
Reflexiones sobre el arte contemporáneo, la literatura y el oficio creativo, extraídas del libro Entrevistas con David Foster Wallace.
D.F.W. (1962-2008) es uno de los mejores narradores que han escrito desde los ’90 hasta el presente. Dueño de una voz única, extremadamente poderosa y autoconsciente, capaz de provocar asombro, carcajada, desesperación y ternura en una sola frase.
Este hombre, que en su juventud soñó con ser tenista y que a los 35 recibió la Beca MacArthur (conocida en EE.UU. como la “beca a la genialidad”), padecía una depresión crónica que acabaría llevándolo al suicidio; desde ella y contra ella compuso una obra descomunal, cuya cima es la novela “La broma infinita”, una crítica descarnada y maravillosa a la cultura contemporánea ambientada en un futuro cercano en el que los años son auspiciados por empresas, un hongo nuclear ha despoblado Boston, adonde se arroja basura con catapultas, y las autoridades rastrean una cinta de video que causa adicción letal.
En mi Tiendup tengo un taller de lectura en el que disecciono cuatro cuentos escogidos para extraer las claves de su escritura y abrir el paso hacia el resto de su obra. Para darte un empujoncito más hacia la aventura de leer a Wallace, el curso va a tener un 25% de descuento durante todo el mes.
Adelante, David:
Creo que toda buena escritura de alguna manera se interesa en y actúa como un antídoto contra la soledad. Todos estamos terriblemente solos. Y hay un modo, al menos en la narrativa, que te permite intimar con el mundo y con mentes y personajes con los que no te es posible hacerlo en el mundo real.
En términos de bastante de la cultura pop, una de las maneras en que las cosas han cambiado es que la narrativa solía ser una especia de guía turística. (…) La función de la narrativa solía consistir en hacer familiar lo extraño, en llevarte a cualquier sitio y hacer que allí te sintieras como en casa. Parece que una de las características de la vida actual es que todo se presenta como algo familiar, por lo que una de las cosas que el artista ha de hacer es recordarle a la gente que mucha de esta familiaridad es en realidad extraña. Tomar las imágenes más banales y menos artísticas de la televisión y de la política y la publicidad y transfigurarlas.
El camino es largo y duro. Escribir es lento y difícil. (…) Diría que evites quemarte. Podés quemarte al luchar en medio de la privación y el desamparo durante muchos años, pero también podés quemarte si se te presta algo de atención. La gente se acercará hasta tu hotel y creerá que tenés cosas interesantes que decir. Podés permitirte empezar a pensar que no dirás nada a menos que sea interesante. Según lo veo yo, el 50% de lo que hago es malo, y así es como va a ser, y si no puedo aceptarlo, entonces es que no estoy hecho para esto. El truco está en saber qué es malo y no permitir que los demás lo vean.
Tuve un profesor que me gustaba que solía decir que la tarea de la mejor narrativa era relajar al inquieto e inquietar al relajado. Supongo que buena parte del propósito de la narrativa seria es proporcionar al lector, quien como todos nosotros es una especie de náufrago en su propio cráneo, proporcionarle acceso imaginativo a otros yos.
En el mundo real, todos sufrimos en soledad; la empatía verdadera es imposible. Pero si una obra de ficción nos permite de forma imaginaria identificarnos con el dolor de los personajes, entonces también podríamos concebir que otros se identificaran con el nuestro. Esto es reconfortante, liberador; hace que nos sintamos menos solos. Podría ser así de simple.
Sin embargo observamos que la televisión y el cine popular y la mayoría de los tiempos de “baja” cultura —lo cual simplemente quiere decir arte cuyo objetivo fundamental es ganar dinero— son lucrativos precisamente porque asumen que el público prefiere placer al 100% a una realidad que suele componerse de un 49% de placer y un 51% de dolor. En tanto que el arte “serio”, que no se dirige principalmente a sacarte el dinero, tiende a hacer que te sientas incómodo, o te empuja a esforzarte para acceder a su disfrute, del mismo modo que en la vida real el placer es consecuencia del esfuerzo y de la incomodidad. Por tanto es difícil que el público, especialmente el joven que ha sido educado para esperar que el arte sea 100% placentero y para recibir ese placer sin esfuerzo, lea y aprecie la narrativa seria.
El problema no es que el lector de hoy sea tonto, no lo creo. Simplemente se trata de que la TV y la cultura comercial le han enseñado a ser una especie de vago e infantil en lo que respecta a sus expectativas. Esto hace que intentar llamar la atención de los lectores de hoy implique una dificultad imaginativa e intelectual sin precedentes.
Pienso que ahora mismo el maquinista ha reemplazado al crítico como verdadero ángel de la muerte en lo que respecta a los movimientos literarios. Tenemos a una serie de artistas genuinos que aparecen y de verdad dividen por cero y provocan unas cuantas tormentas de mierda auténticas escandalizando y ridiculizando con el objetivo de promulgar unas cuantas ideas importantes de verdad. Una vez que triunfan, sin embargo, y sus ideas han adquirido legitimidad y aceptación, los maquinistas y los aspirantes se acercan corriendo a la máquina, y empiezan a salir bolitas grises, y entonces todo ello se convierte en forma hueca, tan solo otra costumbre más de moda. Echa un vistazo a algunas de las tesis de doctorado que se escriben ahora. Son como si se pusieran a de Man y a Foucault en boca de un niño lerdo. En cierto modo el ámbito académico y la cultura comercial se han convertido en gigantescos mecanismos de mercantilización que extraen la materia y el color incluso de los nuevos avances más radicales. Se trata de una inversión surrealista de la muerte por abandono que solía acabar con el arte clarividente. Ahora el arte clarividente sufre de muerte por aceptación. Hoy las cosas nos encantan a muerte. Después nos retiramos a los Hamptons.
Y ello acelera la metástasis que va desde que se ficha el envoltorio genuino hasta la forma de quince minutos de duración que da pie a producir y producir y producir mecánicamente. Lo que le crea un pedazo de problema a cualquier artista que vea que su labor es fichada continuamente, porque entonces cae en esa sed insaciable de novedad: “¿Qué puedo hacer que no se haya hecho todavía?”. Una vez que la primera persona entra sigilosamente en tus intereses, estás muerto, en lo que respecta al arte. De ahí que escribir ficción sea algo solitario de un modo que la mayoría de la gente no comprende. En realidad, para trabajar, es de ti mismo de quien tienes que distanciarte.
No estoy seguro de que pudiera darte una justificación teórica meditada, pero tengo la profunda sospecha de que gran parte del propósito de la narrativa consiste en agravar esa sensación de encierro y soledad y muerte, para inducir a la gente a afrontarla, puesto que cualquier posible salvación humana requiere que antes nos enfrentemos a lo que nos resulta espantoso, a lo que queremos negar.
