un papel y plasma el sello de la ferretería.

–¿Cuánto le debo, amigo?

–No, deje, no es nada. No está en la lista de precios. Después me invita una observación. ¿Quedamos así?

–¡Pero cómo no! ¡Nos vemos! –dice en camino a la puerta.

–Que tenga un buen poema.

***

El patrón está solo tras el mostrador, abstraído en sus pensamientos. Mira vagamente los productos de superchería que han dejado los proveedores minutos atrás: ídolos varios, ninfas, tótems, peluches, calendarios, prendas cotidianas de seres ausentes. Los artículos de temor en caja aparte, con las severas advertencias FRÁGIL y ESTE LADO ARRIBA (las consecuencias de parar sobre su cabeza a tales productos pueden ir de la megalomanía y el optimismo hasta el materialismo dialéctico). Afortunadamente para todos los seres de esta tierra, a veces pasa y a veces no.

Nada perturba el ocio del patrón. Instantes más tarde aparece un joven de mirada cándida y mejillas coloradas que se acerca al mostrador y aguarda callado a que reparen en él. Esto todavía se hace esperar un tiempo, pero al fin el patrón posa sus ojos distantes en él.

–Hola –nada le responden–. Ando buscando un pituto medio alargado que lleva como engarzada una chapita en forma de L, algo gruesa. Con rosca.

El patrón, que hoy está en uno de esos días de cinismo sin filtro y ha olido al pichón, sonríe.

–Sí, sí, cómo no… Acompañame al depósito que te muestreo. Que te muestro, perdón.

llEl patrón toma aire con fuerza y se encamina hacia el fondo; el joven se apresura a alcanzarlo. Juntos atraviesan un oscuro pasillo atestado de estanterías con cajones rotulados varias veces una encima de la otra, pilas de mercaderías en estado de espera o descomposición y algunas con peligrosos vértices metálicos que cuelgan de ganchos igualmente filosos. Luego, al costado de una puerta que parece dar a un lugar más claro, quizás con alguna ventana, descienden por una estrecha escalera que da a un sótano de aspecto lúgubre, donde la humedad es tal que cala hasta los huesos. Cuelga del cielorraso una lámpara amarilla que cuando no parpadea arroja despojos de luz mugrienta, mortecina, que cansa rápidamente los ojos.

–Por acá, por favor –comenta el ferretero cada cuatro o cinco pasos, para infundirle seguridad al joven que de todas formas no parece tan inquieto como podría estar.

–En casa de herrero cuchillo de palo, ¿no? –dice el joven en un intento de amenizar la caminata.

–¿Por qué lo decís? –repone el patrón mientras atraviesa trincheras, vallas y otros obstáculos para llegar a la puerta del otro lado.

–No, por la lámpara –se acobarda.

–Pero si yo no trabajo esos productos, ¿de qué herrero me hablás? “Los poetas”, ¿qué te dice eso a vos? Esto tiene toda una ambientación, un concepto. Un sótano es por definición semioscuro, macilento, angustiante, incluso te diría sofocante, insalubre, maloliente. Tiene que estar mal iluminado. Si no, ¿cuál es mi honestidad como comerciante? Es más: nosotros producimos cosas como ésas, tenemos nuestra pequeña industria.

Llegando ya a la puerta como quien llega al fin de un señuelo, el patrón sonríe. La sonrisa despierta en el joven una multitud de recuerdos cinematográficos que rondan el área del expresionismo alemán.

–¿Querés ver?

El joven está completamente acorralado por las normas de una cortesía que jamás se atreve a rechazar.

–Sí, claro –dice y traga saliva.

Cruzan la puerta que lleva a un estrecho pasillo lleno de derivaciones, con el mismo exacto nivel de iluminación que antes. Mientras avanza lentamente, el patrón va enseñando cada puerta con manos, gestos y palabras.

–Ahí producimos paisajes en aerosol; es nuestra elaboración más sofisticada, la última que instalamos. Ése del otro lado es el cuarto de pruebas para las motosierras que estamos tratando de poner a punto y sacar a la venta. Cortan estrofas, versos, prosas, palabras, lo que sea, a diestra y siniestra. Medio a lo bruto, pero se usa, en estilos rústicos, coloquiales, verso libre, neologismos, concretismo, lo que quieras. Además, esto es industria nacional, y acá no se hacen más las cintas métricas, en las que elegías la métrica que se te antojara y chau. La lírica clásica está para el museo ya, viste.

El joven quiere apoyar la melancólica observación del patrón pero no quiere meter la pata así que se limita a pronunciar una sonora “m”. Avanzan al siguiente par de puertas.

–Acá a la izquierda hacemos máquinas de escribir, las que usan los best-sellers, ¿viste? Tienen varios moldes para elegir la trama y cierto carácter estilístico, y después bancos de palabras: uno de sustantivos, otro de adjetivos, etcétera. Elegís las opciones, la hacés funcionar y se pone a escribir. Las lleva la gente, che, y no se han quejado.

El patrón anima al joven a asomarse al cuarto: tres hombres trabajan iluminados pálidamente por los destellos de una amoladora en acción. Uno coloca pilas de tablillas con palabras en distintas cavidades de una gran caja metálica, otro conecta cables de diversas placas halógenas, otro arma pieza por pieza una impresora.

–Bueno, también hacemos las piezas para las máquinas, que se venden como repuestos. En ésta otra hacemos tornillos artesanales. Hechos a mano uno por uno, con un tipo de rosca original que diseñamos nosotros. Calidad superior. Eso sí: cuestan lo que valen.

–¿Y para qué sirven?

El patrón lo observa unos instantes en completo silencio y reanuda la marcha. El joven se siente humillado y no emite palabra en las dos paradas siguientes. Llegan a la última puerta, la frontal, la única con una verdadera puerta de madera y picaporte en vez de un simple umbral.

–Y ahora lo mejor.

Abre sonriente la puerta de par en par para entrar a una gran sala aún más oscura que el resto del sótano, ocupada por filas de pálidos sujetos sentados, con tubos que les atraviesan el cuerpo, los cuales les introducen y extraen fluidos hacia recipientes erguidos a un costado. El joven se acerca con paso indeciso a ellos, azorado por la impactante visión, como queriendo refutarla al tacto que no tendrá agallas para usar.

–El producto más preciado y vital. La piedra preciosa humana y su savia motriz por excelencia: ¡la sangre!

En efecto, uno de los tubos que se conectan al cuerpo de los hombres inmóviles, huesudos y de mirada de insalvable agonía y agudo espanto, tiene un tono bermellón oscuro y espeso; sale del brazo izquierdo de los desangrados e hincha una bolsa que regula por la presión el líquido extraído y de a ratos se detiene para aguardar una nueva producción. Junto a ésa hay otra bolsa con suero que fluye viscosamente hasta perderse dentro de las ropas.

–¡Alimento y arma de los viscerales, combustible voraz de los apasionados, condimento infaltable de comedias osadas, protagonista más que trillado pero jamás desplazado del terror, la acción, el drama, la sobornable pero insobornable al fin Muerte! ¿Qué podemos hacer sin ella? ¿Qué podríamos ser sin ella? A la vista o por lo bajo, explícita o implícita, literal o figurada, la sangre está en cada verso de un verdadero poeta, es la esencia, la fuerza, la pluma, la tinta y el canto. ¡Lo es todo! ¿Cómo entonces no dedicarse a producirla, para facilitarla a todos los perseverantes creadores que la ansían, que la necesitan como desesperados vampiros?

El joven empieza a oler algo feo en el ambiente, aunque a la vez trata de parecer interesado, impelido por una cortesía a prueba de balas.

–Ajá… ¿Y ellos la producen? –dice aunque se arrepiente de inmediato sintiendo que es una pregunta inoportuna.

–Desde luego son seleccionados para garantizar la calidad del producto. Ahora están algo blanquecinos, gajes del oficio, pero al principio se los escoge por el color de sus mejillas, se ve a primera vista –el patrón toma un grueso palo que está apoyado contra la pared, sin ser visto por el joven que sigue absorto en la imagen de los desangrados–, un buen ojo sabe encontrar lo que busca.

Le asesta un mazazo en la cabeza y el joven cae fulminado por el golpe proferido desde atrás. Un empleado que contemplaba la escena se acerca para arrastrar el cuerpo hacia algún asiento vacío.

–¿Lo sangramo, jefe?

–¿Lo qué?

***

Asoma una mujer con anteojos de sol y cuadernos entre los brazos, que al ver la gran cantidad de gente en el local, encuentra a un empleado desprevenido al otro lado del mostrador y pregunta:

–Disculpame, una preguntita así no espero: ¿tenés entre luces?

–¿De mañana o de tarde?

–De tarde.

–No, atardeceres me parece que no me quedaron. Pero ahora, en dos horas, tenés uno en la plaza. Nosotros, cuando se agotan, los sacamos de ahí.

–Gracias. ¡Ah! ¿Y máquina de inventar nombres?

–¿Castellano?

–Sí.

–Sí, tenemos.

–Ah, bueno. Entonces espero.

Ilustración de Carlos Tesoriero para el cuento en la primera edición de Paroxismos.

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