Bloqueos creativos y cómo salir de ellos (en la era de las redes sociales)

Una vez tuve un bloqueo creativo… Aquí va la historia de cómo salí.

Fue en el 2018. Acababa de editar Goodbye Netflix, un libro de ficciones con fuerte tendencia audiovisual, donde infiltré música y videos propios mediante códigos qr, y cuya presentación fue una performance teatral en formato talk show que grabé, edité y convertí en video-prólogo del libro con otro qr…

Digamos que de creatividad venía bien.

Pero la pregunta natural de un artista es cómo seguir, hacia dónde. Repetir fórmulas siempre me causó espanto. No iba a hacer otro libro basado en diálogos y elementos multimedia. En todo caso, si quisiera seguir por ese camino (el de la interdisciplinariedad condensada en el objeto-libro mediante recursos narrativos y tecnología) tendría que dar un paso más.

Se me ocurrió incursionar en la «realidad aumentada», que se había hecho popular con un juego llamado Pokemon GO en el 2016. La idea era atractiva, pero muy compleja. El libro tendría que incluir una app para visualizar los diseños, y yo no tenía recursos para contratar a un programador ni una auténtica pasión por el tema como para ponerme a estudiar al respecto… y, sobre todo, no tenía una idea motriz, una historia que contar a través de ese medio. Tenía el envase pero no el contenido, lo cual olía a que me estaba yendo por las ramas.

Entonces no sabía que existía la Electronic Literature Organization, un instituto donde se enseña a componer con los recursos digitales más sofisticados y cuya actual presidenta, Caitlin Fisher, es especialista en realidad aumentada, con la que ya había hecho obras asombrosas una década antes de que yo descubriera la pólvora. Pero es lo mismo: yo no tenía dinero para estudiar en la ELO y tampoco sentía una vocación por la literatura digital. La encontraba interesante, me daba curiosidad, pero como género artístico me parecía un nicho demasiado cerrado y elitista… Lo mismo que sentía respecto a la música académica contemporánea que había estudiado en la universidad.

Así llegué a una encerrona creativa: el camino tecnológico que había empezado a tomar mi escritura se volvía abstruso y desmotivador… Pero la escritura a secas, la que sólo consiste en palabras y signos ortográficos, había quedado deslucida en comparación con las luces de colores de lo digital. Me había dejado llevar por el medio y en el camino perdí el mensaje. ¿Qué quería realmente escribir?

A poco de andar ese dilema comprendí que no era sólo un «bloqueo de escritor» o de artista, sino una situación generalizada de merma creativa. Como si me hubiera quedado sin nafta. Me di cuenta de que también había dejado de leer. También tocaba menos la guitarra, componía canciones a medias (esto es crónico, tema para otro post)… De pronto empecé a temer que se me hubiera apagado la chispa y que mi «carrera» artística estuviera muriendo antes de consagrarse. ¿Dónde estaba mi energía?

Cuando el miedo me hizo ponerme en guardia, no tardé en detectar dónde estaba la fuga. Estaba aquí mismo, en el aparato donde yo estoy escribiendo y usted está leyendo.

Sí, ahora es un lugar común, pero hace 7 años todavía no estaba tan claro. (Recién en 2020 salió El dilema de las redes sociales en Netflix, donde exfuncionarios de Google, Meta y todas las demás confiesan que el objetivo de las plataformas digitales es la adicción de los usuarios). Ahí se me iba el tiempo que antes pasaba leyendo y la energía mental con la que antes creaba mundos propios.

Un día de esos escuché o leí que «21 días es el tiempo que lleva forjar un hábito». Alguien proponía una rutina diaria de alimentación o de ejercicio físico y sostenerla durante 21 días para conseguir resultados duraderos.

Tomé esa idea y me propuse una «dieta» de 21 días sin redes sociales. Desinstalé Facebook e Instagram del celular (si usaba otras no lo recuerdo); sólo mantuve WhatsApp porque la usaba para el trabajo (y porque a esa altura ya era sinónimo de teléfono; los «estados» recién aparecían y nunca los miraba, igual que ahora).

¿Qué pasó durante esos 21 días sin redes sociales?

No tuve insomnio ni caminé por las paredes. Al contrario. Al día 5 ya había empezado a escribir dos libros nuevos (100% analógicos, sin tecnología de por medio). Empecé a leer con fruición como en mis años adolescentes. Volví a componer música y a escuchar música (esto es: dedicarse sólo a escuchar, sin hacer nada más). De pronto volvía a tener tiempo libre y ganas de aprovecharlo, estudiando, produciendo y juntándome con amigos también.

Pero el tiempo siempre había estado ahí; lo que había desaparecido era el mecanismo de mirar la pantallita en cada momento de silencio mental. En un par de días el acto reflejo murió de inanición, y el silencio, el valiosísimo y saludable silencio interior, se expandió como la foresta sobre una ciudad abandonada. En ese silencio estaban esperando toneladas de ideas y de ganas de realizarlas.

¿Qué pasó después? Como es evidente, volví a instalar las apps y me reintegré a la dimensión virtual de la sociedad (que se siguió hipertrofiando hasta los niveles babélicos del presente), pero desde un lugar distinto. Ya era consciente del peligro de estos no-lugares y de cuánto valía lo que sus dueños pretenden quitarme cada día. Incluso las redes habían perdido el gusto azucarado previo a la dieta. Parecían vidrieras de juguete al lado de la mera realidad, de las relaciones de carne y hueso, del arte a fondo y con corazón, de la aventura infinita de bucear el silencio interno.

Desde que recuperé ese autocontrol y puse a raya el vicio de las redes nunca dejé de leer ni de escribir (hasta que llegó la paternidad, pero es otro capítulo). Como un adicto recuperado al tabaco que cada tanto se fuma un pucho, a veces escroleo y me cago de risa fuerte con algún que otro meme, que los hay geniales y a raudales, pero en general entro aquí con un objetivo, y silencio las notificaciones (¡cielo santo! ¡detengan el bombardeo en su mente!). A veces bajo la guardia y me sorprendo cerrando IG sin recordar para qué había entrado. Sé que a vos te pasó también. Estos tipos son buenos en lo que hacen.

Y creo que es útil compartirte todo esto porque, si vos mism@ estás atravesando un bloqueo, no ya de escritura ni tan siquiera de creatividad artística, puede ser un bloqueo emocional, un bloqueo social, un bloqueo erótico, un bloqueo en cualquier dimensión del deseo, de la proyección personal, si de pronto sos proclive a la ansiedad o la depresión y no sabés por qué… hay al menos 50% de probabilidades de que el problema esté acá. Entonces te ofrezco esta receta sencilla y económica para sacarte la duda y recuperar lo que es tuyo.

¿Qué hay de nuevo, viejo?

o cómo empiezan las revoluciones

¿Cómo empiezan las revoluciones?

¿Cuál es la chispa que enciende la montaña de pólvora acumulada bajo el trono de los déspotas más insensibles, hipócritas y miserables?

En la Revolución Rusa de 1917 la chispa fue la protesta espontánea de las amas de casa que hacían colas interminables para comprar pan, mezclada con la marcha de las obreras textiles de Petrogrado por el Día Internacional de la Mujer. A su paso se fueron sumando fábricas en huelga repentina y soldados y cosacos que se negaron a reprimirlos. La movilización duró cinco días hasta que cayó el zar.

En la Primavera Árabe de 2010-2012 la chispa fue más literal: un joven vendedor ambulante se prendió fuego en la calle después de que la policía le confiscara por enésima vez su carrito de verduras. La gente que lo vio envuelto en llamas dijo basta y empezó una protesta que llegó a la capital de Túnez y se extendió 28 días hasta que abdicó el dictador. Y el fuego se extendió a todo el mundo árabe: Egipto, Libia, Yemen, Siria…

Tengo el presentimiento de que la revolución argentina contra nuestro pequeño dictador al fin está empezando, y que la chispa la encendieron los honorables jubilados que marchan cada miércoles bancándose la más cobarde represión imaginable, no obstante repetida semana a semana ante la pasividad general… Hasta que un actor social tan inesperado como el hincha de fútbol tomó la posta de la solidaridad activa, de carne y hueso.

Mientras la CGT dormía cómodamente sobre su habitual colchón de coimas junto a diputados, senadores y jueces, la hinchada de Chacarita vio que le pegaban a un viejo con su camiseta puesta y se despabiló de golpe.

No fue un argumento económico ni una consigna política, fue una imagen desnuda y el hondo sentimiento de identidad, de familia, que el fútbol inspira en estas tierras lo que rompió la suerte de hipnotismo con que los trabajadores vienen asistiendo al asalto a mano armada que es este gobierno desde su asunción.

El miércoles siguiente los jubilados volvieron a concentrarse frente al Congreso como siempre, pero acompañados por decenas de hinchas. Ese día la policía empujó y tiró gas pimienta, pero no repartió ningún palo, reafirmando la máxima del cobarde más despreciable: fuerte con los débiles, débil con los fuertes.

Efecto en cadena: todas las hinchadas con dos dedos de corazón y/o dos genitales en su sitio se convocaron a la siguiente movilización para defender a los viejos. Hubo distintas consignas pero todas se resumían en una frase de Diego Maradona: Hay que ser muy cagón para no defender a los jubilados.

Por el lado del gobierno, el resto es de manual como siempre. (Enervan no sólo la brutalidad e hipocresía de sus maniobras sino también la falta de elaboración, de imaginación, de talento. La constante constatación de que ni siquiera son inteligentes pero ahí están).

La ministra Ricaentoros intentó boicotear la asistencia de las hinchadas con la amenaza de prohibir el ingreso a los estadios a quien participara en la protesta (esto en plena inundación de Bahía Blanca, dicho sea de paso). Chacarita respondió en un comunicado que ya está en los anales de la literatura argentina que «les chupaba tres genitales».

Entonces llegó el miércoles, y los millones de pesos que Bahía Blanca necesita para ayer fueron invertidos en un operativo policial de represión a gran escala, y Ricaentoros puso en marcha todas las maniobras del manual: infiltrar agentes para que provoquen disturbios, plantar armas y quemar patrulleros para ensuciar una protesta pacífica y darle de comer esa imagen a los que la miran por tv, dispararle a fótografos y testigos, hasta los que miraban desde los balcones de sus casas, detener a un centenar de personas y decir que son barrabravas, y al final denunciar que todo «es un intento de golpe de Estado», diluyendo de paso toda auténtica significación de la frase.

¿Vale tener memoria a mediano plazo? Porque es exactamente la misma acusación que lanzó el presidente Mylaw el año pasado contra la gente el día que el Congreso aprobó su ley ómnibus, e imputó a 33 manifestantes por «atentar contra el orden constitucional». Al mismo tiempo que les hacía un asado en Olivos a los 87 diputados («87 héroes» dijo Mylaw) que sostuvieron su veto a la reforma jubilatoria.

El argumento de Mylaw para quitarle la plata a los jubilados era «no endeudar al país»… Pero hoy nos está endeudando igual con el FMI, ¿entonces?

Pero lo más interesante de todo esto es que la pelea sigue abierta, porque los jubilados van a seguir marchando cada miércoles y las hinchadas los van a seguir bancando. Unos porque van a seguir pasando hambre y necesitando los medicamentos que el gobierno les quitó. Otros porque su motivación trasciende lo económico y lo político: es moral básica, van a ir para que no les peguen a los viejos, porque de eso no se vuelve.

Y no hay coima que este gobierno le pueda meter a nadie para resolver el asunto, porque no se trata de una ley que se va a votar y entonces con un par de valijas y cargos se consiguen los números y la ley sale y se terminó el asunto, la gente vuelve a su casa. Esto sigue hasta que los jubilados ganen… o se extingan.

La marcha de los jubilados tiene todos los ingredientes para ser la chispa que encienda una rebelión definitiva contra este gobierno de ladrones delirantes. La única forma de desactivarla es darle la razón a los jubilados, devolverles la plata y los medicamentos, dar marcha atrás con la motosierra, “entregar la cabeza” de Ricaentoros; pero Mylaw carece de la cintura política necesaria porque no tiene verdadera experiencia política, es un profesor de economía y columnista de radio clase B que de pronto llegó a la palestra y cuyo coeficiente intelectual sólo admite estereotipos. Es un tipo que «acelera en las curvas», un tipo que no puede responder una sola pregunta por sí mismo de manera coherente.

Y si se diera el caso de que los jubilados tuercen el brazo al gobierno… ¡qué señal para todo el país! «Así es como se consiguen las cosas». Sería sólo el principio de un ascenso de luchas contra el corazón del programa mylawista, un nocaut a corto plazo.

Si el gobierno cede, muere. Pero tampoco puede haber un baño de sangre cada miércoles por dos años y medio más. No porque al gobierno le disguste la idea; está claro que disfruta con el sufrimiento del otro, y ésa es la razón por la que me obligo a hablar en público del tema. Lo que no resiste dos años de sangre es la conciencia democrática de la población, ese hilo invisible que sostiene “el orden constitucional” y que los ultras no se van a cansar de estirar y patear hasta que se quiebre. El miércoles ya casi tuvo un muerto, el periodista Pablo Grillo, que hace una semana pelea por su vida en un hospital mientras Ricaentoros felicita a los gendarmes y da vergüenza ajena como siempre cuando intenta hilvanar frases. Y un solo casi-muerto bastó para hundir la cortina de humo de manual del gobierno y las corporaciones de prensa, que con el paso de los días tuvieron que reproducir lo que circuló desde el primer día en los medios independientes: la exacta trayectoria del proyectil, el ángulo exacto de disparo, el modus operandi → la evidencia de que tirar a matar fue una orden de arriba → la responsabilidad directa de Ricaentoros → la evidencia de que debe renunciar. Pero si renuncia es porque cede, y si cede, muere…

He ahí la fricción que enciende la mecha.

Ojalá no costaran nada de sangre las revoluciones.

We’ve met before, haven’t we?

Carta de despedida de un fanático

Espero que esto no sea tan incómodo para vos como lo es para mí, David, pero como ya sabrás, te acabas de morir y entonces tengo que decirte un par de cosas (que me alegra saber que vas a escuchar porque entendiste que después de la muerte estamos más despiertos que nunca).

Tu cine me cambió la vida. Parece un tópico, y de hecho es un tópico, pero como dijo otro fanático tuyo —Foster Wallace— la razón de que exista un tópico (un lugar común) es una experiencia demasiado repetida, por demasiado verdadera y demasiado humana. Y la experiencia que tuve con tu cine fue iniciática, fue un viaje sin retorno al fondo de lo que vale hacer, contar, mostrar, imaginar.

Te conocí en el 2005, a mis 19 recién cumplidos, cuando andaba de mochilero por el norte argentino y una tucumana que parecía una fruta morena y caliente me hizo anotar en mi libreta dos nombres que resultarían fundamentales, iniciáticos para mi juventud y todo lo que fue siguiendo: Bobby McFerrin, David Lynch. Del segundo lo que me hizo anotar fue un título, Carretera perdida. De vuelta en La Plata alquilé esa película. Mi cerebro recibió una paliza sin nombre ni precedentes desde la pantalla. Sangró y se retorció y al mismo tiempo otro cerebro que no sabía que tenía se despertó y aulló el éxtasis de los pioneros, se incendió como un amanecer de pesadilla, sintió pavor, frenesí, un erotismo morboso, una angustia nueva y dolorosamente deliciosa: dejarse perder en un laberinto.

Quizás la volví a ver esa misma noche. Quizás la noche siguiente. El hecho es que en el espacio de un mes la habré visto unas nueve o diez veces. Como el militante acérrimo que pronto sería, le hablé de la película a cuantas orejas se me pusieron delante y se la hice ver a todos mis amigos. La maravilla era unánime, por supuesto. O si alguien la criticó no mereció el menor espacio en mi memoria. La décima vez fue en el ciclo Freakshow del Pasaje Dardo Rocha, donde la vi por única vez en pantalla grande y donde también mi cerebro original cerró la investigación y concluyó que el problema no era yo que no estaba entendiendo algo y que nunca podía armar del todo el rompecabezas, en realidad no había ningún problema: la historia sencillamente no cerraba. Un detalle tan pequeño una vez que es comprendido y se abre para siempre dicha posibilidad en el cine, en el arte. En ese momento hubo un clic que sigue reverberando en mi interior, con esa luz sucia que sonoriza tus escenas más oscuras, querido David.

Esa epifanía analítica de la 10ª visita a Lost Highway me permitió empezar a entender lo que estabas haciendo en esa película y en todas las que vería después: tu cine era onírico, no se regía por la lógica del mundo conocido sino por la de los sueños, y más en concreto, las pesadillas. Claro, era igual que las novelas de Kafka. Vos estabas haciendo en el cine lo que Kafka había hecho en la literatura. Por eso ibas a homenajearlo doce años después, con la sutileza de rigor, colgando un discreto retrato suyo en una oficina del FBI para una escena breve de Twin Peaks, temporada 3, no recuerdo qué capítulo. Y claro, ahora se hace bastante y se puede encontrar por todas partes, incluso ya no parece tan descabellado… Es que hacerlo después de vos es fácil. Es que habría que tener una máquina del tiempo para entender la cantidad de cosas de las que fuiste el primero en abrir la puerta.

Curiosamente, como si se tratara de un plan de estudios cuidadosamente preparado, la siguiente película que vi fue la que rodaste a continuación: Mulholland Drive (2001), que es en muchos sentidos gemela de Lost Highway (1997), sobre todo porque es su reverso formal. La trama de esta película cerraba como un círculo perfecto. Todas las piezas de la historia eran encastrables en un esquema de dos dimensiones. No había cintas de Moebius ni agujeros de gusano en el relato, lo cual la hacía «un poco menos Lynch» porque Lynch es asimetría y daño cerebral irreparable, pero también la hacía más asequible (con buena voluntad) para el público al que yo iba a ofrecerla y militarla como había hecho con la anterior, y al cabo no hacía sino ensanchar las reglas (porque todo tenía que tener reglas, porque éramos humanos), las posibilidades narrativas y las atmósferas posibles del universo Lynch. Lost Highway era un neo noir en clave heavy metal. Mulholland Drive es un cuento de hadas que se hace trizas contra un espejo negro, en clave doobop. En una sola película no demasiado larga le cambiaste el rostro a Hollywood para siempre. Filmaste tu propia versión del mito, algo así como el lado oscuro de la leyenda de Hollywood, y andá a sacarla ahora del fondo del inconsciente. No podés. No la sacás más. Esas cosas no salen con nada, al contrario: echan raíces.

Pero es algo que ya venías haciendo desde hacía un buen tiempo; lo supe cuando me aporreé tan pronto como pude con el resto de tu filmografía. Conocí tu versión más cruda, o bien tu imaginario en estado puro, en Cabeza borradora (1977), tu ópera prima, la que es sabido que hizo fanático a Stanley Kubrick. Yo cometí el error de ver esa película un sábado al mediodía en casa de mis viejos, almorzando pollo frío en una sala totalmente a oscuras. No se lo recomiendo a nadie y de hecho no volví a ver la película entera jamás. Pero al mismo tiempo siento que de esa forma mi experiencia fue más lyncheana que la de cualquier otro espectador. De hecho, ahora que pienso podría ser el disparador de un ciclo de cine inmersivo de culto.

Después encontraría esa misma poética cruda de paisaje íntimo desencajado en tus primeros cortometrajes, ya en la era de YouTube, pero la clave está en lo que hiciste después, entre Eraserhead y Lost Highway, que es la clave de tu estilo y de tu marca en la historia del cine: el equilibrio (o búsqueda del equilibrio) entre la pesadilla ptósica pura y la cultura de masas, entre un surrealismo de la vieja escuela y el sabor de las producciones en serie para cine y televisión. El punto audiovisual que permite musicalizar la misma película con Marilyn Manson, David Bowie y Elvis Presley.

Con ese hilo conductor se puede hilvanar de manera lógica, progresiva y escalena El hombre elefante (1980), Duna (1984), Terciopelo azul (1986) y Corazón salvaje (1990) hasta llegar al punto amalgama o caramelo: Twin Peaks (1990-1991), léase David Lynch jugando a la telenovela, casi una ópera de suspenso adolescente, prácticamente una carnada para atraer almas inocentes hacia la trampa mortal del largometraje Twin Peaks: Fire Walk With Me (1992). Lo que en la serie de TV es melodrama, inocencia y claroscuro, misterio envolvente como un caramelo, en la película es infierno estridente, es grito desgarrado, tirarse de cabeza al horror. Me acuerdo de estar viendo la película en la misma casa del pollo frío, y que mi hermano pasó por la sala en una escena durísima, con el hombre de un brazo gritando, Laura Palmer gritando, un motor acelerando a tope, era un quilombo y mi hermano me pidió que bajara el volumen. Ese mismo hermano acaba de compartir una historia sobre tu muerte. Eso significa que ganaste, David. Que ya sos un clásico, que el punto caramelo que encontraste es una huella profunda en la historia del cine.

La única película tuya que pude ver en el cine comercial fue tu última, Inland Empire (2005). Duró una semana en cartelera. En la sala habría quince personas como mucho. Yo me senté en la primera fila, quería la experiencia lyncheana completa. Y vos le hiciste a mis cerebros la cosa más inolvidable que viví en un cine. Qué manera de romper hasta tus propias reglas para refundarlas desde lugares nuevos, jamás explorados antes y emulados hasta por los codos después. Para entonces ya era un experto en tus laberintos. Pronto entendí que la forma de la película era fractal, era una espiral girando hacia dentro. Una actriz que va a rodar una película sobre una vieja leyenda polaca, con el pequeño detalle de que la historia está maldita. Entonces lo que vemos es la lenta e insalvable inmersión de esa mujer en la maldición de la historia. La realidad se vuelve un espejo roto y en cada fragmento está la totalidad de la historia reverberada y cada vez más horrorosa, más fuera del tiempo, más exquisita. Pero siempre con pequeños momentos para soltar la carcajada, para salirse de la asfixia y contemplar con asombro un paisaje, una sonoridad, una actuación sublime, una fruta poética pura. Y el final musical como frutilla de ese postre imposible de digerir jamás pero que uno se quedará degustando para siempre. Una reversión del final de Corazón salvaje, en el que ya habías revelado que la magia del cine tiene siempre las puertas abiertas para quebrar esa pared que no es la cuarta, acaso la quinta o la primera, y que cualquier puede cerrar con un número musical a la Bollywood. Sí, incluso una cinta de terror psicológico de tres horas como tu última obra maestra.

Aunque tu última obra maestra ya sabemos cuál es. El regreso de Twin Peaks, 25 años después. Agarrando esa pieza que habías dejado suelta, «volveré en 25 años»… y volvió, volviste. Con cerca de 20 horas de puro cine lyncheano, más libre que nunca, pero eras vos, tan libre como lo fuiste desde Eraserhead, como sólo no lo pudiste ser en Dune y se nota dolorosamente. Fue todo un testamento fílmico, un canto de sirena. Ese agujero negro que se abría en el cielo y se tragaba al personaje que vos mismo encarnabas fue otro símbolo perfecto de tu cine. A quien corresponda leer esta esquela más íntima imposible, si ama el cine como experiencia transformadora, le recomiendo con una mano en el corazón ver esa serie completa. Perseverar. El premio no se puede medir en palabras.

Y eso que ya no he vuelto a ver tus películas desde hace un tiempo. Igual que me ha pasado con otros cineastas mayores como Tarkovski, Zulawski, Bergman, Kurosawa, dueños de poéticas en estado tan puro que son una apuesta a todo o nada, para el creador y para el espectador, y una vez que uno se sumergió en ellas hasta la fiebre y el empacho, hasta la parodia y vuelta, ya no hace falta volver a ver las películas, como me pasó también con Cortázar, que me empaché con él y ya no lo pude volver a leer, pero no importaba. Ya grabaste una secuencia completa en mi ADN, y todo lo que fui después tiene algo tuyo y lo seguirá teniendo. Y puedo detectar los rastros de tu genética en todos lados, ramificándose en todos los elementos del lenguaje audiovisual: diálogos, cameos, fotografías, sonorizaciones, montajes, gestos actorales, plot twists… Desde Tarantino hasta Ari Aster y Sion Sono, nadie puede ni calculo que quiere dejar de robarte, de tomar prestados los códigos que forjaste en la gramática del cine. Y más allá, claro. Suele pasar que mientras escribo siento de pronto un aroma y si miro de reojo a los costados entiendo que me estoy asomando a tu barrio. Es un peligro, pero se aprende a vivir así.

Ya te voy dejando tranquilo, David, que debés estar recibiendo mensajes a montones desde todas partes del mundo. Lo último que te quiero agradecer es Atrapa el pez dorado, y con él todas tus palabras fuera de la pantalla. Tu imagen pacífica y feliz, como si fuera el remate de todo el chiste de tu cine: esas pesadillas profundamente perturbadoras pueden salir de una mente serena y apacible como un estanque zen. No hacía falta ser un poeta maldito y atormentado como en siglos pasados. Podés tener una vida equilibrada, meditar cada mañana para acallar la mente y nutrir el alma, y ahí, en lo hondo de la conciencia unificada, podés pescar los peces más gordos y más dorados, las ideas más fecundas para tu arte personal. Eso es un maestro integral, un artista completo y generoso.

Gracias, David. Si me tengo que quedar con una escena de tu cine, la respuesta sale sola: el hombre de cara blanca que se acerca en la fiesta de Lost Highway y que cuando se acerca hace desaparecer la música ambiente y nos envuelve en un silencio tenso y dice: «Ya nos conocimos, ¿verdad? Sí, en tu casa. De hecho, estoy ahí ahora mismo». Y como no puedo quedarme con una sola apuro otra, su gemela: la escena del Club Silencio en Mulholland Drive. Pero para cerrar esta carta voy a hacer lo que se debe e invocar la música de Angelo Badallamenti, la idílica cortina de Twin Peaks, y con ella nos iremos internando poco a poco en el bosque rebosante de misterio del crepúsculo, y la música se va aletargando, la luz tiende a cero, la cámara se acerca y se aleja… créditos sobre fondo negro y silencio.

POLIPHONÈME #4

La cité:
Je n’ai de panne —elle a le lit.

La rue:
Je’ai des pieds
—comme il l’abaissé

La maison:
Abandonée —la mort dit

Le sol:
t’ es là, ma anode, cristal —heureux.

(Si encontrás el poema en español que emplea la misma secuencia fonética de este poema en francés, escribilo en los comentarios)

POLIFONEMA #3

Si devastar mi sol

en ese hielo ambiguo

te hermana

fantástico, inténtalo

una y mil veces.

Bata y mate el hermano

Mas colmas tu historial

de sangre y de luto.

(Si encontrás el poema oculto en inglés, empleando la misma fonética de este poema en español, escribilo en los comentarios)

POLYPHONEME #2

No chess, in all be doubtless

Are there entropic-us

hairing us

cheering us

manding us

cutting us?

Seek where, thus?

Are then

Be all

Let us in a grass

all soul.

This son unsee us

this chord, young mass…

Are money sun?

Are money sand?

See

the sea

dear.

(Si encontrás el poema oculto en español, escribilo en los comentarios)

POLIGLOTEMA #1

Who does come and mess us?

Art does.

The more ear

the less tea, oh.

(Si encontrás el poema oculto en inglés, escribilo en los comentarios)