Bloqueos creativos y cómo salir de ellos (en la era de las redes sociales)

Una vez tuve un bloqueo creativo… Aquí va la historia de cómo salí.

Fue en el 2018. Acababa de editar Goodbye Netflix, un libro de ficciones con fuerte tendencia audiovisual, donde infiltré música y videos propios mediante códigos qr, y cuya presentación fue una performance teatral en formato talk show que grabé, edité y convertí en video-prólogo del libro con otro qr…

Digamos que de creatividad venía bien.

Pero la pregunta natural de un artista es cómo seguir, hacia dónde. Repetir fórmulas siempre me causó espanto. No iba a hacer otro libro basado en diálogos y elementos multimedia. En todo caso, si quisiera seguir por ese camino (el de la interdisciplinariedad condensada en el objeto-libro mediante recursos narrativos y tecnología) tendría que dar un paso más.

Se me ocurrió incursionar en la «realidad aumentada», que se había hecho popular con un juego llamado Pokemon GO en el 2016. La idea era atractiva, pero muy compleja. El libro tendría que incluir una app para visualizar los diseños, y yo no tenía recursos para contratar a un programador ni una auténtica pasión por el tema como para ponerme a estudiar al respecto… y, sobre todo, no tenía una idea motriz, una historia que contar a través de ese medio. Tenía el envase pero no el contenido, lo cual olía a que me estaba yendo por las ramas.

Entonces no sabía que existía la Electronic Literature Organization, un instituto donde se enseña a componer con los recursos digitales más sofisticados y cuya actual presidenta, Caitlin Fisher, es especialista en realidad aumentada, con la que ya había hecho obras asombrosas una década antes de que yo descubriera la pólvora. Pero es lo mismo: yo no tenía dinero para estudiar en la ELO y tampoco sentía una vocación por la literatura digital. La encontraba interesante, me daba curiosidad, pero como género artístico me parecía un nicho demasiado cerrado y elitista… Lo mismo que sentía respecto a la música académica contemporánea que había estudiado en la universidad.

Así llegué a una encerrona creativa: el camino tecnológico que había empezado a tomar mi escritura se volvía abstruso y desmotivador… Pero la escritura a secas, la que sólo consiste en palabras y signos ortográficos, había quedado deslucida en comparación con las luces de colores de lo digital. Me había dejado llevar por el medio y en el camino perdí el mensaje. ¿Qué quería realmente escribir?

A poco de andar ese dilema comprendí que no era sólo un «bloqueo de escritor» o de artista, sino una situación generalizada de merma creativa. Como si me hubiera quedado sin nafta. Me di cuenta de que también había dejado de leer. También tocaba menos la guitarra, componía canciones a medias (esto es crónico, tema para otro post)… De pronto empecé a temer que se me hubiera apagado la chispa y que mi «carrera» artística estuviera muriendo antes de consagrarse. ¿Dónde estaba mi energía?

Cuando el miedo me hizo ponerme en guardia, no tardé en detectar dónde estaba la fuga. Estaba aquí mismo, en el aparato donde yo estoy escribiendo y usted está leyendo.

Sí, ahora es un lugar común, pero hace 7 años todavía no estaba tan claro. (Recién en 2020 salió El dilema de las redes sociales en Netflix, donde exfuncionarios de Google, Meta y todas las demás confiesan que el objetivo de las plataformas digitales es la adicción de los usuarios). Ahí se me iba el tiempo que antes pasaba leyendo y la energía mental con la que antes creaba mundos propios.

Un día de esos escuché o leí que «21 días es el tiempo que lleva forjar un hábito». Alguien proponía una rutina diaria de alimentación o de ejercicio físico y sostenerla durante 21 días para conseguir resultados duraderos.

Tomé esa idea y me propuse una «dieta» de 21 días sin redes sociales. Desinstalé Facebook e Instagram del celular (si usaba otras no lo recuerdo); sólo mantuve WhatsApp porque la usaba para el trabajo (y porque a esa altura ya era sinónimo de teléfono; los «estados» recién aparecían y nunca los miraba, igual que ahora).

¿Qué pasó durante esos 21 días sin redes sociales?

No tuve insomnio ni caminé por las paredes. Al contrario. Al día 5 ya había empezado a escribir dos libros nuevos (100% analógicos, sin tecnología de por medio). Empecé a leer con fruición como en mis años adolescentes. Volví a componer música y a escuchar música (esto es: dedicarse sólo a escuchar, sin hacer nada más). De pronto volvía a tener tiempo libre y ganas de aprovecharlo, estudiando, produciendo y juntándome con amigos también.

Pero el tiempo siempre había estado ahí; lo que había desaparecido era el mecanismo de mirar la pantallita en cada momento de silencio mental. En un par de días el acto reflejo murió de inanición, y el silencio, el valiosísimo y saludable silencio interior, se expandió como la foresta sobre una ciudad abandonada. En ese silencio estaban esperando toneladas de ideas y de ganas de realizarlas.

¿Qué pasó después? Como es evidente, volví a instalar las apps y me reintegré a la dimensión virtual de la sociedad (que se siguió hipertrofiando hasta los niveles babélicos del presente), pero desde un lugar distinto. Ya era consciente del peligro de estos no-lugares y de cuánto valía lo que sus dueños pretenden quitarme cada día. Incluso las redes habían perdido el gusto azucarado previo a la dieta. Parecían vidrieras de juguete al lado de la mera realidad, de las relaciones de carne y hueso, del arte a fondo y con corazón, de la aventura infinita de bucear el silencio interno.

Desde que recuperé ese autocontrol y puse a raya el vicio de las redes nunca dejé de leer ni de escribir (hasta que llegó la paternidad, pero es otro capítulo). Como un adicto recuperado al tabaco que cada tanto se fuma un pucho, a veces escroleo y me cago de risa fuerte con algún que otro meme, que los hay geniales y a raudales, pero en general entro aquí con un objetivo, y silencio las notificaciones (¡cielo santo! ¡detengan el bombardeo en su mente!). A veces bajo la guardia y me sorprendo cerrando IG sin recordar para qué había entrado. Sé que a vos te pasó también. Estos tipos son buenos en lo que hacen.

Y creo que es útil compartirte todo esto porque, si vos mism@ estás atravesando un bloqueo, no ya de escritura ni tan siquiera de creatividad artística, puede ser un bloqueo emocional, un bloqueo social, un bloqueo erótico, un bloqueo en cualquier dimensión del deseo, de la proyección personal, si de pronto sos proclive a la ansiedad o la depresión y no sabés por qué… hay al menos 50% de probabilidades de que el problema esté acá. Entonces te ofrezco esta receta sencilla y económica para sacarte la duda y recuperar lo que es tuyo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

17 − 11 =