Bloqueos creativos y cómo salir de ellos (en la era de las redes sociales)

Una vez tuve un bloqueo creativo… Aquí va la historia de cómo salí.

Fue en el 2018. Acababa de editar Goodbye Netflix, un libro de ficciones con fuerte tendencia audiovisual, donde infiltré música y videos propios mediante códigos qr, y cuya presentación fue una performance teatral en formato talk show que grabé, edité y convertí en video-prólogo del libro con otro qr…

Digamos que de creatividad venía bien.

Pero la pregunta natural de un artista es cómo seguir, hacia dónde. Repetir fórmulas siempre me causó espanto. No iba a hacer otro libro basado en diálogos y elementos multimedia. En todo caso, si quisiera seguir por ese camino (el de la interdisciplinariedad condensada en el objeto-libro mediante recursos narrativos y tecnología) tendría que dar un paso más.

Se me ocurrió incursionar en la «realidad aumentada», que se había hecho popular con un juego llamado Pokemon GO en el 2016. La idea era atractiva, pero muy compleja. El libro tendría que incluir una app para visualizar los diseños, y yo no tenía recursos para contratar a un programador ni una auténtica pasión por el tema como para ponerme a estudiar al respecto… y, sobre todo, no tenía una idea motriz, una historia que contar a través de ese medio. Tenía el envase pero no el contenido, lo cual olía a que me estaba yendo por las ramas.

Entonces no sabía que existía la Electronic Literature Organization, un instituto donde se enseña a componer con los recursos digitales más sofisticados y cuya actual presidenta, Caitlin Fisher, es especialista en realidad aumentada, con la que ya había hecho obras asombrosas una década antes de que yo descubriera la pólvora. Pero es lo mismo: yo no tenía dinero para estudiar en la ELO y tampoco sentía una vocación por la literatura digital. La encontraba interesante, me daba curiosidad, pero como género artístico me parecía un nicho demasiado cerrado y elitista… Lo mismo que sentía respecto a la música académica contemporánea que había estudiado en la universidad.

Así llegué a una encerrona creativa: el camino tecnológico que había empezado a tomar mi escritura se volvía abstruso y desmotivador… Pero la escritura a secas, la que sólo consiste en palabras y signos ortográficos, había quedado deslucida en comparación con las luces de colores de lo digital. Me había dejado llevar por el medio y en el camino perdí el mensaje. ¿Qué quería realmente escribir?

A poco de andar ese dilema comprendí que no era sólo un «bloqueo de escritor» o de artista, sino una situación generalizada de merma creativa. Como si me hubiera quedado sin nafta. Me di cuenta de que también había dejado de leer. También tocaba menos la guitarra, componía canciones a medias (esto es crónico, tema para otro post)… De pronto empecé a temer que se me hubiera apagado la chispa y que mi «carrera» artística estuviera muriendo antes de consagrarse. ¿Dónde estaba mi energía?

Cuando el miedo me hizo ponerme en guardia, no tardé en detectar dónde estaba la fuga. Estaba aquí mismo, en el aparato donde yo estoy escribiendo y usted está leyendo.

Sí, ahora es un lugar común, pero hace 7 años todavía no estaba tan claro. (Recién en 2020 salió El dilema de las redes sociales en Netflix, donde exfuncionarios de Google, Meta y todas las demás confiesan que el objetivo de las plataformas digitales es la adicción de los usuarios). Ahí se me iba el tiempo que antes pasaba leyendo y la energía mental con la que antes creaba mundos propios.

Un día de esos escuché o leí que «21 días es el tiempo que lleva forjar un hábito». Alguien proponía una rutina diaria de alimentación o de ejercicio físico y sostenerla durante 21 días para conseguir resultados duraderos.

Tomé esa idea y me propuse una «dieta» de 21 días sin redes sociales. Desinstalé Facebook e Instagram del celular (si usaba otras no lo recuerdo); sólo mantuve WhatsApp porque la usaba para el trabajo (y porque a esa altura ya era sinónimo de teléfono; los «estados» recién aparecían y nunca los miraba, igual que ahora).

¿Qué pasó durante esos 21 días sin redes sociales?

No tuve insomnio ni caminé por las paredes. Al contrario. Al día 5 ya había empezado a escribir dos libros nuevos (100% analógicos, sin tecnología de por medio). Empecé a leer con fruición como en mis años adolescentes. Volví a componer música y a escuchar música (esto es: dedicarse sólo a escuchar, sin hacer nada más). De pronto volvía a tener tiempo libre y ganas de aprovecharlo, estudiando, produciendo y juntándome con amigos también.

Pero el tiempo siempre había estado ahí; lo que había desaparecido era el mecanismo de mirar la pantallita en cada momento de silencio mental. En un par de días el acto reflejo murió de inanición, y el silencio, el valiosísimo y saludable silencio interior, se expandió como la foresta sobre una ciudad abandonada. En ese silencio estaban esperando toneladas de ideas y de ganas de realizarlas.

¿Qué pasó después? Como es evidente, volví a instalar las apps y me reintegré a la dimensión virtual de la sociedad (que se siguió hipertrofiando hasta los niveles babélicos del presente), pero desde un lugar distinto. Ya era consciente del peligro de estos no-lugares y de cuánto valía lo que sus dueños pretenden quitarme cada día. Incluso las redes habían perdido el gusto azucarado previo a la dieta. Parecían vidrieras de juguete al lado de la mera realidad, de las relaciones de carne y hueso, del arte a fondo y con corazón, de la aventura infinita de bucear el silencio interno.

Desde que recuperé ese autocontrol y puse a raya el vicio de las redes nunca dejé de leer ni de escribir (hasta que llegó la paternidad, pero es otro capítulo). Como un adicto recuperado al tabaco que cada tanto se fuma un pucho, a veces escroleo y me cago de risa fuerte con algún que otro meme, que los hay geniales y a raudales, pero en general entro aquí con un objetivo, y silencio las notificaciones (¡cielo santo! ¡detengan el bombardeo en su mente!). A veces bajo la guardia y me sorprendo cerrando IG sin recordar para qué había entrado. Sé que a vos te pasó también. Estos tipos son buenos en lo que hacen.

Y creo que es útil compartirte todo esto porque, si vos mism@ estás atravesando un bloqueo, no ya de escritura ni tan siquiera de creatividad artística, puede ser un bloqueo emocional, un bloqueo social, un bloqueo erótico, un bloqueo en cualquier dimensión del deseo, de la proyección personal, si de pronto sos proclive a la ansiedad o la depresión y no sabés por qué… hay al menos 50% de probabilidades de que el problema esté acá. Entonces te ofrezco esta receta sencilla y económica para sacarte la duda y recuperar lo que es tuyo.

¿Qué hay de nuevo, viejo?

o cómo empiezan las revoluciones

¿Cómo empiezan las revoluciones?

¿Cuál es la chispa que enciende la montaña de pólvora acumulada bajo el trono de los déspotas más insensibles, hipócritas y miserables?

En la Revolución Rusa de 1917 la chispa fue la protesta espontánea de las amas de casa que hacían colas interminables para comprar pan, mezclada con la marcha de las obreras textiles de Petrogrado por el Día Internacional de la Mujer. A su paso se fueron sumando fábricas en huelga repentina y soldados y cosacos que se negaron a reprimirlos. La movilización duró cinco días hasta que cayó el zar.

En la Primavera Árabe de 2010-2012 la chispa fue más literal: un joven vendedor ambulante se prendió fuego en la calle después de que la policía le confiscara por enésima vez su carrito de verduras. La gente que lo vio envuelto en llamas dijo basta y empezó una protesta que llegó a la capital de Túnez y se extendió 28 días hasta que abdicó el dictador. Y el fuego se extendió a todo el mundo árabe: Egipto, Libia, Yemen, Siria…

Tengo el presentimiento de que la revolución argentina contra nuestro pequeño dictador al fin está empezando, y que la chispa la encendieron los honorables jubilados que marchan cada miércoles bancándose la más cobarde represión imaginable, no obstante repetida semana a semana ante la pasividad general… Hasta que un actor social tan inesperado como el hincha de fútbol tomó la posta de la solidaridad activa, de carne y hueso.

Mientras la CGT dormía cómodamente sobre su habitual colchón de coimas junto a diputados, senadores y jueces, la hinchada de Chacarita vio que le pegaban a un viejo con su camiseta puesta y se despabiló de golpe.

No fue un argumento económico ni una consigna política, fue una imagen desnuda y el hondo sentimiento de identidad, de familia, que el fútbol inspira en estas tierras lo que rompió la suerte de hipnotismo con que los trabajadores vienen asistiendo al asalto a mano armada que es este gobierno desde su asunción.

El miércoles siguiente los jubilados volvieron a concentrarse frente al Congreso como siempre, pero acompañados por decenas de hinchas. Ese día la policía empujó y tiró gas pimienta, pero no repartió ningún palo, reafirmando la máxima del cobarde más despreciable: fuerte con los débiles, débil con los fuertes.

Efecto en cadena: todas las hinchadas con dos dedos de corazón y/o dos genitales en su sitio se convocaron a la siguiente movilización para defender a los viejos. Hubo distintas consignas pero todas se resumían en una frase de Diego Maradona: Hay que ser muy cagón para no defender a los jubilados.

Por el lado del gobierno, el resto es de manual como siempre. (Enervan no sólo la brutalidad e hipocresía de sus maniobras sino también la falta de elaboración, de imaginación, de talento. La constante constatación de que ni siquiera son inteligentes pero ahí están).

La ministra Ricaentoros intentó boicotear la asistencia de las hinchadas con la amenaza de prohibir el ingreso a los estadios a quien participara en la protesta (esto en plena inundación de Bahía Blanca, dicho sea de paso). Chacarita respondió en un comunicado que ya está en los anales de la literatura argentina que «les chupaba tres genitales».

Entonces llegó el miércoles, y los millones de pesos que Bahía Blanca necesita para ayer fueron invertidos en un operativo policial de represión a gran escala, y Ricaentoros puso en marcha todas las maniobras del manual: infiltrar agentes para que provoquen disturbios, plantar armas y quemar patrulleros para ensuciar una protesta pacífica y darle de comer esa imagen a los que la miran por tv, dispararle a fótografos y testigos, hasta los que miraban desde los balcones de sus casas, detener a un centenar de personas y decir que son barrabravas, y al final denunciar que todo «es un intento de golpe de Estado», diluyendo de paso toda auténtica significación de la frase.

¿Vale tener memoria a mediano plazo? Porque es exactamente la misma acusación que lanzó el presidente Mylaw el año pasado contra la gente el día que el Congreso aprobó su ley ómnibus, e imputó a 33 manifestantes por «atentar contra el orden constitucional». Al mismo tiempo que les hacía un asado en Olivos a los 87 diputados («87 héroes» dijo Mylaw) que sostuvieron su veto a la reforma jubilatoria.

El argumento de Mylaw para quitarle la plata a los jubilados era «no endeudar al país»… Pero hoy nos está endeudando igual con el FMI, ¿entonces?

Pero lo más interesante de todo esto es que la pelea sigue abierta, porque los jubilados van a seguir marchando cada miércoles y las hinchadas los van a seguir bancando. Unos porque van a seguir pasando hambre y necesitando los medicamentos que el gobierno les quitó. Otros porque su motivación trasciende lo económico y lo político: es moral básica, van a ir para que no les peguen a los viejos, porque de eso no se vuelve.

Y no hay coima que este gobierno le pueda meter a nadie para resolver el asunto, porque no se trata de una ley que se va a votar y entonces con un par de valijas y cargos se consiguen los números y la ley sale y se terminó el asunto, la gente vuelve a su casa. Esto sigue hasta que los jubilados ganen… o se extingan.

La marcha de los jubilados tiene todos los ingredientes para ser la chispa que encienda una rebelión definitiva contra este gobierno de ladrones delirantes. La única forma de desactivarla es darle la razón a los jubilados, devolverles la plata y los medicamentos, dar marcha atrás con la motosierra, “entregar la cabeza” de Ricaentoros; pero Mylaw carece de la cintura política necesaria porque no tiene verdadera experiencia política, es un profesor de economía y columnista de radio clase B que de pronto llegó a la palestra y cuyo coeficiente intelectual sólo admite estereotipos. Es un tipo que «acelera en las curvas», un tipo que no puede responder una sola pregunta por sí mismo de manera coherente.

Y si se diera el caso de que los jubilados tuercen el brazo al gobierno… ¡qué señal para todo el país! «Así es como se consiguen las cosas». Sería sólo el principio de un ascenso de luchas contra el corazón del programa mylawista, un nocaut a corto plazo.

Si el gobierno cede, muere. Pero tampoco puede haber un baño de sangre cada miércoles por dos años y medio más. No porque al gobierno le disguste la idea; está claro que disfruta con el sufrimiento del otro, y ésa es la razón por la que me obligo a hablar en público del tema. Lo que no resiste dos años de sangre es la conciencia democrática de la población, ese hilo invisible que sostiene “el orden constitucional” y que los ultras no se van a cansar de estirar y patear hasta que se quiebre. El miércoles ya casi tuvo un muerto, el periodista Pablo Grillo, que hace una semana pelea por su vida en un hospital mientras Ricaentoros felicita a los gendarmes y da vergüenza ajena como siempre cuando intenta hilvanar frases. Y un solo casi-muerto bastó para hundir la cortina de humo de manual del gobierno y las corporaciones de prensa, que con el paso de los días tuvieron que reproducir lo que circuló desde el primer día en los medios independientes: la exacta trayectoria del proyectil, el ángulo exacto de disparo, el modus operandi → la evidencia de que tirar a matar fue una orden de arriba → la responsabilidad directa de Ricaentoros → la evidencia de que debe renunciar. Pero si renuncia es porque cede, y si cede, muere…

He ahí la fricción que enciende la mecha.

Ojalá no costaran nada de sangre las revoluciones.

We’ve met before, haven’t we?

Carta de despedida de un fanático

Espero que esto no sea tan incómodo para vos como lo es para mí, David, pero como ya sabrás, te acabas de morir y entonces tengo que decirte un par de cosas (que me alegra saber que vas a escuchar porque entendiste que después de la muerte estamos más despiertos que nunca).

Tu cine me cambió la vida. Parece un tópico, y de hecho es un tópico, pero como dijo otro fanático tuyo —Foster Wallace— la razón de que exista un tópico (un lugar común) es una experiencia demasiado repetida, por demasiado verdadera y demasiado humana. Y la experiencia que tuve con tu cine fue iniciática, fue un viaje sin retorno al fondo de lo que vale hacer, contar, mostrar, imaginar.

Te conocí en el 2005, a mis 19 recién cumplidos, cuando andaba de mochilero por el norte argentino y una tucumana que parecía una fruta morena y caliente me hizo anotar en mi libreta dos nombres que resultarían fundamentales, iniciáticos para mi juventud y todo lo que fue siguiendo: Bobby McFerrin, David Lynch. Del segundo lo que me hizo anotar fue un título, Carretera perdida. De vuelta en La Plata alquilé esa película. Mi cerebro recibió una paliza sin nombre ni precedentes desde la pantalla. Sangró y se retorció y al mismo tiempo otro cerebro que no sabía que tenía se despertó y aulló el éxtasis de los pioneros, se incendió como un amanecer de pesadilla, sintió pavor, frenesí, un erotismo morboso, una angustia nueva y dolorosamente deliciosa: dejarse perder en un laberinto.

Quizás la volví a ver esa misma noche. Quizás la noche siguiente. El hecho es que en el espacio de un mes la habré visto unas nueve o diez veces. Como el militante acérrimo que pronto sería, le hablé de la película a cuantas orejas se me pusieron delante y se la hice ver a todos mis amigos. La maravilla era unánime, por supuesto. O si alguien la criticó no mereció el menor espacio en mi memoria. La décima vez fue en el ciclo Freakshow del Pasaje Dardo Rocha, donde la vi por única vez en pantalla grande y donde también mi cerebro original cerró la investigación y concluyó que el problema no era yo que no estaba entendiendo algo y que nunca podía armar del todo el rompecabezas, en realidad no había ningún problema: la historia sencillamente no cerraba. Un detalle tan pequeño una vez que es comprendido y se abre para siempre dicha posibilidad en el cine, en el arte. En ese momento hubo un clic que sigue reverberando en mi interior, con esa luz sucia que sonoriza tus escenas más oscuras, querido David.

Esa epifanía analítica de la 10ª visita a Lost Highway me permitió empezar a entender lo que estabas haciendo en esa película y en todas las que vería después: tu cine era onírico, no se regía por la lógica del mundo conocido sino por la de los sueños, y más en concreto, las pesadillas. Claro, era igual que las novelas de Kafka. Vos estabas haciendo en el cine lo que Kafka había hecho en la literatura. Por eso ibas a homenajearlo doce años después, con la sutileza de rigor, colgando un discreto retrato suyo en una oficina del FBI para una escena breve de Twin Peaks, temporada 3, no recuerdo qué capítulo. Y claro, ahora se hace bastante y se puede encontrar por todas partes, incluso ya no parece tan descabellado… Es que hacerlo después de vos es fácil. Es que habría que tener una máquina del tiempo para entender la cantidad de cosas de las que fuiste el primero en abrir la puerta.

Curiosamente, como si se tratara de un plan de estudios cuidadosamente preparado, la siguiente película que vi fue la que rodaste a continuación: Mulholland Drive (2001), que es en muchos sentidos gemela de Lost Highway (1997), sobre todo porque es su reverso formal. La trama de esta película cerraba como un círculo perfecto. Todas las piezas de la historia eran encastrables en un esquema de dos dimensiones. No había cintas de Moebius ni agujeros de gusano en el relato, lo cual la hacía «un poco menos Lynch» porque Lynch es asimetría y daño cerebral irreparable, pero también la hacía más asequible (con buena voluntad) para el público al que yo iba a ofrecerla y militarla como había hecho con la anterior, y al cabo no hacía sino ensanchar las reglas (porque todo tenía que tener reglas, porque éramos humanos), las posibilidades narrativas y las atmósferas posibles del universo Lynch. Lost Highway era un neo noir en clave heavy metal. Mulholland Drive es un cuento de hadas que se hace trizas contra un espejo negro, en clave doobop. En una sola película no demasiado larga le cambiaste el rostro a Hollywood para siempre. Filmaste tu propia versión del mito, algo así como el lado oscuro de la leyenda de Hollywood, y andá a sacarla ahora del fondo del inconsciente. No podés. No la sacás más. Esas cosas no salen con nada, al contrario: echan raíces.

Pero es algo que ya venías haciendo desde hacía un buen tiempo; lo supe cuando me aporreé tan pronto como pude con el resto de tu filmografía. Conocí tu versión más cruda, o bien tu imaginario en estado puro, en Cabeza borradora (1977), tu ópera prima, la que es sabido que hizo fanático a Stanley Kubrick. Yo cometí el error de ver esa película un sábado al mediodía en casa de mis viejos, almorzando pollo frío en una sala totalmente a oscuras. No se lo recomiendo a nadie y de hecho no volví a ver la película entera jamás. Pero al mismo tiempo siento que de esa forma mi experiencia fue más lyncheana que la de cualquier otro espectador. De hecho, ahora que pienso podría ser el disparador de un ciclo de cine inmersivo de culto.

Después encontraría esa misma poética cruda de paisaje íntimo desencajado en tus primeros cortometrajes, ya en la era de YouTube, pero la clave está en lo que hiciste después, entre Eraserhead y Lost Highway, que es la clave de tu estilo y de tu marca en la historia del cine: el equilibrio (o búsqueda del equilibrio) entre la pesadilla ptósica pura y la cultura de masas, entre un surrealismo de la vieja escuela y el sabor de las producciones en serie para cine y televisión. El punto audiovisual que permite musicalizar la misma película con Marilyn Manson, David Bowie y Elvis Presley.

Con ese hilo conductor se puede hilvanar de manera lógica, progresiva y escalena El hombre elefante (1980), Duna (1984), Terciopelo azul (1986) y Corazón salvaje (1990) hasta llegar al punto amalgama o caramelo: Twin Peaks (1990-1991), léase David Lynch jugando a la telenovela, casi una ópera de suspenso adolescente, prácticamente una carnada para atraer almas inocentes hacia la trampa mortal del largometraje Twin Peaks: Fire Walk With Me (1992). Lo que en la serie de TV es melodrama, inocencia y claroscuro, misterio envolvente como un caramelo, en la película es infierno estridente, es grito desgarrado, tirarse de cabeza al horror. Me acuerdo de estar viendo la película en la misma casa del pollo frío, y que mi hermano pasó por la sala en una escena durísima, con el hombre de un brazo gritando, Laura Palmer gritando, un motor acelerando a tope, era un quilombo y mi hermano me pidió que bajara el volumen. Ese mismo hermano acaba de compartir una historia sobre tu muerte. Eso significa que ganaste, David. Que ya sos un clásico, que el punto caramelo que encontraste es una huella profunda en la historia del cine.

La única película tuya que pude ver en el cine comercial fue tu última, Inland Empire (2005). Duró una semana en cartelera. En la sala habría quince personas como mucho. Yo me senté en la primera fila, quería la experiencia lyncheana completa. Y vos le hiciste a mis cerebros la cosa más inolvidable que viví en un cine. Qué manera de romper hasta tus propias reglas para refundarlas desde lugares nuevos, jamás explorados antes y emulados hasta por los codos después. Para entonces ya era un experto en tus laberintos. Pronto entendí que la forma de la película era fractal, era una espiral girando hacia dentro. Una actriz que va a rodar una película sobre una vieja leyenda polaca, con el pequeño detalle de que la historia está maldita. Entonces lo que vemos es la lenta e insalvable inmersión de esa mujer en la maldición de la historia. La realidad se vuelve un espejo roto y en cada fragmento está la totalidad de la historia reverberada y cada vez más horrorosa, más fuera del tiempo, más exquisita. Pero siempre con pequeños momentos para soltar la carcajada, para salirse de la asfixia y contemplar con asombro un paisaje, una sonoridad, una actuación sublime, una fruta poética pura. Y el final musical como frutilla de ese postre imposible de digerir jamás pero que uno se quedará degustando para siempre. Una reversión del final de Corazón salvaje, en el que ya habías revelado que la magia del cine tiene siempre las puertas abiertas para quebrar esa pared que no es la cuarta, acaso la quinta o la primera, y que cualquier puede cerrar con un número musical a la Bollywood. Sí, incluso una cinta de terror psicológico de tres horas como tu última obra maestra.

Aunque tu última obra maestra ya sabemos cuál es. El regreso de Twin Peaks, 25 años después. Agarrando esa pieza que habías dejado suelta, «volveré en 25 años»… y volvió, volviste. Con cerca de 20 horas de puro cine lyncheano, más libre que nunca, pero eras vos, tan libre como lo fuiste desde Eraserhead, como sólo no lo pudiste ser en Dune y se nota dolorosamente. Fue todo un testamento fílmico, un canto de sirena. Ese agujero negro que se abría en el cielo y se tragaba al personaje que vos mismo encarnabas fue otro símbolo perfecto de tu cine. A quien corresponda leer esta esquela más íntima imposible, si ama el cine como experiencia transformadora, le recomiendo con una mano en el corazón ver esa serie completa. Perseverar. El premio no se puede medir en palabras.

Y eso que ya no he vuelto a ver tus películas desde hace un tiempo. Igual que me ha pasado con otros cineastas mayores como Tarkovski, Zulawski, Bergman, Kurosawa, dueños de poéticas en estado tan puro que son una apuesta a todo o nada, para el creador y para el espectador, y una vez que uno se sumergió en ellas hasta la fiebre y el empacho, hasta la parodia y vuelta, ya no hace falta volver a ver las películas, como me pasó también con Cortázar, que me empaché con él y ya no lo pude volver a leer, pero no importaba. Ya grabaste una secuencia completa en mi ADN, y todo lo que fui después tiene algo tuyo y lo seguirá teniendo. Y puedo detectar los rastros de tu genética en todos lados, ramificándose en todos los elementos del lenguaje audiovisual: diálogos, cameos, fotografías, sonorizaciones, montajes, gestos actorales, plot twists… Desde Tarantino hasta Ari Aster y Sion Sono, nadie puede ni calculo que quiere dejar de robarte, de tomar prestados los códigos que forjaste en la gramática del cine. Y más allá, claro. Suele pasar que mientras escribo siento de pronto un aroma y si miro de reojo a los costados entiendo que me estoy asomando a tu barrio. Es un peligro, pero se aprende a vivir así.

Ya te voy dejando tranquilo, David, que debés estar recibiendo mensajes a montones desde todas partes del mundo. Lo último que te quiero agradecer es Atrapa el pez dorado, y con él todas tus palabras fuera de la pantalla. Tu imagen pacífica y feliz, como si fuera el remate de todo el chiste de tu cine: esas pesadillas profundamente perturbadoras pueden salir de una mente serena y apacible como un estanque zen. No hacía falta ser un poeta maldito y atormentado como en siglos pasados. Podés tener una vida equilibrada, meditar cada mañana para acallar la mente y nutrir el alma, y ahí, en lo hondo de la conciencia unificada, podés pescar los peces más gordos y más dorados, las ideas más fecundas para tu arte personal. Eso es un maestro integral, un artista completo y generoso.

Gracias, David. Si me tengo que quedar con una escena de tu cine, la respuesta sale sola: el hombre de cara blanca que se acerca en la fiesta de Lost Highway y que cuando se acerca hace desaparecer la música ambiente y nos envuelve en un silencio tenso y dice: «Ya nos conocimos, ¿verdad? Sí, en tu casa. De hecho, estoy ahí ahora mismo». Y como no puedo quedarme con una sola apuro otra, su gemela: la escena del Club Silencio en Mulholland Drive. Pero para cerrar esta carta voy a hacer lo que se debe e invocar la música de Angelo Badallamenti, la idílica cortina de Twin Peaks, y con ella nos iremos internando poco a poco en el bosque rebosante de misterio del crepúsculo, y la música se va aletargando, la luz tiende a cero, la cámara se acerca y se aleja… créditos sobre fondo negro y silencio.

Massa o Milei (a quien corresponda)

Estas palabras van dirigidas a las y los argentinos que aún estén pensando qué hacer este domingo en el balotaje presidencial. Quienes ya decidieron su voto, no creo que vayan a cambiarlo a esta altura y calculo que encontrarán en mi pensamiento motivos para elogiarme o para odiarme, según el caso. Y la cuestión del odio que se está moviendo alrededor de todo esto es el primer punto que me inquieta, que me mueve a actuar, aunque más no sea por este medio, para poner mi grano de arena en el cauce de este país, que ahora es más que nada el país de mi hija, el país donde quiero que crezca sana, libre, plena.

Si aún no decidiste tu voto, o no sabés siquiera si ir a votar o no, es porque, igual que a mí, ninguno de los candidatos te convence. Porque te parecen más de lo mismo, Guatemala y Guatepeor.

A uno podemos decir que ya lo conocemos, está en el gobierno desde hace un tiempo, antes estuvo cerca de Macri, trabajó para el alcalde de Nueva York Giuliani… Es decir, ni siquiera se puede decir que sea peronista; es más bien un empresario de la política, un proyecto de CEO que jugó muy bien sus cartas todos estos años sin quemarse para llegar a tener esta oportunidad. Y, sobre todo, no me olvido de sus palabras el año pasado, cuando el gremio del neumático hizo un paro total reclamando un salario digno: «Si mañana no levantan el paro abrimos las importaciones». (Ver noticia)

Está claro que como gobernador no piensa en los trabajadores, por más que en la campaña electoral haya entregado beneficios que no se sabe por qué no se le habían ocurrido antes, por más que ahora haya dirigido el mismo tipo de extorsión a las empresas de combustible… El verdadero rostro de Massa (si lo tiene) se oculta detrás de la fecha de lanzamiento de su candidatura, y francamente no es nada promisorio en cuanto a salir de la crisis económica y social del país. Si escuchaste el último debate presidencial, sabés que su programa económico para pagarle al FMI pasa por reventar los recursos naturales, desde el litio del NOA hasta el shale oil de la Patagonia, incluyendo el petróleo que ya están empezando a explorar en el mar… Bastante caro nos va a salir así pagar esa deuda que ni siquiera hay que pagar porque no es nuestra, porque no la pedimos (ni siquiera los votantes de Macri, que en campaña no habló de ningún préstamo del FMI, por supuesto), porque ese préstamo del FMI fue una estafa monumental al pueblo argentino, que no sirvió para construir escuelas ni hospitales ni para pagar un sueldo sino para enriquecer a los millonarios que participan en la timba financiera. En fin, éste es a mi modo de ver el panorama con Massa presidente. «Mal, pero acostumbrado» diría Inodoro Pereira.

Y ahí está el otro, a quien podemos decir que no lo conocemos, porque llegó a la política de un día para el otro, invitado a programas televisivos donde exponía ideas en la línea de la ultraderecha que está proliferando desde años en Europa y Estados Unidos, últimamente en Brasil… Un economista disruptivo que a los medios de ambos lados de «la grieta» les convenía difundir: a los de derecha, para correr la agenda política hacia su lado con un tipo que hablaba del liberalismo más radical, borrar el Estado del mapa, vender órganos, armas, etc., y a los oficialistas (al kirchnerismo) les convenía difundirlo para «dividir a la oposición», para debilitar al macrismo… Vaya que les salió bien a ambos, el experimento se salió de cauce y le ganó a la derecha tradicional, que al día siguiente (literalmente al día siguiente) se alineó con él. ¿Entonces qué representa? ¿Quién es? ¿Adónde va a llevar el país?

Ésas son las preguntas que tenemos que hacernos para decidir si lo votamos o no. En las PASO, en la primera vuelta, vaya y pase votar con las entrañas, votar por calentura, apostar por algo distinto, etc. Pero el balotaje es una definición que amerita pensar a fondo la cuestión, imaginar concretamente los escenarios de país que propone cada uno, porque se juegan los próximos cuatro años o más, se juega el futuro del país. En el 2015 hubo otro balotaje, que se definió por un margen ínfimo, y esos votos de diferencia pusieron a Macri en el sillón presidencial. Esos votos de diferencia le dieron a Macri el poder para endeudar al país con el FMI (¿para qué?, ¿qué se hizo con esa plata?, si no nos ponemos a averiguar eso mejor ni vayamos a votar, porque sería como ir a apostar al hipódromo sin preocuparnos por saber cuántas patas tienen un caballo).

A ese expresidente que nos hizo a la mayoría un poco más pobres, este tal Milei lo denunciaba como parte de la «casta» responsable de la crisis argentina. Eso fue hasta la noche de las elecciones que perdió. Al día siguiente hizo un pacto con él para ganar este balotaje. ¿Para hacer qué con el país? Ahora no queda tan claro, porque después de la primera vuelta electoral empezó a barrer casi todos sus planteos bajo una alfombra de misterio muy parecida al ininteligible (por inexistente) proyecto económico de Patricia Bullrich. Massa no dejó pasar la oportunidad de poner en evidencia el rotundo viraje en la campaña de Milei y en el último debate pasó revista a casi todas sus polémicas promesas con la pregunta «¿sí o no?».

Y ahora no sabemos si Milei va a dolarizar la economía o no, si va a liberar la venta de armas o no, si va a liquidar la educación y la salud públicas o no, si va a legalizar la venta de órganos o no… Lo único que sostuvo en el último debate (y ya es suficiente) es que sí va a destruir el Banco Central y a desregular el mercado argentino, o sea, desvincular al Estado de todas las exportaciones e importaciones… Pensémoslo un momento, cómo sería un país así. Cuesta imaginarlo, porque no hay país en el mundo que funcione así, y no porque sea una idea fenomenal que a nadie se le había ocurrido y que sería interesante poner a prueba, sino porque la idea no tiene sentido alguno. Es por este tipo de planteos «libertarios» que prestigiosos economistas del mundo dicen que su plan es una locura absoluta, y es por este tipo de cosas que afuera de Argentina los humoristas le sacan el jugo a Milei como personaje desopilante, burlándose de él como John Oliver en Last Week Tonight por HBO. De hecho, este famoso conductor expuso la idea de arriba, en respuesta a un libertario entrevistado que decía: «Milei es algo diferente, no se había probado todavía»… John Oliver responde: «muchas ideas no se han probado aún, como no probamos geriátricos con trampolines o dejar que un mapache sea jefe de cirugía, y eso es simplemente porque son malas ideas».

Podría extenderme horas sobre la importancia de tener un Banco Central, de tener una moneda propia, de la regulación del comercio exterior por el Estado… De esto último voy a decir algo, ya que uno de los pocos puntos del programa que Milei no negó en el último debate:

El control estatal del comercio exterior es algo así como el sistema inmunológico del país, es la forma que existe de protegernos de que entre (y salga) cualquier cosa; implica una protección sanitaria (básicamente que no entre veneno, que no entren armas químicas, etc.), una protección económica (porque si no hay impuestos a la importación la industria argentina queda en competencia directa con la industria china o la india o la alemana y entra en bancarrota) y también económica-nutricional (porque si no hay retenciones y restricciones a la exportación de alimentos, los dueños del campo argentino exportarían todo el grano y toda la carne para llenar sus cuentas bancarias con dólares y lo que quedare de carne en los supermercados del país se vendería al mismo precio que se vende en Europa, o sea que sólo la clase alta podría comer carne). Eliminar el rol del Estado en el comercio es una idea pasmosamente ignorante sobre el funcionamiento de la economía internacional, e igual de ignorante es contradecirla en el mismo discurso como lo hizo Milei al agregar que «no comerciaría con países que no sean democráticos»… Es decir que el Estado no intervendría en el comercio con los países a los que quiera entregar la riqueza nacional, es decir casi todos, pero con los que ideológicamente no sean de su gusto el gobierno romperá su propia regla e intervendrá para que no haya comercio.

De la dolarización creo que ya no hace falta hablar, porque se ha explicado bastante por diversos medios que dolarización no quiere decir «1 peso = 1 dólar» como ocurría durante la convertibilidad de los ‘90, sino una conversión a cual fuere la cotización oficial del dólar al momento de destruir la moneda nacional. Aunque Milei en el último debate jugó sutilmente con ese equívoco, hablando por arriba de la convertibilidad y del 1 a 1, evocándolos como los «buenos tiempos» del país, para que el oyente lo asocie de manera subliminal con su plan de dolarización.

Sólo quiero agregar un punto más, si todavía estás ahí leyendo, si todavía sirven estas palabras para ayudarte a tomar una decisión mañana: no es una circunstancia menor que la candidata a vicepresidente reivindique la última dictadura militar. No es un rumor, no es algo de contexto: lo hace de manera explícita, y así lo entienden sus seguidores más radicalizados, disparando amenazas y gestos fascistas como los que hicieron de este país un infierno durante los ‘70. No es una integrante más de ese partido, es la compañera de banca de Milei en Diputados, está en un puesto central. Es lo que está detrás del reciente atentado fallido contra CFK. No podemos dejar que eso vuelva al gobierno, ni en figuritas. Nunca más.

Confío en que la democracia es el límite para las y los argentinos. Como lo fue cuando la Corte Suprema quiso dar el 2×1 de prisión a los genocidas, y fuimos más de un millón de personas en la calle para pararles la mano. El balotaje de mañana ya no es entre dos proyectos políticos en el marco de la democracia, sino entre democracia y fascismo, entre un partido democrático (corrupto, por supuesto) y un partido pro-dictadura. Antes de convertirse en dictador, Mussolini ganó las elecciones. Hitler también, ganó las elecciones y luego incendió el parlamento. Milei está lejos de tener el poder o el contexto o acaso el talento político de aquellas figuras como para ir tan lejos, pero no se queda corto en lo violento ni en lo desquiciado.

Por favor, no lo votes. Ya tiene más de 30 diputados y 7 senadores, es más que suficiente para ver cómo se comporta esa fuerza política en los próximos años, más que suficiente poder de fuego parlamentario, capacidad de proponer leyes, de vetarlas, para una fuerza política hasta hace unos años inexistente, y nutrida con figuras que parecen sentarse a pensar qué es lo más repugnante que todavía no es ley para ir a la prensa a proponerlo.

El cuadro es preocupante, por decir lo menos. No hay remate, el remate es mañana. Ojalá que pronto todo esto no sea más que una anécdota desopilante que contarle a nuestras amistades de otros países, o a nuestros hijos y nietos, cuando vuelvan o estén por ir a la universidad pública y gratuita.

El messías

UNA HISTORIA ÉPICA VIVIDA EN TIEMPO REAL

Creo tener una explicación para lo que hemos vivido estas últimas semanas, incluidas todas las postales surrealistas de los festejos populares en Argentina, incluidos los acalorados debates en torno a la vulgaridad, la perseverancia, el juego limpio y todos los detalles que componen la experiencia colectiva que significó el mundial de fútbol, no sólo para los argentinos sino para cualquier persona que le haya prestado la suficiente atención como para contagiarse de la fiebre mundialista.

Con mayor o menor temperatura, esta fiebre siempre ocurre con puntualidad cada cuatro años, como corresponde al evento mayor del deporte más popular del planeta. Y esa fiebre no le debe nada al gigantesco operativo publicitario que instaló el evento en todas las pantallas y tabloides. Aunque a mi maestro Borges no le entraba en la cabeza cómo puede despertar tanta pasión que «once tipos corran detrás de una pelota», a mí me parece tan natural como la pasión que despiertan (para algunos) dos personas frente a un tablero de ajedrez, o (para otros) la que despiertan quienes se aventuran a escalar montañas o encontrar cualquier tipo de receta para la felicidad, como la que despiertan para otros los cuentos fantásticos y la poesía (esa pasión fue la que hizo de aquél mi maestro y de mí su discípulo), como la que ahora despiertan algunas películas y series de ficción y antes lo hacían las grandes novelas, y antes de eso los poemas épicos, el teatro, las sagas, los mitos…

En fin, más allá del contenido y las reglas del juego, lo que apasiona a la humanidad son las historias. Creo que ésa es la pasión más grande de nuestra especie: las historias, sean ficticias o reales, románticas o bélicas, íntimas o colectivas, mitológicas o improvisadas, sobre el pasado o sobre el futuro, sobre dioses o animales, sobre personajes célebres o sobre uno más del montón al que un día le pasó algo. No es difícil imaginar que el arte de contar historias sea tan antiguo como la propia humanidad, quizás la primera forma de arte, la primera forma de educar, la primera forma de establecer normas, la forma germinal de la memoria colectiva y por ende de la cultura.

Y creo que todo el mundo vivió con tanta pasión este mundial de fútbol y su desenlace porque fue algo más que un evento deportivo: fue una gran historia, que para colmo no fue de ficción sino real, no fue en el pasado sino en el más puro presente y, sobre todas las cosas, fue una historia que terminó bien.

Porque éste no fue un mundial más del deporte más popular del planeta, y todo el mundo tuvo la oportunidad de enterarse tarde o temprano; quien no lo supiera de antemano lo captó en alguno de los progresivos capítulos que precedieron y prepararon la Gran Final: el de Qatar 2022 fue el Mundial de Messi.

Días antes de la inauguración publiqué en Instagram esta cosa entre el poema y el meme:

Ver en Instagram

y en el pie de foto comentaba la peculiaridad fenomenal que para mí tenía este mundial. Comentaba que para mí la poesía (léase el arte, la belleza, el arrebato de trascendencia que nos inflama de pronto) se puede encontrar en cualquier parte, y que por eso durante un mes la íbamos a encontrar concentrada en un cuadrilátero de pasto entre dos arcos, y esa poesía no se iba a escribir con tinta sobre papel sino con una pelota.

No siempre el fútbol es poesía. Es un deporte, y el deporte tiene otras leyes, que se parecen más a la guerra que al amor. Siempre hay dos fuerzas (equipos o jugadores solitarios) que compiten, y uno gana y otro pierde. Eso no es arte, es deporte; una forma estetizada, o ritualizada, de la guerra. Pero en ese contexto competitivo hay momentos de belleza: atajadas voladoras, caños, gambetas, jugadas colectivas que parecen una coreografía de danza, goles espectaculares, jugadas individuales que parecen de película. Hay un ejemplo que es demasiado obvio porque es demasiado perfecto: el gol de Diego a los ingleses. Me refiero al segundo, el Gol del Siglo, el que Víctor Hugo Morales tradujo del lenguaje del fútbol al lenguaje alfabético sin perder una gota de poesía en el traspaso. Pero el gol de la Mano de Dios también fue poético. Y ambos «poemas futbolísticos» fueron apenas dos versos en el gran poema épico que fue el Mundial ‘86.

Son sobre todo esos jugadores extraordinarios los que convierten el deporte en arte; por eso da tanto placer verlos jugar, sin necesidad de ser un fanático ni un entendido del deporte en cuestión; algo así pasaba con Federer en el tenis y con Michael Jordan en el básquet, esos superdotados que hacen cosas que parecen imposibles, que rozan lo fantástico y redefinen el concepto de perfección en su disciplina. Que nos hacen pensar en dos palabras: «magia» y «genio».

La cuestión con este mundial era que lo iba a jugar uno de esos superdotados que hacen deporte y arte al mismo tiempo: Lionel Messi, el mejor jugador del planeta prácticamente desde que debutó en el Barcelona, una bestia imbatible con la pelota que ganó todo lo que se podía ganar… todo menos el mundial. Y creo que sólo por ese detalle había que plantear entre paréntesis, como hice yo en aquel post, la idea de que es el mejor de todos los tiempos. Tuvo que pasar este mundial para que se impusiera definitivamente un reconocimiento que hasta entonces seguía reservado para Maradona.

Ese único –pero importantísimo– detalle hacía que este mundial no fuera uno más de la historia sino una promesa de espectáculo fenomenal y de historia épica1.

Paréntesis: Acá es donde aclaro mi propia situación «ambigua» respecto al fútbol, para no seguir sintiendo la necesidad de atajarme frente a los bandos opuestos a los que no pertenezco. No soy un fanático futbolero. Lo fui de chiquito, por crianza familiar pincharrata, pero en la adolescencia tuve un doble desencanto, cuando vi cómo se arreglaba el torneo apertura del 2001 para entregárselo a Racing y al año siguiente pasaba lo mismo en el mundial para favorecer a Corea del Sur y Brasil. Vi cómo la política y los negocios atravesaban y tergiversaban los torneos, más allá de la lógica concentración de los mejores jugadores del mundo en las ligas europeas y su réplica nacional entre los clubes «grandes» y los «chicos». Desde entonces, me quedé con el disfrute deportivo del buen fútbol pero libre del apego sentimental del fanatismo. Dejé de ser socio de Estudiantes, le perdí el hilo a la formación titular y dejé de sufrir por el promedio del descenso. Pero me quedé con el arte: el placer de un buen partido, la efervescencia de un duelo peleado, la ponderación de un buen esquema táctico, el vértigo de las contraofensivas, la relojería del tiqui tiqui, la adrenalina de los penales. Y me quedé también con el folklore: me alegro cuando gana Estudiantes y festejé sus últimos campeonatos; me alegro en general cuando un equipo chico sale campeón y más que nada soy hincha de Argentina en cualquier momento y lugar.

Con todo esto quiero explicar que seguí el mundial con objetividad, sin perder de vista las cuestiones menos felices que para muchos eran motivo de rechazo del evento entero. Los medios de comunicación del mundo señalaban peculiaridades en la organización del torneo que ya de por sí lo volvían llamativo: el país sede era Qatar, un país sin tradición futbolística (cuya selección fue la primera anfitriona en la historia de los mundiales que pierde los tres partidos de la fase de grupos y obtiene cero puntos), lógicamente sin otro interés que el económico para postular su candidatura, entendida como una gigantesca inversión de un pequeño gobierno árabe lleno de dólares para atraer atención, turismo, negocios…2 Se habló de las obras faraónicas, de la repudiable explotación de los trabajadores que levantaron los estadios y la infraestructura para recibir a los aficionados. Se habló también de la triste condición de las mujeres en el mundo árabe –con formas de opresión tan groseras que no hace falta discutirlas, como ocurre con las de Occidente–, de que la homosexualidad o cualquier identidad sexual no hegemónica es considerada un delito… Se habló menos de la lucha popular en Irán contra esta opresión, de las ejecuciones de manifestantes por los derechos femeninos, de los intentos de la selección iraní y sus aficionados por difundir la situación en los partidos, de la condena a muerte de Amir Nazr-Azadani, miembro de esa selección, por apoyar las protestas… y algo se dijo sobre el silencio cómplice de la FIFA ante todo esto, anteponiendo siempre los negocios a «la política» (léase: los derechos humanos), boicoteando las protestas de los planteles y los aficionados en pos de una problemática «neutralidad».

La actitud de la FIFA no es nada nuevo: recuérdese el Mundial de Argentina 1978 bajo la dictadura genocida, o el de Italia 1934 con Mussolini. Aunque no deja de ser contradictoria la suspensión de Rusia a raíz de la invasión de Ucrania, motivo político que no se aplicó sobre EEUU cuando invadió Iraq en 2003. Tampoco es novedad el uso del mundial como propaganda del gobierno del país sede, que siempre trae resultados adversos para el mismo…

Todo esto también fue parte del mundial, pero es una historia aparte. Es parte del contexto en el que se inserta el deporte, es ni más ni menos que la sociedad y el mundo en que vivimos. La violencia y la opresión van a rodear de una u otra forma cualquier evento deportivo que se juegue en cualquier país del mundo, al menos hasta que el mundo cambie. Y como dijo un gran poeta del fútbol: la pelota no se mancha. La esencia del mundial, que encerraba una promesa de hito histórico, estaba en el cuadrilátero de césped, y rodaría entre los botines de sus protagonistas.

Todo lo demás se convirtió en condimento de ese festival de equipos y goles. Y con el correr de los partidos, todos los equipos y goles se irían convirtiendo en condimentos de la Gran Historia de este Mundial, la historia épica de Messi, la leyenda en vida del fútbol, y sus aguerridos compañeros de equipo, en su campaña por la ansiada y postergada copa que habría de coronarlo de una vez por todas como rey eterno del fútbol.

Había demasiada mística concentrada en este equipo y su capitán. Se constató en la inédita afición por Argentina desde todos los rincones del mundo, que no se limitó al apoyo de los países hermanos de América Latina (exceptuando a los rivales históricos, Brasil y Uruguay) o al insólito caso de Bangladesh. Conforme la selección avanzaba hacia la final, se pudo ver declaraciones de todo tipo de farándula internacional, desde Adele y Bad Bunny hasta Mads Mikkelsen, elogiando a Messi y deseando el triunfo de Argentina. ¿Por qué? No sólo por Leo, sino porque en ese momento y lugar se condensaba algo así como una profecía, el final de una larga saga épica, una gran historia, fundada en la gloria de un pasado mítico que estaba llamado a regresar. Una historia que estaba cumpliendo 36 años de edad, porque había empezado en México ‘86.

La historia de este mundial es una gema porque parece el arquetipo mismo del «viaje del héroe»; contagió tanto la fiebre mundialista y caló tan hondo en los sentimientos de la gente porque tiene la misma estructura de las leyendas heroicas que nos hemos contado desde el principio de los tiempos, y que hoy se replican en sagas de libros y películas y series. Star Wars y Luke Skywalker. The Matrix y Neo. Game of Thrones y Jon Snow. Harry Potter y… Harry Potter. Todas son reencarnaciones del mismo mito del héroe, marcado desde su nacimiento y alejado del poder hasta que está preparado para su iniciación y su conquista de la gloria. El Señor de los Anillos: hubo un primer héroe, Bilbo Bolsón, cuya intrépida gesta (El Hobbit) se convirtió en leyenda y sentó las bases para la lucha definitiva del nuevo y último héroe, Frodo, descendiente del primero, en su propio arduo y transformador camino al epicentro del mito, Mordor.

En la saga futbolística que nos ocupa, el primer héroe fue Maradona, que con sus dos goles inolvidables le dio el triunfo a Argentina sobre Inglaterra (en «el partido más geopolítico de la Historia» como dijo Macron, ya que en él repercutía la Guerra de Malvinas del ‘82 y ese triunfo argentino explica el fanatismo albiceleste de pueblos anti-ingleses como India y Bangladesh hasta el día de hoy). Maradona, el mejor futbolista del siglo XX, conquistó la copa del mundo junto a sus fieles compañeros, de la mano de un director técnico controvertido pero igualmente heroico como Carlos Salvador Bilardo, que «sacrificó su vida» por el fútbol. Esa gesta se convirtió en leyenda, se convirtió en mito, en la fuente de la mística por la camiseta argentina y de la canonización de su héroe, Maradona, que se convirtió en un pasaporte argentino universal, porque donde quiera que un argentino se encontrase, hasta en el último rincón del planeta donde no hubiera forma posible de comunicación verbal, la palabra «Maradona» abría la puerta de las casas, provocaba palmadas amistosas, destapaba botellas.

Y ese mito encontró pronto su reverso: la final de Italia ‘90, la oportunidad del bicampeonato malograda por un polémico penal que le dio la copa a Alemania. El final de la era Bilardo, primero. Y después, la caída en desgracia de nuestro héroe. Maradona y las drogas. El antidoping de 1991 en Italia, su primera suspensión futbolística y el comienzo de la persecución judicial y mediática, y luego el antidoping del mundial USA ‘94, el día que al héroe «le cortaron las piernas» y se frustró su carrera para siempre.

Entonces comenzó la «maldición» para Argentina: pasarían años y años y la selección no conseguiría ganar un nuevo torneo internacional. Las sospechas de un complot de la FIFA contra Maradona por su disidencia aportaban un condimento político-ideológico. La era del jogo bonito de Brasil que ganó dos copas en 1994 y 2002 le agregó un doloroso componente psicológico y folklorístico. La final perdida en Brasil 2014 llevó las cosas a una dimensión trágica e incluso metafísica: se empezó a hablar del «síndrome de las finales», cada una más urgente por el peso de la anterior y entre todas tomaba forma el fantasma de la maldición echada sobre nuestro héroe histórico, transmitida por herencia directa a la selección y a prueba de nuevos ídolos, como Messi, el heredero del mito, astro del fútbol mundial a la altura de Diego, que en 2014 lideró la campaña por la reconquista de la copa, pero cuya poesía no alcanzó para torcer la batalla final y le valió el desprecio del público argentino (léase: del periodismo deportivo), que sin ver la copa en sus manos no podía reconocerlo como digno sucesor al trono de D10S.

Primero dijeron que Messi tenía cierta forma de autismo, después dijeron que no sentía suficiente «amor por la camiseta» argentina… Lo que hacían una y otra vez era compararlo con el mito original: con Maradona. Comparaban el carácter sosegado y sencillo de Leo con el carisma y la verborrea de Diego, y veían en lo primero un «pecho frío» y en lo segundo un líder audaz e irrepetible. ¿Por qué? Porque uno tuvo buena suerte y el otro no. Uno metió un gol con la mano en un mundial y no lo echaron. No existía el VAR en aquel entonces. Y como no lo echaron tuvo la oportunidad de hacer el Gol del Siglo. Honestamente te hace pensar que tuvo ayuda divina, que el destino mezcló las cartas para que Diego pudiera levantar esa copa. En cambio Leo, que no hizo ningún gol con la mano y se gambeteó hasta a las sombras de sus oponentes durante casi dos décadas, no encontró esa mano de Dios para pasar al otro lado de la Historia, y mordió el polvo una y otra vez, agregándole más peso a la mochila y, en consonancia, agigantando cada vez más la sombra del mito inalcanzable de D10S.

Y cómo serán las leyes de esta antigua historia del héroe, cómo será que le gustan los símbolos y las simetrías, que el punto de inflexión en el martirio del joven héroe coincide precisamente con la muerte del héroe viejo. Maradona murió en el 2020. Scaloni ya llevaba dos años como nuevo DT de la selección, a la cual había traído el aire fresco de la renovación generacional, pero así y todo en la Copa América de 2019 Argentina se había quedado en la semifinal. El fantasma del padre seguía ahí, oprimiendo la espalda del nuevo profeta y dándole de comer a los buitres periodísticos. Sólo después de la muerte de nuestro ídolo nacional indiscutido fue que Argentina pudo romper la maldición, casi inmediatamente y con simetrías simbólicas por donde se mire: en 2021 Argentina ganó la Copa América en Brasil, en el Maracaná, ahí donde se había quedado a un paso de la gloria en 2014, ganándole nada menos que a Brasil. Muerto el poeta maldito del siglo XX, el joven poeta del siglo XXI no tardó un solo torneo más en tomar lo que le correspondía: la gloria de levantar una copa con la celeste y blanca, terminando así con 28 años de sequía para un país que respira fútbol, que a la noche sueña con fútbol y a la mañana desayuna fútbol. La sequía que empezó con la tragedia deportiva de Maradona se agotó con la tragedia de su muerte. El mundo (o el país) ya estaba listo para coronar a un nuevo rey.

Así llegamos a este mundial. ¿Cómo no iba a generar una expectativa inaudita? Si el interés deportivo de ver competir a los mejores jugadores del mundo no fuera suficiente, ahí estaba Leo Messi, el mejor entre los mejores, que venía más motivado que nunca a buscar la única copa que le faltaba para culminar una carrera sin parangón. Rumores de que sería su último mundial. Rumores de que son sus últimos partidos. Ya no es un «joven héroe», es un veterano con todas las letras. Y ya se sacó la mochila de encima. La maldición se ha roto. Después de ganar la Copa América, Argentina ganó la Finalissima contra Italia como quien pasa a cobrar un cheque, sin esfuerzo e inflando el pecho de los hinchas argentinos de orgullo e ilusión. Qatar 2022 no podía ser otra cosa que el Mundial de Messi.

Y ahí llega lo más salado. El mundial en sí mismo, tal como sucedió. Calculo que quien esté leyendo esto vio todos los partidos de Argentina así que no hace falta entrar en muchos detalles, pero no deja de ser llamativo cómo empezó y cómo terminó esa historia. Argentina empezó perdiendo. Y no con un gran equipo sino con la inconsistente Arabia Saudita. No debe haber habido persona en el mundo que haya apostado contra Argentina en ese partido, ni siquiera las esposas de los jugadores saudíes, y sin embargo así fue, y Argentina perdió dos años de invicto en su debut del torneo al que se perfilaba como favorito.

Ese insólito revés tuvo un doble efecto, deportivo y narrativo, es decir psicológico y épico. Pero en ambos casos fue un efecto positivo. En lo narrativo está claro: es como el cuchillazo que el emperador le clava por la espalda al esclavo con quien se va a batir en duelo en la película Gladiador: una artera desventaja inicial que sólo puede volver más heroico su triunfo. En lo deportivo, puso tal presión sobre el equipo que no permitió el más mínimo margen de error en adelante, y la motivación era tan grande que el equipo convirtió esa presión en enfoque y entrega absoluta, jugando cada partido como si fuera una final, a todo o nada, y eso lo fue templando para llegar a la final con una solidez implacable.

Lo que más disfruté en el mundial fue el progreso que mostró el juego del equipo argentino desde el primer partido hasta el último. Después de la derrota inicial, contra México costaba horrores que la pelota cruzara el mediocampo y ni hablar de generar oportunidades de gol. Pero en cada partido el equipo se fue soldando, como si aceitara los engranajes para encontrar los huecos y las asociaciones óptimas, y también los titulares definitivos. Hasta que el día de la final, futbolísticamente, Argentina pasó por arriba al campeón mundial vigente. Se fue al entretiempo ganando 2 a 0, y estaba claro que la diferencia podía ser mayor. No les dejaban tener la pelota. Cualquier observador imparcial habría coincidido sobre quién merecía ser campeón, quién estaba jugando como un campeón.

Pero el destino quería que costara más todavía, que los guerreros y su líder sangraran todavía y no un poco sino bastante más, porque Francia iba a empatar el partido dos veces seguidas, en el tiempo complementario y en el suplementario, y casi lo dio vuelta en el ultimísimo minuto, con lo que hubiera arruinado toda esta historia y hecho imposible este texto y el festejo de cinco millones de personas en las calles de Buenos Aires y ese largo etcétera que nos sigue alegrando gratis cada día. Francia estuvo a punto de quitarle el mundial a Messi, pero ahí estuvo el otro gran héroe de esta historia, ese personaje digno de los tatuajes que le están dedicando, el «Dibu» Martínez, que atajó la pelota más importante de su carrera y aseguró la tanda de los penales. Si hubo una mano de Dios en este mundial, apareció en ese momento, para acomodar la pierna del arquero argentino en el lugar preciso para detener el remate de Muani.

Muchos sintetizaron el partido con la frase «nacimos para sufrir». Yo creo que es al revés: nacimos para disfrutar. Pero los triunfos se disfrutan más cuando se ha sufrido para conseguirlos. Entonces no hay triunfo que se disfrute más que un triunfo por penales. Si había una forma dramática, tensa hasta lo infartante y agónica hasta la desesperación, de concluir una historia épica como ésta era con una definición por penales. Como si Frodo y Sauron se batieran a un duelo de pistolas, o se decidiera la suerte de una guerra mundial con una pulseada china o un piedra, papel o tijera. «El bien y el mal definen por penal» dice la canción. Así tenía que ser para que esa final estuviese a la altura del mito original que venía a replicar, a honrar y actualizar. Por penales se definió la final más electrizante de la historia de los mundiales, y el círculo abierto por la gesta de Maradona en el ‘86 se cerró de manera impecable con la gesta de Messi, 36 años y una maldición después.

Hemos presenciado, en suma, una historia al nivel de las mejores sagas de la ficción moderna y la mitología antigua, pero tan presente y real como los protagonistas que trajeron la copa y la pasearon por una ciudad atiborrada de argentinos eufóricos. Las millones de personas que fueron a recibir a los campeones querían felicitarlos y agradecerles por el triunfo, y también querían refrendar con su presencia la participación en la leyenda que se acababa de vivir. Como quienes habrán ido a recibir a Ulises a su vuelta de Troya, o a los astronautas que pisaron la Luna en 1968. La emoción de esta Copa del Mundo trascendía (y seguirá trascendiendo) los límites del deporte, porque toca fibras demasiado profundas del inconsciente colectivo. Hemos sido testigos de la culminación de una leyenda. Y el nacimiento de otra, que habrá que contarle a nuestros nietos. La leyenda del Mesías del Fútbol.

1 De hecho, fue el factor determinante para que yo lo siguiera con avidez desde el primer día, cuando del Mundial 2018 apenas si me había enterado, porque ese año la vida me tenía en asuntos muy distintos y porque después de la gran campaña de Sabella en 2014 la selección de Sampaoli no despertaba grandes esperanzas, ni siquiera con Messi a la cabeza.

2 Hasta aquí no hay nada extraordinario: el Mundial de 2002 se jugó en la doble sede de Corea del Sur y Japón, dos países con cierta tradición futbolística pero con un papel por demás marginal en la historia de los mundiales, y que Corea del Sur intentó atenuar con el soborno a los árbitros que le permitió llegar a las semifinales de una de las ediciones más bochornosas y olvidables de este evento.

El Micro-Antropoceno

Ya lo dijo Paul Crutzen, vivimos en el Antropoceno
una nueva era de extinciones masivas
sabemos que cada día se extingue una especie
que en cada nueva guerra por la libertad de mercado
los EEUU pulverizan alguna ciudad milenaria
y que los otros fundamentalistas detonan reliquias
y los saqueadores de tumbas y hasta ciertos agricultores
arrasan los rastros de pirámides como en Caral
pero lo que no dijo es que estamos 
en la era de las microextinciones
porque cada día, en cada rincón de la Tierra, muere un amor
y con él se extingue un microcosmos cerrado y absoluto
con su lenguaje lleno de códigos secretos
con sus palabras inventadas para describir sensaciones y cifrar caricias
con su dialecto de gestos que hasta ayer evolucionaban en espiral
para reinventar o refundar la palabra raíz, el fonema vital
cada día se clausura una carrera triunfante hacia la telepatía
y se borra con arena y fuego un mapa del tesoro
se dinamita la puerta de una ruta al centro del universo
se apaga en íntimos cielos una constelación crucial
que guiaba odiseas hacia el puerto prometido
e incluso se desvanecen tupidos continentes
con oro y diamantes vírgenes, aún líquidos en océanos magmáticos
así, como se perforan cada día las montañas en busca de litio
así como los fondos abisales ven llegar hoy las excavadoras
que demolerán la última frontera del Antropoceno
así como se derriten los glaciares polo a polo sin remedio
se extinguen cultivos de esperanza, sin terapia que valga
se perforan proyectos de patria sin bandera
se olvidan himnos, se cancelan actos conmemorativos
se enrollan cintas de inauguración sin cortar
y se arrojan a un contáiner junto a las sillas de plástico y los discursos
y hay desalojos violentos y maremotos
hay algo que se llama viento cósmico y es como una escoba apabullante
que no deja piedra sobre piedra de la ciudad que nos vio nacer
y no deja tela sobre tela en la cama que nos vio morir
ni sílaba sobre sílaba del lenguaje que fuimos.
El Micro-Antropoceno es más voraz que las noticias del mundo
porque cada día se extinguen universos a la velocidad del desdén
del desengaño, del desasosiego, del des a la x
del des-tino.

Pero hay también quienes dicen que el cosmos es un toroide
y que lo que se va por un agujero negro sale por otro lado
brotando como nuevas flores de universos vecinos
así como el tiempo brota de una fuente inaccesible.
Entonces soñemos que con los ladrillos de ese mundo que perdimos
alguien levanta su casa en otra parte
porque en el Micro-Antropoceno
nace también cada día un lenguaje secreto
una forma de mirarse para decir vamos, para decir ¿te gusta?
y cada día empieza a dibujarse un mapa hacia el centro

y aventuremos 
que cada día 
se llega.


El Bolsón, 16/10/21

529 años de Nuevo Mundo

Hace 529 años nació el mundo en que vivimos
se ataron definitivamente los continentes
con un lazo de oro y sangre que empezaría a apretarlo
más y más hasta esta sensación de asfixia
del mundo contemporáneo.

Hace 529 años cruzó el Atlántico un visionario
con el afán de salvar a su ínfima nación recién recuperada
del encierro en una esquina del mundo.
Intentaba fundar una ruta alternativa para comerciar con el Centro
es decir China, India, esas naciones que no tuvieron ninguna Edad Media
y que inventaron casi todo
y ese visionario se topó con la otra esquina del mundo
con el extremo oriente del Extremo Oriente
el gigantesco continente que fue cuna
de antiguas naciones plenas de conocimiento
la tierra de los Olmecas, de los Incas, de la gran Caral
además de otros pueblos que elegían no erguir piedra sobre piedra
para, al irse, dejar la tierra tal como la encontraron.
Y este visionario, que vino buscando sal, encontró oro y sangre
y se coronó mercenario, esclavista y violador serial
inaugurando la mayor masacre de todos los tiempos
un festival de sadismo como los nazis no alcanzaron a soñar
una censura de fuego igual a cien Bibliotecas de Alejandría
una demolición de templos y laboratorios al estilo Hiroshima
para levantar con sus mismas piedras los templos del dios europeo
que en dos siglos de cosecha convirtió a su esquina en centro del mundo
y con nuestros metales y frutas alimentó a las generaciones de filósofos
que refundaron la Humanidad a su imagen y semejanza.
No les fue fácil la conquista. Hubo tenaz resistencia, y luego rebeliones
motines, boicots, revoluciones. Pudieron haberlos liquidado de entrada.
Pero los europeos tenían un arma letal. Insuperable.
No era la pólvora. Era la mentira.
Con el filo de su lengua abrieron las aguas hacia los tronos ancestrales.
Los nativos apenas conocían el lenguaje de la Tierra, de lo que es
y azorados vieron desmembrarse el orden cósmico y social
a manos de estos barbudos emisarios de la cruz asimétrica
de lo que no es
que vinieron por todo, y encima se quedaron.

La Tierra empezó a girar para el otro lado.
Se hicieron carne las profecías más aciagas
y cinco siglos después aquí estamos,
nietos de los nietos de aquellos sobrevivientes
y también de aquellos genocidas. Inextricablemente mestizados.
No es algo nuevo. También somos nietos mestizos
de los Neanderthal y de los Cro-Magnon que se los comieron.
Tenemos sangre asesina y sangre derramada. Revoluta y represora.
Tenemos un pie en cada canoa, pero el río del tiempo es uno solo
y si no elegimos qué pie levantamos, en cuál bote nos afirmamos
se nos abrirá el tajo hasta el tallo
o el viento nos echará al agua sin pena ni gloria.
Podemos no hacer nada con esto.
Podemos hacer todo.

El Bolsón, Patagonia. 12/10/21

Historia de la conspiranoia

Dicen que somos ratas de laboratorio
que con nosotrxs están experimentando
nuevas formas de control social
con algoritmos, con vacunas, con redes sociales...

En cualquier caso el experimento habría empezado mucho antes
con la industria cultural, con los televisores y las radios
y aún antes, con la prensa escrita, con los rumores de boca en boca;
dicen que todo el asunto de las nacionalidades es un experimento
para hacer que los de acá se maten contra los de allá
y así los de abajo protegen los negocios de los de arriba
y otros dicen que empezó mucho antes, con las religiones,
otro experimento para someter pueblos a una voluntad intangible
sólo accesible a unos selectos portavoces
y que hasta, en el fondo, desde que somos tribu
quienes detentan el poder experimentan con nosotros para dominarnos mejor...

Quienes van más lejos, miran arriba
y desempolvando códices y jeroglíficos
dan pruebas de que seres alienígenas han pasado por aquí
y sembrado códigos genéticos en nuestra sangre
haciéndonos ratas de un laboratorio cósmico
	según algunas fuentes, con propósitos oscuros
	según otras, buscando un ser superior, tramando evolución
y a fin de cuentas, para la mayoría, somos el experimento de un solo dios
es decir, de Dios, somos su experimento en tiempo real
y para la minoría atea o materialista, somos un más o menos aleatorio
experimento de las leyes físicas, del átomo y la energía
en el laboratorio de la genética, y éste
en el laboratorio del agua, y éste
en el laboratorio de la Tierra, y ésta
en el misteriso laboratorio del Universo.

Muchos libros y películas nos han dejado cara a cara con este misterio
y las noticias de todos los días reelaboran versiones ad infinitum
y por más que no podemos dar una respuesta unánime
la conclusión ineludible es que estamos siendo parte
de un gigantesco experimento
por donde lo mires, somos ratas de laboratorio, o conejos, monos, humanes
y la pregunta que quizás valga más la pena hacerse
cada día al despertarnos, cada noche al ir a dormir,
es:
¿qué tal va el experimento?
¿cuál quiero que sea el resultado?

¿y qué puedo hacer para que resulte?

Pequeños giros poéticos

Hace tiempo empecé a escuchar por ahí
la frase “es bien”
y la verdad que me encanta
decir que tal cosa es bien
es una especie de giro poético
que no puede existir en lenguas como el inglés o francés
donde ser y estar se dicen con la misma palabra.

En realidad es más corriente el giro opuesto:
decir que tal cosa “está buena”
cuando lo que queremos decir es que es buena
(se suele usar también con personas pero
creo que en esos casos no opera el giro).

Imaginate si reemplazáramos por completo
el verbo estar por el ser
y en vez de preguntar cómo estás
preguntamos cómo sos
¿cómo sos vos?, ¿sos bien?

¿Sos bien?

Yo tuve un tío

A la memoria de William Baker

Yo tuve un tío. No teníamos lazos de sangre, pero no importaba. Ese tío me enseñó el camino hacia arriba, hacia atrás, remontando el río de sangre a través de las generaciones, y cuando llegamos a lo alto de la montaña vi que todos somos familia. Era mi tío, era nuestro Tío, el Tío William Baker.

Este no es su verdadero nombre. Su verdadero nombre es de lengua dakota, y no tiene traducción en los idiomas europeos. Un par de veces le oí pronunciar ese nombre, dentro de un tipi, sentados alrededor del fuego, como lo hizo él toda su vida con su gente, como lo hicimos todos tantas veces, allá, remontando el río. Creí que tendría muchas oportunidades más de oírlo, hasta poder aprenderlo de memoria, pero la vida me ha vuelto a sorprender con sus cierres abruptos de telón, con el filo de esa guadaña que nos va dejando del otro lado, hasta el próximo encuentro, allá, bajando el río. Una camioneta conducida por un yanqui poco atento embistió contra su auto desde atrás y terminó con la vida del Tío William y la de su nieto, que estaban volviendo a casa luego de una Danza del Sol, y así se terminaron las oportunidades de seguir conociendo al Tío, de recibir su medicina, de escuchar sus oraciones por un nuevo tiempo de paz y fraternidad en toda la Tierra. La vida es un misterio, pero quizás la muerte sea el misterio más grande de todos.

Conocí al Chief William Baker (pero ese no es su nombre) en Perú, más concretamente en las arenas de Karal, en el mismo lugar donde hace cinco mil años se irguió una gran civilización sudamericana que muy pocos conocen, una nación pacífica, que cultivó artes y ciencias, que construyó grandes ciudades en las que no había una sola arma. Ahí nos reunió un gran líder de estos tiempos, el Yatiri Cohaila, escuchando un llamado que venía (que viene) de lo alto de esa montaña, a gentes de todos los rincones de este continente y aun de los otros. Yo había llegado entre los primeros y vi cómo día tras día levantábamos el campamento para celebrar la primera Danza del Sol de Karal. Luego llegó el Tío y se levantó el tipi principal, donde nos reunimos por la noche a comer la medicina que traía de sus tierras, el Abuelo Hikuri, una planta sagrada que abre el corazón de la gente y ayuda a recordar cómo se vivía allá arriba, allá atrás. Esa noche no sólo conocí a William, también conocí cosas que no tienen traducción a este idioma, cosas que quizás no pueda contar jamás, pero que basta una mirada sin nubes para comprobar y compartir. En el amanecer que siguió a esa noche vi con mis propios ojos la Profecía del Cóndor y el Águila, ésa de la que muchos me habían hablado, ésa que dice que cuando se vea en el cielo al cóndor y el águila volar juntos, será la señal de que llega un nuevo tiempo de paz y fraternidad, de libertad para los pueblos. El águila es el ave del Norte, el cóndor es el Sur, y ahí estábamos, águilas y cóndores, y también búfalos y llamas y jaguares, gente de Ucrania, de Japón, de Australia… Ahí estábamos celebrando un pacto de unión, fumando las pipas de la paz. El Tío William nos enseñaba a hacer estas cosas.

Recuerdo sus palabras esa mañana antes de la primera Danza, “es tiempo de hablar de cosas espirituales, ¿de qué más vamos a hablar?”. Él traía la memoria de una nación con tan buena memoria que ni siquiera tenía escritura, porque no olvidaba las cosas como nosotros. Su nación no construía casas con ladrillos ni madera, hacía tiendas que cuando era tiempo de partir se levantaban y dejaban la tierra tal como la habían encontrado. No hacían monumentos ni placas mortuorias, no levantaban una sola piedra que perturbara la casa de los ancestros y de los que están por venir. Eso es lo que hace un pueblo espiritual, porque entiende -realmente entiende, no son sólo palabras- que aquí estamos de paso, que de aquí nada nos llevamos, que vinimos a esta tierra y a este cuerpo para aprender algo, precisamente algo sobre la materia, y luego nos volvemos con nuestro espíritu al otro lado, para que vengan otros a seguir aprendiendo. Esa memoria nos traía el Tío William cada vez que hablaba, cada vez que rezaba y conversaba con los espíritus que venían a visitarlo, y a través de ella nos enseñaba cosas tan simples que pueden llegar a estar escritas por todas partes. El tema es que leerlas de poco sirve, porque la escritura es cosa de desmemoriados. Él las aprendió de boca de su abuelo y así nos las enseñó, así me las guardé para aprenderlas a mi propio tiempo, dando mis propios tumbos en el camino de la vida para asimilar las verdades simples y duras y al fin graciosas que vine a aprender a este lugar.

En la última ceremonia que corrió en Karal, en un momento de la noche me dirigió una reprimenda bastante dura. “Tú no sabes tocar el tambor” me dijo. Y yo, músico estudioso y todo lo que quieras, me quedé mudo. Tenía razón. Había tocado bastante mal, se me resbalaba el palillo, tocaba muy fuerte como hasta entonces creí que debía hacerse, y para seguir el pulso de un canto lento bajé demasiado el ritmo del batido. Pero el tambor de agua siempre va rápido. Es el pulso del corazón de una madre que está pariendo, el de un niño que está naciendo, cómo va a ir lento ese corazón, cómo va a sonar tan fuerte como para entorpecer el canto que se eleva. Entonces el Tío arremetió, y no se quedó ahí, aprovechó para regañarnos a todos por cantar cosas que no entendíamos, por no ser lo suficientemente respetuosos con los ritos sagrados de su nación. Puede sonar exagerado, pero por celebrar esos ritos sus abuelos y bisabuelos fueron asesinados por el hombre blanco en el Norte. La Danza del Sol fue prohibida y perseguida a cañonazos. Si en una reservación se oía un tambor de agua, los sacerdotes cristianos denunciaban esa casa y llegaban los soldados. Esos instrumentos que pasaban por mis manos habían atravesado un genocidio entero para estar ahí, eran sobrevivientes, como el propio Tío William (no es su nombre verdadero). Pero él no me fusiló por eso. Tampoco me arrestó. “Practica” me dijo. “Aprende. Está bien. Todos estamos aprendiendo.” Eso me dijo el Tío, y la ceremonia siguió, y cuando volvió a repartir medicina me puso una pizca ínfima en la mano y luego se rió y agregó dos grandes cucharadas, y al día siguiente me tocó llevarlo de un lado al otro en una camioneta y nos reímos un buen rato. Me preguntó de dónde soy. “Me encantaría conocer Argentina” me dijo, “pero no suelo ir adonde no me invitan”. Me habría encantado decirle que era bienvenido en mi casa, pero en ese momento yo no tenía casa donde recibirlo, y además sentí que yo no era quien para invitar a un jefe de su talla por mi cuenta, eso correspondía a los líderes, etcétera. El hecho es que me arrepentí de no haberlo hecho, y estaba esperando la próxima Danza del Sol de Karal para corregirlo y decirle que cuando quisiera venir a Argentina sería bienvenido en mi casa, esté donde esté. También pensaba regalarle un pote de dulce de leche. Me pasa con los líderes ancianos que dan muchas ganas de hacerles un obsequio pero uno no sabe bien qué regalarles. Algo grandilocuente me parece desacertado si la ocasión o la relación no lo amerita, lo mismo ocurre con objetos de significación personal… Entonces volví a lo simple: lo que quería era ofrecerle algo sencillo que le haga pasar un buen rato, algo disfrutable a lo que él no tenga acceso y que yo pueda acercarle desde el lugar donde vivo. Un buen dulce de leche era un regalo perfecto. Quizás nunca lo hubiera probado aún. Y hace una semana que estoy sin poder creer que ya nunca podré regalárselo, que no voy a poder saber siquiera si él lo había probado alguna vez. Así es el misterio de la muerte, y eso es lo que nos enseña cada vez que nos pasa por al lado: estamos acá de paso, es un instante, la vida es ahora, es un presente, tómalo o déjalo, pero no lo dejes para después.

El Tío William estuvo bravo esa última danza. Su intención era corregir todo lo que andaba flojo, ayudarnos a aprender y enderezar el ritual para que, en unos cuatro o cinco años, él decía, se convierta en una verdadera Danza del Sol. Estaba entregado a ese propósito. Esa danza lo había traído a Perú y él se había instalado allí, enseñándole a los jóvenes y riéndose con esa gracia única, inolvidable. Era un hombre poderoso. Pero no hablo del poder que enseñan en la escuela y en la televisión, él no manejaba los destinos de muchos hombres ni tenía millones en una cuenta bancaria ni vestía lujosos trajes y joyas. Apenas se ponía una remera (a veces). En la calle más de uno podría haberlo tomado por un indigente, por un “pobre hombre”, y sin embargo su fortuna era tan grande que ahí andaba, regalándola por todas partes. Aquí guardo un poco de su tesoro, me lo gané por sentarme junto a él delante de un fuego y escucharlo durante noches enteras. Me lo gané por hacer las cosas como él decía y comprobar por qué lo estaba diciendo. Me lo gané y es tan grande que dan ganas de regalarlo. Es del tipo de tesoros que no valen nada si no se caminan, que no hay tinta ni papel que los atrape, ni muerte que los sepulte. Es memoria pura, y viene de allá lejos, remontando el río de la sangre. Viene de allá donde una vez fuimos hermanos, y padre e hijo, y hermana, sobrina, abuela y abuelo. Y va hacia allá donde seremos uno.

Gracias, Tío William. Siempre supe que eras una leyenda viviente. Hoy me toca contar esa leyenda.

Por todas mis relaciones.

Aho