¿Qué hay de nuevo, viejo?

o cómo empiezan las revoluciones

¿Cómo empiezan las revoluciones?

¿Cuál es la chispa que enciende la montaña de pólvora acumulada bajo el trono de los déspotas más insensibles, hipócritas y miserables?

En la Revolución Rusa de 1917 la chispa fue la protesta espontánea de las amas de casa que hacían colas interminables para comprar pan, mezclada con la marcha de las obreras textiles de Petrogrado por el Día Internacional de la Mujer. A su paso se fueron sumando fábricas en huelga repentina y soldados y cosacos que se negaron a reprimirlos. La movilización duró cinco días hasta que cayó el zar.

En la Primavera Árabe de 2010-2012 la chispa fue más literal: un joven vendedor ambulante se prendió fuego en la calle después de que la policía le confiscara por enésima vez su carrito de verduras. La gente que lo vio envuelto en llamas dijo basta y empezó una protesta que llegó a la capital de Túnez y se extendió 28 días hasta que abdicó el dictador. Y el fuego se extendió a todo el mundo árabe: Egipto, Libia, Yemen, Siria…

Tengo el presentimiento de que la revolución argentina contra nuestro pequeño dictador al fin está empezando, y que la chispa la encendieron los honorables jubilados que marchan cada miércoles bancándose la más cobarde represión imaginable, no obstante repetida semana a semana ante la pasividad general… Hasta que un actor social tan inesperado como el hincha de fútbol tomó la posta de la solidaridad activa, de carne y hueso.

Mientras la CGT dormía cómodamente sobre su habitual colchón de coimas junto a diputados, senadores y jueces, la hinchada de Chacarita vio que le pegaban a un viejo con su camiseta puesta y se despabiló de golpe.

No fue un argumento económico ni una consigna política, fue una imagen desnuda y el hondo sentimiento de identidad, de familia, que el fútbol inspira en estas tierras lo que rompió la suerte de hipnotismo con que los trabajadores vienen asistiendo al asalto a mano armada que es este gobierno desde su asunción.

El miércoles siguiente los jubilados volvieron a concentrarse frente al Congreso como siempre, pero acompañados por decenas de hinchas. Ese día la policía empujó y tiró gas pimienta, pero no repartió ningún palo, reafirmando la máxima del cobarde más despreciable: fuerte con los débiles, débil con los fuertes.

Efecto en cadena: todas las hinchadas con dos dedos de corazón y/o dos genitales en su sitio se convocaron a la siguiente movilización para defender a los viejos. Hubo distintas consignas pero todas se resumían en una frase de Diego Maradona: Hay que ser muy cagón para no defender a los jubilados.

Por el lado del gobierno, el resto es de manual como siempre. (Enervan no sólo la brutalidad e hipocresía de sus maniobras sino también la falta de elaboración, de imaginación, de talento. La constante constatación de que ni siquiera son inteligentes pero ahí están).

La ministra Ricaentoros intentó boicotear la asistencia de las hinchadas con la amenaza de prohibir el ingreso a los estadios a quien participara en la protesta (esto en plena inundación de Bahía Blanca, dicho sea de paso). Chacarita respondió en un comunicado que ya está en los anales de la literatura argentina que «les chupaba tres genitales».

Entonces llegó el miércoles, y los millones de pesos que Bahía Blanca necesita para ayer fueron invertidos en un operativo policial de represión a gran escala, y Ricaentoros puso en marcha todas las maniobras del manual: infiltrar agentes para que provoquen disturbios, plantar armas y quemar patrulleros para ensuciar una protesta pacífica y darle de comer esa imagen a los que la miran por tv, dispararle a fótografos y testigos, hasta los que miraban desde los balcones de sus casas, detener a un centenar de personas y decir que son barrabravas, y al final denunciar que todo «es un intento de golpe de Estado», diluyendo de paso toda auténtica significación de la frase.

¿Vale tener memoria a mediano plazo? Porque es exactamente la misma acusación que lanzó el presidente Mylaw el año pasado contra la gente el día que el Congreso aprobó su ley ómnibus, e imputó a 33 manifestantes por «atentar contra el orden constitucional». Al mismo tiempo que les hacía un asado en Olivos a los 87 diputados («87 héroes» dijo Mylaw) que sostuvieron su veto a la reforma jubilatoria.

El argumento de Mylaw para quitarle la plata a los jubilados era «no endeudar al país»… Pero hoy nos está endeudando igual con el FMI, ¿entonces?

Pero lo más interesante de todo esto es que la pelea sigue abierta, porque los jubilados van a seguir marchando cada miércoles y las hinchadas los van a seguir bancando. Unos porque van a seguir pasando hambre y necesitando los medicamentos que el gobierno les quitó. Otros porque su motivación trasciende lo económico y lo político: es moral básica, van a ir para que no les peguen a los viejos, porque de eso no se vuelve.

Y no hay coima que este gobierno le pueda meter a nadie para resolver el asunto, porque no se trata de una ley que se va a votar y entonces con un par de valijas y cargos se consiguen los números y la ley sale y se terminó el asunto, la gente vuelve a su casa. Esto sigue hasta que los jubilados ganen… o se extingan.

La marcha de los jubilados tiene todos los ingredientes para ser la chispa que encienda una rebelión definitiva contra este gobierno de ladrones delirantes. La única forma de desactivarla es darle la razón a los jubilados, devolverles la plata y los medicamentos, dar marcha atrás con la motosierra, “entregar la cabeza” de Ricaentoros; pero Mylaw carece de la cintura política necesaria porque no tiene verdadera experiencia política, es un profesor de economía y columnista de radio clase B que de pronto llegó a la palestra y cuyo coeficiente intelectual sólo admite estereotipos. Es un tipo que «acelera en las curvas», un tipo que no puede responder una sola pregunta por sí mismo de manera coherente.

Y si se diera el caso de que los jubilados tuercen el brazo al gobierno… ¡qué señal para todo el país! «Así es como se consiguen las cosas». Sería sólo el principio de un ascenso de luchas contra el corazón del programa mylawista, un nocaut a corto plazo.

Si el gobierno cede, muere. Pero tampoco puede haber un baño de sangre cada miércoles por dos años y medio más. No porque al gobierno le disguste la idea; está claro que disfruta con el sufrimiento del otro, y ésa es la razón por la que me obligo a hablar en público del tema. Lo que no resiste dos años de sangre es la conciencia democrática de la población, ese hilo invisible que sostiene “el orden constitucional” y que los ultras no se van a cansar de estirar y patear hasta que se quiebre. El miércoles ya casi tuvo un muerto, el periodista Pablo Grillo, que hace una semana pelea por su vida en un hospital mientras Ricaentoros felicita a los gendarmes y da vergüenza ajena como siempre cuando intenta hilvanar frases. Y un solo casi-muerto bastó para hundir la cortina de humo de manual del gobierno y las corporaciones de prensa, que con el paso de los días tuvieron que reproducir lo que circuló desde el primer día en los medios independientes: la exacta trayectoria del proyectil, el ángulo exacto de disparo, el modus operandi → la evidencia de que tirar a matar fue una orden de arriba → la responsabilidad directa de Ricaentoros → la evidencia de que debe renunciar. Pero si renuncia es porque cede, y si cede, muere…

He ahí la fricción que enciende la mecha.

Ojalá no costaran nada de sangre las revoluciones.

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