Escenas de un día cualquiera en la ferretería de los poetas

Entra un hombre que aparenta más edad de la que probablemente tenga, con grandes ojeras y el cabello despeinado y ceniciento.

–Hola. Necesito un litro de pintura.

–¿De qué color?

–Y… un silencio… Algo así como jazmín hecho trizas en la sombra, pero algo marmolazo; como que se cagó de frío.

–No se diga más. Aquí tiene.

–¡Ah, genial! ¿Cuánto le debo?

–Serían tres soles de mimbre caucásico, de ése que ya no lastima si los ojos se desprevienen.

–Uh… subió bastante esto, ¿no?

–Sí. Todo lo que es pintura se fue por las nubes.

–Bueno. ¿Sabés? Ahora ando algo corto… Pero esta misma noche te los sueño. ¿Dale?

–Perfecto. Hasta luego. Después me trae la imagen.

–¡Seguro! Chau.

***

–Buenas… ¿Tiene clavos? –pregunta un hombre algo pelado, canoso, con cierto aire a Galeano.

–¿Clavos para qué?

–Tengo que clavar unas mariposas en mi espalda, bah, yo no, yo no llego con los brazos, ¿vio? –y empieza a reírse buscando complicidad–. Pero también quería clavar unas sobre una tabla de terciopelo caliente, ¿vio?, que va sobre una viga, abigarrada está a la viga que la abriga.

–¡No me diga! –el empleado ríe también y se agacha para hurgar en los cajones bajo el mostrador–. Mire: tengo unos clavos especiales para superficies candorosas, ¿ve? –le extiende en la mano unas cuantas espinas de cactus con ojos como cabezas para remachar–. Usted martille el ojo sin miedo, que al romperse derrama un pegamento. No sufre.

–Deme quince mil.

***

Entra un joven de aire ausente, realmente sin presencia, aunque el empleado que lo saluda adivina un fondo (o superficie) muy deshecho.

–Hola, emmm… Yo necesito un alma.

–Uhh… –suspira el empleado conmovido y chista–. Th! Mirá: nosotros no vendemos; tenemos accesorios para almas, viste, cuando se rompen, se vacían, sangran, pero almas almas… –se acerca al joven desconsoladamente blanco y le dice por lo bajo:– En realidad no se permite entrar a las personas sin alma, es una regla del patrón, pero andá tranquilo (igual, no te va a doler); yo creo que podés encontrar en algún bar o alguna sala de teatro chiquito, ahí a veces se pierden, qué sé yo… Buscá y por ahí encontrás, en algún rincón. Si no la que te queda es esperar en alguna plaza al sol, a que se les caiga alguna a las parejas de tórtolos y ruede lejos sin que se den cuenta, pero eso ya es criminal.

–No, deje, deje, gracias –y empieza a irse sin pasos, deslizándose por las irregulares baldosas de piedra.

–¡Suerte, che!

***

Entra un hombre. Es alto, entre otras cosas.

–Lamparitasss.

–¿Comunes?

–Sí, eh, de ideas, sí sí, comunes.

–¿Qué potencia?

–Y… La verdad, estoy fundido, totalmente fundido. Como para cuarenta sonetos.

–75 watts.

–Bárbaro. ¿Qué salen?

–Quince bocados.

–Regio. ¿La probás?

–Cómo no –y enrosca el foco en un portalámparas de prueba; al presionar la tecla para encenderla la lámpara estalla en una ola voraz de colores, texturas, sonidos, imprecaciones, vocablos exóticos e insinuantes, miradas, llantos, timbres de voz, lugares. Todo en un relámpago que deja a los presentes aturdidos, abrumados, a punto de la euforia.

–Estaba… estaba fallada –dice al fin el empleado, recuperándose de la emoción.

–No importa. Yo ya tengo lo que necesitaba. ¡Adiósss!

–¡Atorrante! –masculla iracundo el pequeñoburgués que observa la acción desde un rincón oculto.

***

Entra una dama púrpura que parece la resurrección del abismo prenatal en el deseo de quienquiera la contemple. Su color entre purpúreo y azul sombrío late, oscureciéndose hasta lo negro y volviendo a brillar al ritmo de su respiración.

–Hola. ¿Está el encargado? –pregunta con una voz del mismo color.

–Sí, soy yo. ¿Qué necesita, prodigiosa dama?

–Vendo el placer de mi secreto. No sé si le andan faltando voluptuosidades…

–Mmm… a ver, me voy a fijar en el depósito.

Cuando el encargado, único personal presente, se va, la mujer se apaga absolutamente como un cerrar los ojos de tristeza. Al volver y no encontrarla, el encargado se pone a rabiar:

–¿Cómo la dejé pasar? Seguramente vivíamos un mes de lo que estaba ofreciendo. ¿O no sería de esas chistosas…?

Pero antes de que acabe de sospechar, la dama resurge de su ausencia o su silencio, no queda claro, y lo interroga paciente con ojos de los que desatan guerras.

–Eeeh –trastabilla la cabeza del encargado–. ¿Cuánto está pidiendo por cada pliego?

–No mucho, algo para comer nada más. Algunas esperanzas, algo de paz. Si usted quiere le doy todo por un puñado de perseverancias, para pasar la semana.

Al oír el “le doy todo” el corazón del encargado sufre un no pequeño estrangulamiento a nivel de la garganta, pero luego vuelve en sí (o en otro, en esos casos ya no se puede saber) y ahora decide no aprovecharse de la incandescente desdicha de la dama que sin saberlo posee tan preciada y urgida mercadería y anda regalándola por ahí. Carraspea.

–Mire, mi estimada dama. Primeramente permítame decirle que es un honor para mí y para esta institución que usted esté presente aquí. Segundo: lo que usted tiene vale mucho, pero mucho… Como mínimo yo tendría que darle todo el amor del que nos escribe, ¿me entiende? Y yo, la verdad es que me salvaría tener esa cantidad, pero no la merezco aún, nunca la he tenido. Entonces lo que yo le pido encarecidamente es que me espere, así yo puedo reunirla. Por favor, espéreme, tal vez en sólo un par de años puedo conseguir lo que vale. Deme ese honor; considere que yo soy el primero que le dice la verdad, y usted podría estar ahora derrochando todo su océano nocturno sin saberlo. Déjeme que le dé como seña toda la paciencia, la entrega, el coraje que tenemos aquí; serán unos veinte kilos de cada uno, y ante todo lo que guardo con más celo desde siempre: una plantita de ternura que sembré hace ya veinte años y de la que jamás he cortado una flor.

llEscuchando todo esto, la incandescencia bruna se va fijando en un tono encarnado que a su vez se incendia con crecientes infusiones de escarlata y carmesí, incluso atisban destellos blancos, envueltos siempre en cápsulas de callado trueno azul. Hacia el final de la oferta el propio rostro de la dama empieza a mutar, impredecible pero inminentemente, hasta que la coloración de su detenimiento hace evidente que se aproxima una sonrisa, y, probablemente, lluvia de estrellas oculares. Advirtiendo esto el encargado empalidece de horror y suplica:

–Dama mía, por favor, tenga la piedad… Estamos en un lugar cerrado, hay cosas frágiles, hay combustibles, podemos sucumbir si la mercadería se entera…

Ya el rostro de la dama empieza a ser una aurora insoportable para las cosas de este mundo cuando los sensores del cielorraso detectan el crepúsculo y se activa la alarma contra paroxismos que descarga una tibia lluvia de escepticismo en todo el local, cubriendo a los presentes con sus infalibles tropos.

La lluvia, que no se atreve a mojar a la dama, va apagándola no obstante en un contracrepúsculo desgarrador que se lleva al peligroso sol a contratiempo bajo su horizonte, y se lleva a la dama nuevamente hacia la ausencia absoluta, pero esta vez se lee en lo que queda de sus ojos sin sol atardeciente que se va para no volver. La lluvia no puede apaciguar la desesperación que hizo presa del encargado al ver la promesa convertirse en puro espejismo; ha empezado a temblar contraído, incrementando el volumen de su cuerpo; la lluvia recrudece aún más pero no hay forma de controlarlo. Al fin el encargado huye del mostrador hacia el depósito y la alarma, cuando la vibración del recinto acaba de acabarse minutos después, se desactiva.

Un rato después un empleado lo rescata. Había tratado de suicidarse ingiriendo un bidón entero de resignación, cuando la dosis máxima soportable para la vida humana es medio litro. Lo llevan de inmediato al Hospital del Desesperado, todavía con signos vitales. Evidentemente tenía más de lo que creía para ofrecerle a la dama.

***

Ayudada por un bastón entra una señora mayor y espera su turno. A un costado hay un niño de grandes ojos y grande boca, que mira hacia la calle, como atento a algo que por supuesto la calle no es.

Un empleado se acerca, saluda e inquiere.

–Está el chico antes que yo –contestan sus setenta años.

–No, no se preocupe. Es un fantasma.

La señora abre los ojos hasta tenerlos como los del chico, cosa que en general significa bastante asombro, y mira a ambos varones alternativamente.

–Sí –insiste sonriendo el empleado–. Vea. Tóquelo.

La señora, sin detenerse en reparos ni temores, extiende (eso sí, lentamente) su brazo y en su brazo su mano y en su mano su dedo índice hacia el niño, que sigue exactamente en la misma posición que al principio. Al llegar el dedo de la señora al rostro del infante se topa con el frío.

–Ande, meta sin miedo.

El dedo avanza tras la superficie del rostro, sumergiéndose en un líquido parecido al agua, pero algo más denso, como plasma o gelatina, y que tiene la curiosa propiedad de incitar a quedarse a lo que se encuentre dentro.

–Está de oferta. Acaba de llegar, importado. Inspiración de primera calidad.

La señora lo mira con ojos del doble de su tamaño original y el aliento cortado. De pronto, su ceño se frunce: ha reccionado.

–Pero, ¿qué ferretería es ésta?

–La ferretería de los poetas.

–¡Ah! ¡Disculpe! –espeta ostentando todo lo posible su enfado para contrarrestar su sentido de la humillación–. Me confundí. Yo buscaba una de las normalitas.

–Qué se le va a hacer –condesciende el ferretero–. Hasta luego.

***

Un señor calvo, algo gordo, entra con aire preocupado.

–Buen día. ¿Tenés adjetivos para soldadora?

–¿Qué tiene que soldar?

–Mirá –dice luego de un fuerte suspiro–. Tengo un sustantivo, que trae el hilo de la frase, ¿no? Es “aprendizaje”. Y después viene “por tus manos”, que son las que enseñan, ¿me seguís? Y tengo que soldar el aprendizaje con las manos, con un adjetivo, de tres sílabas, que dé a entender que el aprendizaje lo dieron las manos.

–¿Probó con brindado, creado, etcétera?

–Sí… Sí… Pero no, no sirve eso, es muy flojo, traté y se despegaban al toque, y se me cortaba todo el hilo de la estrofa. No: yo necesito algo fuerte, intenso, que los suelde bien, ¿entendés? Tengo una soldadora de ésas de antes, ¿viste? Y vos le ponés uno de esos adjetivos berretas y no te los agarra ni a gancho. Por poco se me arruina cuando le puse ofrecido. Entraba, como antes va “aprendizaje”, ¿no?

–Espéreme un segundito que busco.

Durante la espera es notorio el proceso de hinchazón de una vena del lado derecho de la frente del cliente.

–Aquí están. Tengo prendado, labrado (no sé si es compatible con tu soldadora), gestado, trabado, tramado, rendido, enredado, reunido, enlazado. De otra marca hay: tallado, bordado, calado, esculpido, grabado… No sé si alguno le sirve. Si no, tengo de la línea surrealista, que sueldan pero en arquito, ¿vio?, como dando un rodeo, un brinco en el hilo y vuelve, y ahí sigue derecho nomás.

–¿De ésos qué tenés?

–A ver: tengo tendido, tragado, cromado, soplado, bramado, arropado, cansado, ensopado, parlado, tronchado, limado, lanzado… Bueno, hay más. Están mezclados con los lunfardos, ahora que veo. Uno especial, de mejor calidad en esta línea, que es un poco más caro y le traería quizá problemas con la métrica, es vomitado.

–No, no, dejá, no me sirve eso. No, yo busco más para este lado…

Se queda en silencio, cavilando. Parece rumiar mentalmente cada vocablo ofrecido, especulando sobre su buen o mal funcionamiento.

–No, che, sabés que me parece que ninguno va a andar, no sé… Bueno, dejame que lo piense y en todo caso vuelvo, ¿eh?

–No hay problema.

Antes de que el hombre cruce la puerta de calle, el empleado, que se ha quedado pensando, lo detiene:

–Disculpe, señor: ¿no probó con soldado?

–¿Cómo decís?

–Claro: “aprendizaje soldado por tus manos”. ¿Eso no le sirve?

El hombre mastica unos instantes el adjetivo y empieza a mover la cabeza en un punto medio entre la afirmación y el tic nervioso.

–Ahí está… –repite con creciente alegría y volumen. Empieza a reír a carcajadas. Cuando se le pasa, le pide un “soldado”, con una sonrisa soldada en el rostro.

El empleado anota la palabra en un papel y plasma el sello de la ferretería.

–¿Cuánto le debo, amigo?

–No, deje, no es nada. No está en la lista de precios. Después me invita una observación. ¿Quedamos así?

–¡Pero cómo no! ¡Nos vemos! –dice en camino a la puerta.

–Que tenga un buen poema.

***

El patrón está solo tras el mostrador, abstraído en sus pensamientos. Mira vagamente los productos de superchería que han dejado los proveedores minutos atrás: ídolos varios, ninfas, tótems, peluches, calendarios, prendas cotidianas de seres ausentes. Los artículos de temor en caja aparte, con las severas advertencias FRÁGIL y ESTE LADO ARRIBA (las consecuencias de parar sobre su cabeza a tales productos pueden ir de la megalomanía y el optimismo hasta el materialismo dialéctico). Afortunadamente para todos los seres de esta tierra, a veces pasa y a veces no.

Nada perturba el ocio del patrón. Instantes más tarde aparece un joven de mirada cándida y mejillas coloradas que se acerca al mostrador y aguarda callado a que reparen en él. Esto todavía se hace esperar un tiempo, pero al fin el patrón posa sus ojos distantes en él.

–Hola –nada le responden–. Ando buscando un pituto medio alargado que lleva como engarzada una chapita en forma de L, algo gruesa. Con rosca.

El patrón, que hoy está en uno de esos días de cinismo sin filtro y ha olido al pichón, sonríe.

–Sí, sí, cómo no… Acompañame al depósito que te muestreo. Que te muestro, perdón.

llEl patrón toma aire con fuerza y se encamina hacia el fondo; el joven se apresura a alcanzarlo. Juntos atraviesan un oscuro pasillo atestado de estanterías con cajones rotulados varias veces una encima de la otra, pilas de mercaderías en estado de espera o descomposición y algunas con peligrosos vértices metálicos que cuelgan de ganchos igualmente filosos. Luego, al costado de una puerta que parece dar a un lugar más claro, quizás con alguna ventana, descienden por una estrecha escalera que da a un sótano de aspecto lúgubre, donde la humedad es tal que cala hasta los huesos. Cuelga del cielorraso una lámpara amarilla que cuando no parpadea arroja despojos de luz mugrienta, mortecina, que cansa rápidamente los ojos.

–Por acá, por favor –comenta el ferretero cada cuatro o cinco pasos, para infundirle seguridad al joven que de todas formas no parece tan inquieto como podría estar.

–En casa de herrero cuchillo de palo, ¿no? –dice el joven en un intento de amenizar la caminata.

–¿Por qué lo decís? –repone el patrón mientras atraviesa trincheras, vallas y otros obstáculos para llegar a la puerta del otro lado.

–No, por la lámpara –se acobarda.

–Pero si yo no trabajo esos productos, ¿de qué herrero me hablás? “Los poetas”, ¿qué te dice eso a vos? Esto tiene toda una ambientación, un concepto. Un sótano es por definición semioscuro, macilento, angustiante, incluso te diría sofocante, insalubre, maloliente. Tiene que estar mal iluminado. Si no, ¿cuál es mi honestidad como comerciante? Es más: nosotros producimos cosas como ésas, tenemos nuestra pequeña industria.

Llegando ya a la puerta como quien llega al fin de un señuelo, el patrón sonríe. La sonrisa despierta en el joven una multitud de recuerdos cinematográficos que rondan el área del expresionismo alemán.

–¿Querés ver?

El joven está completamente acorralado por las normas de una cortesía que jamás se atreve a rechazar.

–Sí, claro –dice y traga saliva.

Cruzan la puerta que lleva a un estrecho pasillo lleno de derivaciones, con el mismo exacto nivel de iluminación que antes. Mientras avanza lentamente, el patrón va enseñando cada puerta con manos, gestos y palabras.

–Ahí producimos paisajes en aerosol; es nuestra elaboración más sofisticada, la última que instalamos. Ése del otro lado es el cuarto de pruebas para las motosierras que estamos tratando de poner a punto y sacar a la venta. Cortan estrofas, versos, prosas, palabras, lo que sea, a diestra y siniestra. Medio a lo bruto, pero se usa, en estilos rústicos, coloquiales, verso libre, neologismos, concretismo, lo que quieras. Además, esto es industria nacional, y acá no se hacen más las cintas métricas, en las que elegías la métrica que se te antojara y chau. La lírica clásica está para el museo ya, viste.

El joven quiere apoyar la melancólica observación del patrón pero no quiere meter la pata así que se limita a pronunciar una sonora “m”. Avanzan al siguiente par de puertas.

–Acá a la izquierda hacemos máquinas de escribir, las que usan los best-sellers, ¿viste? Tienen varios moldes para elegir la trama y cierto carácter estilístico, y después bancos de palabras: uno de sustantivos, otro de adjetivos, etcétera. Elegís las opciones, la hacés funcionar y se pone a escribir. Las lleva la gente, che, y no se han quejado.

El patrón anima al joven a asomarse al cuarto: tres hombres trabajan iluminados pálidamente por los destellos de una amoladora en acción. Uno coloca pilas de tablillas con palabras en distintas cavidades de una gran caja metálica, otro conecta cables de diversas placas halógenas, otro arma pieza por pieza una impresora.

–Bueno, también hacemos las piezas para las máquinas, que se venden como repuestos. En ésta otra hacemos tornillos artesanales. Hechos a mano uno por uno, con un tipo de rosca original que diseñamos nosotros. Calidad superior. Eso sí: cuestan lo que valen.

–¿Y para qué sirven?

El patrón lo observa unos instantes en completo silencio y reanuda la marcha. El joven se siente humillado y no emite palabra en las dos paradas siguientes. Llegan a la última puerta, la frontal, la única con una verdadera puerta de madera y picaporte en vez de un simple umbral.

–Y ahora lo mejor.

Abre sonriente la puerta de par en par para entrar a una gran sala aún más oscura que el resto del sótano, ocupada por filas de pálidos sujetos sentados, con tubos que les atraviesan el cuerpo, los cuales les introducen y extraen fluidos hacia recipientes erguidos a un costado. El joven se acerca con paso indeciso a ellos, azorado por la impactante visión, como queriendo refutarla al tacto que no tendrá agallas para usar.

–El producto más preciado y vital. La piedra preciosa humana y su savia motriz por excelencia: ¡la sangre!

En efecto, uno de los tubos que se conectan al cuerpo de los hombres inmóviles, huesudos y de mirada de insalvable agonía y agudo espanto, tiene un tono bermellón oscuro y espeso; sale del brazo izquierdo de los desangrados e hincha una bolsa que regula por la presión el líquido extraído y de a ratos se detiene para aguardar una nueva producción. Junto a ésa hay otra bolsa con suero que fluye viscosamente hasta perderse dentro de las ropas.

–¡Alimento y arma de los viscerales, combustible voraz de los apasionados, condimento infaltable de comedias osadas, protagonista más que trillado pero jamás desplazado del terror, la acción, el drama, la sobornable pero insobornable al fin Muerte! ¿Qué podemos hacer sin ella? ¿Qué podríamos ser sin ella? A la vista o por lo bajo, explícita o implícita, literal o figurada, la sangre está en cada verso de un verdadero poeta, es la esencia, la fuerza, la pluma, la tinta y el canto. ¡Lo es todo! ¿Cómo entonces no dedicarse a producirla, para facilitarla a todos los perseverantes creadores que la ansían, que la necesitan como desesperados vampiros?

El joven empieza a oler algo feo en el ambiente, aunque a la vez trata de parecer interesado, impelido por una cortesía a prueba de balas.

–Ajá… ¿Y ellos la producen? –dice aunque se arrepiente de inmediato sintiendo que es una pregunta inoportuna.

–Desde luego son seleccionados para garantizar la calidad del producto. Ahora están algo blanquecinos, gajes del oficio, pero al principio se los escoge por el color de sus mejillas, se ve a primera vista –el patrón toma un grueso palo que está apoyado contra la pared, sin ser visto por el joven que sigue absorto en la imagen de los desangrados–, un buen ojo sabe encontrar lo que busca.

Le asesta un mazazo en la cabeza y el joven cae fulminado por el golpe proferido desde atrás. Un empleado que contemplaba la escena se acerca para arrastrar el cuerpo hacia algún asiento vacío.

–¿Lo sangramo, jefe?

–¿Lo qué?

***

Asoma una mujer con anteojos de sol y cuadernos entre los brazos, que al ver la gran cantidad de gente en el local, encuentra a un empleado desprevenido al otro lado del mostrador y pregunta:

–Disculpame, una preguntita así no espero: ¿tenés entre luces?

–¿De mañana o de tarde?

–De tarde.

–No, atardeceres me parece que no me quedaron. Pero ahora, en dos horas, tenés uno en la plaza. Nosotros, cuando se agotan, los sacamos de ahí.

–Gracias. ¡Ah! ¿Y máquina de inventar nombres?

–¿Castellano?

–Sí.

–Sí, tenemos.

–Ah, bueno. Entonces espero.

Ilustración de Carlos Tesoriero para el cuento en la primera edición de Paroxismos.

*

Tomaste el tren al final, cruzaste el pasillo brillante de los pomposos relieves, el espejo de la cafetería ya te vio y te olvidó, y tu huella también se fue de la estación, porque para qué me iba a quedar a un costado saboreando el después de vos, si bien podía fumar toda la tarde en algún otro rincón que no tuviera tus ojos por todas partes. A quién echarle la culpa de que las hojas de nuestro verano hayan muerto, que quien nos vio en sus parques y sus calles, bajo sus cielos, se haya ido y como para no volver, no podemos culpar al otoño ni al tiempo ni a nosotros ni a lo sucedido, ya sabemos que de nada sirve; este dolor habrá que masticarlo o fumarlo sin la piedad de un culpable, porque después de todo eso era lo que andábamos buscando, ¿no fue así desde el principio? Ahora debemos vivir por nuestra cuenta, sostenernos solos, como si nada hubiéramos sabido, y como antes no lo podíamos soportar. ¿Cómo vivíamos en ese antes, aun antes del hastío y de la búsqueda, cómo decidíamos si tomar un café o levantarnos de la cama o leer una revista o amarnos? ¿Qué clave usábamos, o, ahora que no podemos ni podremos más ocultarnos nuestra suerte, cómo podíamos discernir dos caminos sin una clave? De alguna manera igualmente abandoné la estación.

Y creo que en realidad empezó con la muerte de tu hombre pasado, es cierto que ya no estábamos tranquilos ni podíamos dormir o comer o hablar bien, pero el catalizador de tu hartazgo fue ese hecho, sumado a tu odio secreto por él desde que desapareció al quedar embarazada, tu meticulosa maldición en la ausencia, mientras adornábamos la pieza y le comprábamos ropa y juguetes y nos acostábamos en la pieza de al lado dejando la puerta entreabierta, y mientras sonrisas y guardería y viajes y teta y pañales.

Hartos de ese caos, y no de Martín que un poco nos estabilizaba y nos dejaba orbitar en torno a algo concreto, hijo, fue cuando quien tanto habías querido ver sufrir luego de haber querido tanto y ahora olvidabas en una tentativa de armonía, murió luego de una tortuosa agonía, que te cansaste de ese no poder asir jamás siquiera algo como el destino, y decidiste comprarlo.

Recuerdo bien tus palabras esa noche en casa, en nuestra casa, ya con él sobre la mesa de café donde volvería cada vez, pero ahora me suenan tan vagas como entonces. ¿Qué contacto de un amigo? ¿Qué encuentro casual en una plaza? ¿Qué cuotas, qué garantías, qué instrucciones? Para mí todo se hacía aún más confuso, pero por esa falta de sentido era mucho más fácil dejarse llevar por algo un poco más sólido que la nada o el tiempo, como lo que traías no sin tu cara ya habitual de angustia sin salida.

Escéptico, te dejé tener esa ilusión tan inverosímil para los dos. Esa misma noche lo armamos por primera vez, dubitativamente y demorando mucho por la falta de experiencia, y atendiendo entretanto a Martín, que se ponía insoportable de noche si no nos tenía a la vista. Cómo recuerdo nuestras caras, nuestra cierta impaciencia mezclada al hastío de todos los días, nuestras miradas fugaces, nuestras soledades agazapadas ante un futuro nuevo.

Esperamos, como dijiste que había que hacer, cinco minutos, y de pronto todo fue tan claro, tan simple el hecho de que tuviéramos que salir a cenar, dejando el bebé a tu madre, que salieron cabalgando las risas convulsivas en nuestros rostros humedecidos que se acercaban abrazándose y tocándose y mojándose, tan felices de que por lo menos esa noche hubiera que ir a cenar afuera. Yo te abrazaba mientras llevabas a Martín a la casa de tu madre, que no vivía lejos, y luego nos fuimos casi corriendo al primer restorán que apareciera ante nosotros.

Llegamos a una parrilla y nos metimos al fondo, bien adentro para respirar su aire y ver todo restorán y estar tan felices, el pecho tan hinchado de euforia, que en cualquier momento estallaría. Vos pediste una milanesa con puré y yo asado, y los devoramos sin dejar de sonreír, degustando como nunca la comida, y no había obstáculo alguno para nuestro amor, no había nada que nos impidiera amarnos y estar contentos por tenernos al lado. Pedimos postre y café, y nos fuimos sólo cuando nos echaron porque tenían que cerrar el lugar, pero seguimos dando vueltas por las calles, un poco por inercia de la velada, como viviendo un después y no precisamente el andar por las calles, hasta que nos topamos con la puerta que llevaba a nuestro departamento y decidimos entrar dejando a Martín olvidado con tu madre. Qué nos importaba, qué le importaría a ella, qué le importaría al bebé.

No nos imaginamos entonces que la angustia podría volver por la mañana, y como en toda primera vez nos asustamos terriblemente al pensar que sería irreversible, que había sido un instante fugaz que nos hundía definitivamente en la tiniebla bajo el sol de la calle. Yo me abalanzaba sobre tu armario para buscarlo y armarlo otra vez, pero vos me detenías con lágrimas en los ojos diciendo que sólo se podía armar una vez cada noche. Lloramos juntos pero con cierta distancia, como si cada uno le recriminara al otro el haber sido testigo de esa felicidad de la noche pasada, felicidad impostora, que nos ahogaba. Cuando al fin llegó la noche lo trajiste otra vez a la mesita y lo armamos con laboriosidad; no sabíamos en realidad lo que estábamos esperando, porque estábamos convencidos de que esa mañana había sido la peor de todas; pero también como en toda primera vez, teníamos la esperanza de que fuera una especie de error y que la segunda lo remediaría. Durante la espera, una vez que acomodamos la última pieza, nuestra expectativa nos fue recon ciliando un poco en esa suerte que nos unía en el mismo caos, con la misma expectativa. Te tomé el mentón con mis dedos, y sonreíste condescendiente, mientras pensabas en lo mismo que yo, que no era yo mirándote la cara mirándolo funcionar, aguardando esa respuesta.

Al fin dio su sentencia y nos fuimos a dormir tranquilos; se había apiadado de nuestro día entero y nos permitiría llegar con rumbo a la próxima noche. Al día siguiente lo llevamos a Martín y le compramos el trajecito azul que había que comprarle, que francamente no me gustaba para nada, y me pareció que a vos tampoco, pero qué nos importaba si el bebé estaba con su trajecito azul y todo estaba en su lugar, el sol en el cielo y el bebé con el trajecito azul.

La otra noche nos desvelamos haciendo el amor junto a la puerta de entrada, pobre Martín, que no podía ser atendido, pero qué importaba, si no podía no ser feliz con nosotros haciendo el amor junto a la puerta. Luego tuvimos que juntar ropa para unos chicos que estarían en la estación de trenes por la tarde, y esa tarde vimos con detenimiento los relieves del pasillo, y nos reímos haciendo chistes estúpidos mientras esperábamos que aparecieran los chicos que no aparecieron. Cuando se hicieron las nueve de la noche dejamos la ropa en un rincón y nos fuimos a buscar a Martín a lo de tu madre para cenar y armarlo otra vez, y volver a preguntarle, a pedirle.

Sólo sentí algo raro cuando nos tuvimos que mudar, porque no estaría entonces en el mismo lugar todas las noches, y temí que eso pudiera afectar todas las cosas, pero con tus palabras me tranquilizaste, aunque en realidad estabas más preocupada que yo.

Los días, poco a poco y sostenidamente, fueron adquiriendo mayor claridad y nos fuimos liberando de esa enorme bestia que aplastaba nuestros hombros y nuestras nucas, y entonces no era el hecho de que yo empezara a estudiar botánica o a trabajar en un supermercado o que vos juntaras todas las tapitas de gaseosa tiradas en las veredas del centro (cómo nos reímos ese día, descubriéndolas en los rincones, ante las miradas de la gente, siguiendo a alguien que salía del quiosco con la botella en la mano esperando la suerte de la tapita) o que pidiéramos como locos dinero prestado para poder viajar a Angola, y qué feo que era Angola ahora que lo recuerdo pero cómo nos gustó. No, no era nada de eso, era lo otro que sentíamos tan llenos los dos, abrazándonos y siguiendo el camino que nos marcara cada noche.

Fueron tiempos felices, más aún con el tiempo que los había antecedido, fueron tiempos en los que pudimos respirar y dormir de corrido, y hacer crucigramas y escuchar música, como cosas de todos los días.

Me duele recordarlo, no creas que no. No nos habíamos quitado todavía la pintura de la cara, teníamos en los bolsillos las monedas juntadas durante la tarde, y fuiste como siempre a tu armario a buscarlo mientras yo cambiaba a Martín que también sonreía, que también parecía feliz con nosotros. Apareciste con la caja y nos miramos con esa cara que era tan conocida por los dos, con ese preludio al placer que era a veces más que el placer mismo; lo sacamos y empezamos con nuestro ritual de todas las noches. Lo hacíamos en silencio porque los chistes ya los habíamos agotado en las primeras noches, y sus repeticiones en las segundas, pero siempre había algo, algún gesto o caricia o Martín o cualquier cosa que nos afirmaba en el presente de preludio. Esperamos los cinco minutos, de los que al principio nos daba miedo hablar, pero luego, con el tiempo, poco a poco, fuimos soltando palabras y comentarios, y al fin acordamos que eran el momento de mayor éxtasis, en que al principio nos echábamos atrás en el sofá y nos besábamos abrazados porque había tiempo, pero pensando en qué vendría después, sin descuidarnos con la espera, y luego, porque alguno de los dos lo señalaba, o por un escalofrío, o por el nudo en el estómago, sabíamos que debíamos inclinarnos hacia él y asomar por el agujero, y yo te ponía la mano en la rodilla o vos me acariciabas el cuello hasta el momento de la revelación, al que si era posible seguíamos en la cama, hasta que Martín nos absorbiera a su mundo, se ponía tan insoportable por las noches.

Hacía tiempo ya que teníamos incorporado el tiempo de espera y no necesitábamos avisarnos para adelantarnos y asomar. Ahora no puedo sentirlo como entonces, porque fue único, pero recuerdo que fue como si un mar cálido se cristalizara de golpe en su interior con un frío punzante, pero sin frío, sin ruido, a media luz como siempre, nos petrificamos, la cara nos ardió y se erizó nuestra piel. El mundo entero en que vivíamos y al que estábamos acostumbrados, que podíamos asir, de pronto se había detenido y era extraño e inconmensurable, y el mismo cristal se fracturó y cayó muy lento ante nuestros ojos secos.

Nos miramos, y en nuestras caras cada uno adivinó la respuesta, o al menos la predisposición del otro; entonces te tiraste sobre mí a los gritos con los ojos rojos, diciéndome que era imposible y que estábamos locos, y quisiste hacerlo volar por el aire pero te contuviste, con la fuerza que sobre cualquiera tiene lo sagrado, y rompiste al fin en el llanto que tenía que llenar de una vez ese otro preludio insostenible. Te abracé con fuerza mientras te ahogabas a los gritos y Martín te acompañaba, y también lloré, en silencio, no creas que era mucho más fácil para mí, pero ya habíamos elegido tomar ese caos y no podíamos cambiarnos cuando se nos hiciera difícil. En realidad fue desde que no lo tiraste con mesa y todo que aceptaste el veredicto, porque significaba que no dejaba de ser sagrado para vos, que seguías orbitando como yo en torno a él. Fueron pasando los minutos, y poco a poco nos fuimos ablandando, pero Martín no tanto. Me deslicé de nuestro abrazo para ir a calmarlo, y eso te hundió otra vez en el dolor; no sé si me hiciste algún comentario por demás inútil, porque yo estaba pensando exactamente lo mismo. Algunas palabras cruzamos mientras Martín se calmaba, pero tampoco hacían falta porque por debajo de ellas fluía el río negro que iba recorriendo el camino por nosotros. Nos fuimos resignando, sin dejar en ningún momento de llorar pero sin alternativa, yo fui a buscar alguna bolsa a la cocina mientras vos muy despacio, como intentando salvarlo con unos minutos de más o de menos, hacías los preparativos para después. Creo que el peor momento fue cuando aparecí por la puerta de la cocina con la bolsita transparente, cubierto el rostro rojo y arrugado de lágrimas. Nos abrazamos entonces por última vez esa noche, desesperadamente tratando de aliviarnos esa herida de la que seguía brotando la desesperación.

 No quisiste que te diera la bolsa, al principio rehuiste la mirada y te diste vuelta, pero sabíamos que tenías que ser vos y nadie más. Al fin la agarraste de un envión y sin mirarme, aunque yo tampoco te podría haber mirado, y te encaminaste hacia él con las piernas temblando. Yo te seguía muy de cerca, te quería abrazar pero sentía que era imposible, que habría sido peor, y sólo me quedaba con mi aliento sobre tu hombro. Quedamos los dos frente a él en silencio, Martín ya no lloraba y dormía tranquilo, y los minutos que estuvimos así no fueron agonía sino muerte, la desolación muda luego de la muerte misma. Te moviste al costado para abrazarme pero te arrepentiste, y te apuraste a cumplir mientras no podías aguantar los lamentos ahogados. No creas que no sufría lo mismo que vos mientras te veía hacerlo, que no me estaba rajando el mismo fuego por todo el cuerpo.

Cuando terminaste yo me ocupé de deshacerme de él con cuidado, como debía hacer, dejando que te hundieras sola en tu propio infierno. Te fuiste a nuestro cuarto sin mirar a nada, ha brías ido corriendo si te hubieran quedado fuerzas, porque aún tenía sentido ir a llorar a la cama y no quedarse en el sofá, ir corriendo o arrastrándose, eliminarlo parte por parte o entero. Yo también me quedé solo con Martín para cumplir con mi tarea, que no era para nada más inocente que la tuya, y habría sido la peor de habernos cambiado los papeles.

Me llevó más de cuatro horas terminar hasta el último detalle, sumando los intervalos en que me quedaba abstraído por completo, luego de que me llegara algún ruido desde la habitación, nuestra habitación. Cuando entré para acompañarte y descansar acabada mi parte, te encontré dormida hecha un ovillo en el centro de la cama, y por miedo a despertarte volví sobre mis pasos y me acosté en el sofá.

Me desperté al mediodía y ya tenías las valijas hechas. Estabas en la cocina, sentada a la mesa, esperando que despertara para despedirme. No nos dijimos una sola palabra mientras yo hacía el mate y vos no lo aceptabas y yo lo tomaba solo y despacio, queriendo retenerte a cada segundo un segundo más, malgastándolos a todos en preocuparme por esas cosas. “Bueno, me voy” dijiste antes de que se terminara el agua, arruinando todos mis intentos; sólo me dejaste llevar una valija, las otras dos te empecinaste en arrastrarlas sola por el pasillo, la calle, la estación.

Todo el viaje fue ese silencio de después de muerte, pero en vida, empezar a arrastrar la vida después de haberse muerto. En vano juramos callados no volver a hablar de él ni cruzarnos sin evitarnos en nuestras vidas; nos mirábamos, y ya sabíamos todo. Es cierto, tampoco sabíamos ahora qué seguiría ni por qué, pero ya nos parecía ridículo dejárselo todo a él si podíamos confiar con la misma resignación en algo más grande, más concreto e inabarcable. Cuando dijiste que ya tenías que irte, yo comenté que era una lástima que no hubiéramos tenido tiempo para que te invitara a tomar un café.

* Este cuento no tiene título, o bien su título es algo innombrable y como tal carece de letras. Decida el lector la opción más apropiada.