Apología

Yo estaba ahí cuando cayó la noche.
La vi atravesar herida los matorrales.
Sentí sus aullidos, pero no quise entender
las palabras que gemía, por respeto
y por temor a no olvidarlas nunca.

Yo vi cuando cayó la noche,
le dispararon por atrás
como hacen los cometas cobardes
–polizontes astrales incapaces de dar calor–
y ella parecía saberlo de antemano,
un velo de paz le cubría los ojos
como a esos que perdonan a sus asesinos

y vi a la noche caer acribillada
y no de estrellas... de antorchas fanáticas
que trazaron medicinas mientras duró la agonía
y se hundieron de cabeza en la arena como botellas
–como sacrificios de luz–
como los párpados cosidos de un santo.

Pero la noche ya estaba lejos.
Yacía boca abajo y apenas se sacudía
y su único ojo clavado en mí
me confiaba el testimonio
la epopeya o triste elegía
que vierto en garabatos ante este tribunal
sin haber encontrado antes el río de agua blanca
que lava los recuerdos hasta hacerlos espuma
–barba de cielos, jinete de mares, vello de lunas–
donde el yo hace su baño de inmersión en el todo ser.

La noche era inocente, su señoría.
Bien lo sabemos todos.
¿Quién no fue a comprarle cigarrillos de contrabando
y volvió con un barrilete en forma de mandala?
¿Quién no fue su nieto o su pretendiente?
¿Quién no miró sus piernas y tragó saliva
ni sostuvo su blanda nuca de bebé en la mano
y dijo que sí con la cabeza al escucharla?

Al charco de sangre que brotó de la noche
lo llamamos agujero negro
o aljibe invertido
y arrojamos piedras en él y nos tiramos de cabeza
y algunos no hemos vuelto de ese otro lado.

El revólver que fue hallado en sus manos
fue plantado por los corruptos sabuesos del sol.
Que se arranquen la lengua antes de nombrarla.
El cuchillo de su cinto es otra cosa...
¡Lo llevaba desde la cuna!
¡Con él abría el tajo en el cielo para entrar!
¡Con él picaba a los lobos cuando quería concierto!
¡Con él tronchaba el corazón de los hijos
que le sacrificaban hace no mucho en altares
y hoy en callejones, en calabozos y bares!

Cayó con las botas puestas, corriendo como un lince.
El viento que no cesa es el eco...
es el eco.
Lo que corresponde es tapiar las ventanas
y prender fuego las casas
con nosotros dentro.

Por si no lo han descubierto:
sepan que yo disparé la flecha
a la flor de mil pupilas, en el centro
... en el centro.
Yo que la amé como aquí no se conoce.
Yo, que la adoré como una hormiga a una naranja,
que la necesito como un rey a su espejo,
yo solté la cuerda entre mi ojo y su pecho
porque sabía que venían a toda marcha los carros
–anunciados por heraldos de barba roja–
y traían al terrible emperador al hombro.

Estaba rodeada, no había salida.
Así que antes que burlones verdugos
me adelanté a abrirle yo la puerta, con reverencia
y ser la alfombra y el cadalso
y el culpable
y sé que ella estaría orgullosa

aunque eso no importe nada.

Aunque a la vuelta de esta esquina
encontremos la canasta abandonada,
escuchemos el llanto de un hambre nueva
y no recuerde nada, y crezca hasta ser reina
y como una araña envenene a los gallos
y nosotros repitamos los ritos.

¿Cómo no ahorcarla con estas manos
que son el cuenco del río negro?

La clase pendiente

A la memoria de Mariano Etkin

Quién no salió de una clase suya odiándolo… Quién no volvió a amarlo en la siguiente. Quién no se aprendió de memoria sus relatos sobre Boulez y el Di Tella, sus citas de Schoenberg, de Cage, de Xenakis, la del dentista y su definición del cepillado dental ideal que decía en cada clase inaugural para los ingresantes de Composición en Bellas Artes, quién no admiró su capacidad de memoria de caras, apellidos y lugares de procedencia de sus estudiantes y su inagotable repertorio de anécdotas en cualquier lugar imaginable… Quién no aprendió a llegar a las doce en punto a su clase para no quedarse libre y quién no deseó que las clases duraran más… Un montón de gente, en realidad. Cualquier persona del mundo que no haya tenido la suerte de conocer al maestro Mariano Etkin. Por eso siento la necesidad de escribir sobre él, porque se acaba de cerrar la invitación permanente y gratuita que ofrecía este hombre para compartir la pasión por la música, para aprender a escuchar cada vez más hondo y más fino, para reflexionar no sólo sobre la música sino sobre cualquier inusitado aspecto de la vida que se le pudiera ocurrir, porque infaliblemente la conexión llegaría, la idea florecería, porque con él todos los caminos conducían a la magia del sonido. Y a la tragicómica ventura de dedicarle la vida.

Yo, que me demoré tantos años en terminar la carrera de Composición, resolví que no podía dejar pasar un año más sin cursar Compo IV, porque es sabido que los años pasan y desde la primera clase que tuve con él (¡en 2007!) su cabello era completamente cano y su coronilla relucía de calvicie. No es que me viera venir tan trágico final, sólo temía que se jubilara. Y es como si él me hubiera esperado. Me anoté este año y fui con ansiedad a la primera clase… Ahí estaba el viejo Etkin, como si los demonios de la ancianidad se le hubieran venido encima de golpe, pero presente, esperando el silencio necesario para empezar a hablar con un débil hilo de voz, acerca de lo de siempre, de todo, y un poco más del tema que nos reunía allí, el desafío de componer para orquesta. Incluso tuve la fortuna de quedar en su comisión para corregir los trabajos, se me cumpliría ese “sueño del pibe” de poder mostrarle un trabajo propio y recibir sus devoluciones, sus consejos, sus toneladas de sabiduría personalizada. En la primera clase de correcciones no tuve la suerte. “La próxima sí o sí” me dije. Escribí cuanta música pude para honrar la ocasión y guardé en la mochila un librito que pensaba regalarle. En la facultad me avisaron que lo habían internado. Y me la vi venir entera. Es decir, la sospecha que acarreaba desde aquella primera clase se volvió presagio. La semana siguiente fue esta triste semana. Como un fan que se quedó afuera del rito, en mi fuero interno lamenté mi propia mala suerte, pero en el fondo algo me dijo que esa fue la lección, que el viejo ya me lo había dicho todo y hasta al irse sin haber visto una sola nota de mi primera obra para orquesta él me estaba dando la clase de mi vida, la clase magistral que siempre soñé y que siempre dio, invariablemente en cada clase y charla y escrito. Como si me estuviera diciendo: “no importa, Alaimo, que me muestre o no me muestre la partitura, no importa lo que yo le diga o deje de decirle; usted también tiene que atravesar el desierto solo”.


Así nos sentimos hoy sus estudiantes. Solos como en ese minuto interminable de la hoja en blanco, como en esas horas derramadas en escribir y borrar y volver a escribir música nueva, ese tortuoso debate interno entre asignar una melodía a un clarinete o a una viola, entre desarrollar un motivo o crear un contraste, entre dar duración de blanca o de redonda a esa nota que nos trajo acá. Solos como siempre lo está y lo estará el creador en las fatigosas jornadas de su oficio, aunque hoy se note más porque hoy somos también un poco huérfanos. Se nos fue el capitán. El que nos empapó cuanto pudo de esa tradición que él veneraba y que, todos lo sabemos o al menos yo lo sé y él lo sabía, está en vías de extinción. Esta nave de los locos que hacen música rara se quedó sin almirante, pero lo cierto es que se fue con las botas puestas. No dejó de trabajar hasta su muerte. Si hay algo que inspire orgullo de ser su discípulo es eso. Ya estaba gravemente enfermo –era notorio y tema de conversación constante– y aún así, después de cuarenta años de enseñanza musical, seguía viajando a La Plata cada semana para escuchar nuestros planes de conquistar el mundo desde una partitura, él que ya lo había escuchado todo (varias veces).

Y no sólo dando clases, también murió componiendo. En nuestro último encuentro contó de la obra para orquesta que le habían encargado y que estaba terminando… Yo que me mortifico hoy por tener que lidiar con la titánica tarea de escribir música para cien instrumentos en hojas gigantescas llenas de pentagramas, me imaginé a ese hombre, al que le costaba caminar, sentado en su escritorio, entregando las pocas horas que le quedaban a esa inmensidad, a caminar solo por ese desierto… Dicen que llegó a terminarla el domingo, es decir tres días antes de morir. Y recuerdo a otro gran músico que se fue este año, David Bowie, que llevaba año y medio de padecer un cáncer cruel y resistió para crear su última (y monumental) obra, tanto que murió un día después de publicarla. Uno que vio tantas películas pero sobre todo que vio tanta realidad no puede dejar de trazar la idea: estiraron su vida para completar su obra. Como si hubieran negociado cara a cara con la muerte y hubieran conseguido ese milagro secreto, o al revés, como si sólo la obra y la pasión que ella encarnaba les hubiera dado el impulso suficiente para estirar sus horas un poco más, y una vez culminada, concluido el rito, cerrado el ciclo, los dejara arrojados en su desnuda condición de seres mortales y ajados. El estreno de esa obra ya está pautado para el año 2017. Será en el primer aniversario de su partida, será como ir a esa clase que nos quedó pendiente.

Noviembre

Mes en el que aparecen gatos en tu casa y se muere tu novia y hay elecciones en la universidad y componés tres canciones que tu novia no va a poder escuchar y en que aparecen las llaves que perdiste y te llama mucha gente que cómo te sentís y que lo que necesites y en que llueve semanas enteras y luego hay sol quemante y luego vuelve a llover, tocás la guitarra y hay ferias de libros y artes adonde vas buscando sorprenderte porque la que te sorprendía vaya que te sorprendió por última vez y para siempre y necesitás ir viendo bosquecitos con movimiento propio para salir del pozo sin fondo del sólo pensar en ella, a la que le dedicás todo pero ya es tarde, noviembre mes tarde, mes sorpresa, en que el tiempo adquiere una nueva perspectiva, si se puede decir nueva, y si se puede llamar a eso perspectiva, los ojos rezan por un punto de fuga pero no hay dios ni fuga que no se evapore entre los dientes o siga allí por la mañana.

Mes que se te resbala por los dedos, dedos que por momentos te olvidás para qué sirven, ni te acordás que los tenés, mes en que todo termina y nada empieza, salvo algo que parece una cuenta regresiva cuyo rango es secreto para vos, parece pertenecer a una altura sagrada, que vos desconocés por naturaleza, porque te faltan algo así como reencarnaciones (aunque no son reencarnaciones sino imposibles) para llegar.

Mes que no querés que pase ni que se quede, que no querés, mes que te aplastó como a una mosca pero te dejó viviendo adentro del vaso, por pura diversión del ojo que mira y ¿se ríe? Mes en que conocés personas hermosas con las que querés llenarte pero no podés, en que recorrés una y veinte veces los mismos lugares cambiando sólo el momento del derrumbe y su prolongación, en que hacés llamadas a larga distancia sin pensar en cuánto estás gastando, en que le das tu amor a una gatita que llegó a la casa de los amigos donde fuiste a refugiarte como un lobo moribundo, con la que dormiste su primera noche bajo techo, a la que mimás como nunca antes a un animal, hasta que empezás a pensar estupideces como le dicen ahora, tristes alucinaciones de la presencia de tu novia en la gata o en un sonido o en un silencio o en un accidente o hasta en el más ínfimo bicho que se te acerca y te hace dudar si lo matás o no porque podría ser ella que viene reencarnada a buscarte, a estar cerca tuyo, y cómo te aliviaría creer esa estupidez como le dicen ahora, cómo deseás creerla y volverte loco al fin y descansar del dolor hasta que muera la pulga o la gata o te mueras vos, porque vos también estás entregado y lo sabés y ya no importa, es más, haría bien en apurarse la guadaña, pensás en noviembre.

Mes en que encontrás una revista con los cien mejores guitarristas del siglo y no la leés, la dejás tirada en la pieza donde ves películas o recitales de Pink Floyd, y la gata tiene parásitos y la llevás a que la vea tu amigo veterinario y ahí en el negocio ves una computadora y ya querés escribir su nombre por enésima vez en el buscador para ver los mismos resultados de siempre, el mismo video con la canción que no está tan buena pero qué bien cantada, qué prodigiosamente, y no pensás en otra cosa que mostrársela al veterinario y al pintor que trajo la gata a la casa de noviembre, todo sea por hacerle una caricia ultraterrena y un tributo a la cantante que se perdió el mundo, pero no te da el cuero, apenas con imaginar la cara que van a poner, no te gusta incomodar a la gente, al menos a la que vos querés, entonces sólo ponés el video de la ucraniana que también hace magia pero con los dedos y nada más, retratando la invasión nazi y la resistencia con arena, dibujos en movimiento, efímeros, y después te vas a pegar carteles en busca de un baterista para la banda de rock que empezaste a hacer cuando la conociste a tu novia, años hacía que giraban los proyectos en tu cabeza solitaria pero cuando la conociste a ella y su energía y su voz y su mirada y su pelo raro tan lacio y brillante rodeando sus ojos que nunca se quedaban sin su delineador negro, ni de día ni de noche de ningún día, cuando aceptaste sin dudar su invitación a ver El lado oscuro del corazón aunque ya la habías visto y ella también y cuando entraste a la casa descubriendo que ya habías estado ahí haciendo música alguna vez, horizontes antes de ella, cuando subiste la escalera y entraste a la pieza y la escuchaste cantar y contarte tantas cosas y le cantaste y le hiciste el amor y le leíste y la miraste y la abrazaste y pasaste del vino al mate y de la noche a la mañana y te quedaste tres días seguidos mientras afuera crecía la epidemia de gripe y todo el mundo se infectaba o se encerraba o las dos cosas y vos no podías pensar en salir y estar sin ella y sólo se despegaron cuando ella se fue a Azul y a vos no te daba todavía para decirle que ibas con ella, te quedaste en el chiste de que te metiera en el bolso pero la despediste con tanto amor y ella también ya estaba enamorada de vos y la saludaste desde abajo del micro con tanta euforia, haciendo todas las payasadas que se te venían a la cabeza y eran muchas, hasta que viste en su cara un gesto de ya está bien y el temor te cortó la inspiración y la dejaste ir pero tu piel la seguía sintiendo, era increíble, días y días sin ella pero seguías sintiéndola como si nunca te hubieras ido de la pieza, como si en algún canal invisible de la realidad hubieran seguido conversando sin parar, y le escribiste por acá y por allá hasta que la encontraste y ella también pensaba en vos y pum, fuegos artificiales, recién cuando estuvieron así de lejos fue que empezaste a construir la banda, buscando gente, grabando tus canciones y escribiendo arreglos llenos de acordes para poder tener ensayos a los que invitarla y después recitales a los que fuera a verte, todo para que se diera cuenta de que vos también eras alto rockero y no sólo un poeta y militante y a lo sumo cantautor de esos que hay abajo de cualquier piedra, para conquistarla como ella te había deslumbrado a vos en unos minutos, tirándote un rayo de energía volcánica, una aleación estruendosa de imágenes góticas y melodías de colibrí, tenías que estar a su altura, tenías que correr, saltar y revolcarte por el piso sin dejar de tocar solos de estrepitoso atletismo, ¿por qué necesitaría eso para amarte?, pero vos igual te disparaste a hacer la banda diciendo “es por ella y es por mí” porque ella te hizo verte a los ojos de adentro, te hizo volver a ser vos y querer salir a ganar el mundo otra vez como cuando no habías perdido ni un perro, y ahora que ella no está no sabés bien qué hacer y no querés hacer nada, menos aún creer lo que pasó y que se confirma cada vez que ponés emilia romero en el buscador y sentís en la piel el tiempo que hace desde la última tarde que la tuviste enfrente, no te dan ganas de nada salvo de lo que más te acercaba a ella y más hacían cuando estaban juntos y que ella amaba cuando te amaba a vos y que vos amabas hacer con ella, música, aunque ahora no te dan tantas ganas como antes porque ella no te va a escuchar ni se va a impresionar con lo bien que toques o cantes, no vas a poder conmoverla con tus acordes y melo-días ni sacudirla con riffs de power trío, entonces cuesta bastante, pero te decís que ella quería que vos siguieras y que le gustaba tu música y hasta te ayudaba a conseguir instrumentistas con su alegría de cada minuto, cosa que hería tu orgullo pero alimentaba tu amor y vos agradecías demasiado poco, pensás ahora, ella quería que vos tocaras y le robaras la felicidad de los bolsillos, esa felicidad con la que hacía globos de chicle cada día más grandes, entonces hacer música sería estar con ella a la triste y falsa pero única manera que puede ser ahora y en la adrenalina condensada de disparar fiebre sobre un escenario podrías conectarte con la ella eterna, con la auténtica eternidad que es el momento vivido en el todo amor, y ahí, recién ahí, descansarías un poco de este dolor, pero para eso necesitás baterista y salís a buscarlo, pero de pronto te das cuenta de que hoy es primero de diciembre, ya es diciembre, te das cuenta, ya quedó en el pasado el mes en que ella se quedó, ahí sin más días, como si fuera una carrera a no se sabe dónde y ella un día se hubiera quedado sin nafta, no, pará, ella sin nafta es imposible, sólo tuvo un accidente y ya no pudo seguir, y vos quisieras creer que saliendo también de la carrera volverías a encontrarla, en la cafetería al costado de la pista donde descansan los asistentes y el público, quizás te la cruzarías todavía en el pasillo, o ya en la terraza o ya afuera, en el parque de atrás que se parece al parque de Azul que recorrieron juntos un sábado, con su andar vibrante y enamorador a rajatabla, cómo querrías que fuera tan fácil, pero ya hasta el mes quedó atrás y vos seguís acá y vuelve a llover como en noviembre, como en las noches encerrados en su pieza en que vos sacabas tus medias y zapatillas por amor al sentido del olfato pero sobre todo por orden de ella y a la mañana estaban ahí empapadas, y vos te ponías las pequeñas ojotas rosas para bajar a calentar agua o cambiar la yerba o volver a calentar el agua mientras ella ponía otro tema de otro disco de Siouxsie o los Pixies o su amada Cura o Bowie o Rush o Korn o El Otro Yo, pero el otro yo aparecía siempre cuando terminaban los temas, nos encantaba Alegría, los niños cantan en el funeral, los niños ríen mientras llorás, decía la letra en nuestras bocas, te encantaba emilia te encantaba flaco, ya muy poca cabeza de radio escuchaba ella justo cuando vos empezabas a sintonizarla, pero a ella le traía un pasado que habría que ver en qué y cuánto se parece al pasado que te trae ahora a vos, es diciembre, Radiohead lo escuchabas en el pasado, y ella se queda ahí también mirándote a través de un vidrio, y vos no querés dejar de mirar el vidrio, no querés dejar de escribir sobre noviembre aunque noviembre ya haya terminado y vos estés de este otro lado, pensás que vas a poder seguir sacando recuerdos y enganchándolos infinitamente hasta que se termine la vida o por lo menos el mundo pero cuánto más podrías estar yendo de espaldas para no dejar de mirar hacia el vidrio antes de tropezarte y sangrar por la nariz con la tristeza de que eso no alcanza para matarte pero es suficiente para joderte un poco más la vida y así no vamos a ninguna parte, ni siquiera al altar de su memoria y su magia, hasta cuándo entonces, flaco, qué hacemos con este después que crece.

Este cuento recibió el 1º Premio en el Concurso Nacional de Cuento y Poesía de la Municipalidad de Azul en 2015.

Quién mató a Kurt Cobain

Hoy descubrí quién mató a Kurt Cobain.

Hoy visité la Capital

la de los altos techos y frenesí apretado

en calles donde el sol dura un minuto.

Yo, un poeta multiforme de provincia,

ataviado con mis sueños de felpa

degustando caramelos esperanza

­–cuyo sabor empieza a entumecer mi lengua–

visité una de las mecas modernas

la que me tocó en suerte más cerca

y admiré de reojo las antiguas fachadas

yuxtapuestas con máquinas de espejismo digital

mientras me abría paso con prisa

            –me dijeron que hay multa si vas despacio–

entre pelotones de caminantes

cuyas vidas siempre traté de imaginar en detalle

y al mismo tiempo

en infinitésimos intentos de concebir el conjunto de la vida

entre avenidas bochornosas y callejones con locales

que nadie sabe de qué viven, a quién venden, cómo llegaron ahí.

Caminar en la Gran Ciudad es un oficio de equilibrista

más que estarse en pie en sus trenes subterráneos

porque a un lado están los datos del agobio

la propia carne que hornea lento el hormigón de verano

o el frío sibilante entre las capas textiles

el chaleco de fuerza que elegimos cada día

y la vista que se quema para ver si está en rojo

o si vienen taxis rapaces por el callejón

y las hileras de carteles que ofrecen carne viva

de mujeres encerradas en algún departamento

algún departamento

levantar la vista para contar las ventanas

¿toda esta gente hay?

y empieza el mareo

y apoyarse en una pared rayada por grafiteros

anónimos e invisibles como murciélagos

de los que sólo hablan sus huellas a la luz del día

pero la pared en que apoyamos nuestra mano

era una puerta de atrás de un gran pasillo

al que nos vamos de bruces

escaleras oscuras, danza trastabillante

y damos con un depósito de chucherías y ratas

donde fuman dos empleados, fornican otros dos

un hombre atado a una silla nos mira con grandes ojos

y hace gestos desesperados entre el sudor que le chorrea

y la tierra empieza a gemir como un trueno impetuoso

pero más parece un volcán, es la Gran Ciudad

que se da vuelta para seguir durmiendo

mientras los insectos que somos nosotros

le siguen picando la piel, surcando las venas

y a ella le da lo mismo.

Pero uno es un equilibrista

el que sobrevive cada día mantiene el equilibrio

y no se apoya en esa puerta

no deja subir la náusea hasta el esófago

para ello se aferra al otro lado del aire

a las estampitas gigantes que todo lo ven

donde mujeres ríen y hombres fuman y callan

o conducen autos más grandes que el sol

uno se aferra a los puestos de revistas

donde las mismas mujeres ríen en pequeños estampitarios

que uno puede llevarse a casa por unos pocos billetes

para seguir haciendo equilibrio

para no marearse con el fractario horizonte peatonal

pequeños televisores de papel con sus colores brillantes

sus programas de entretenimientos

sus juegos

sus humoristas invitados, qué bueno que es reír

y sus propagandas

en seguida volvemos después de esta tanda

de páginas y páginas de carnes apretadas

y zapatillas trotamundos

y perfumes, cigarrillos y colchones y paisajes

vos también podés ser el rey

la entrada al paraíso en tu muñeca

paseá por el paraíso en cuatro ruedas

la ropa del paraíso es ésta, y ésta, y ésta

seguí ahorrando que te esperamos en

y uno cuenta las monedas que le quedan

sin contar las del bondi

ni las del mendigo

y queda para dos o tres caramelos

esperanza

y a esta altura no se los degusta con calma

se los mastica de golpe

con crocántica ansiedad.

Todo deviene espejismo si uno se detiene

y mira fijo y ajusta el foco

            –pero se multa a quien se quede quieto en la vía pública–

como no alcanza el tiempo ni hay dinero para multas

nadie lo hace

pero juro que al frenar en seco y mirar a un lado

la Gran Ciudad se convierte en piedra,

se revela laberinto sin fondo

o se desintegra como un sueño develado

y dura lo que una inercia de bicicleta

hasta desplomarse entera sobre los que no se corran.

Pero nadie frena en seco

(“gravísimas multas”)

todos seguimos nuestro camino pedaleando

dándole cuerda al reloj de la muerte

lenta de cada día

y juntamos monedas para los caramelos esperanza

ahora sabor a fruta del trópico

sentite en la selva sin mover un dedo

y cosas así por todos lados

y ahí fue que vi mi reflejo en una vidriera

atrapé mi propia cara con la guardia baja

y entonces recordé a Kurt

en una de sus fotos memorables

vi esa mirada de tristeza en blanco y negro

ese desencanto sin consuelo

como un primer bajón de droga dura

como descubrir que Superman no existe

que la lotería son los padres

ah, cómo explicar que esa comunión instantánea

fue tanto más que la suma de un parecido y un deseo

como en las epifanías, como en esos momentos de Gracia

de los que hablan las religiones más vendidas

el dolor de Kurt Cobain se encarnó en mí

porque entendí que él se vio del otro lado

él me vio a mí, acá, ahora, mirándolo en un cartel

luminoso en un poste de luz en una revista

en un afiche en la pared de una autopista

en un folleto del paraíso capitalista

y en mi mirada se reconoció a sí mismo

Kurt también pateaba las calles del abismo

y a veces se quedaba como bobo mirando carteles

se vaciaba los bolsillos en caramelos y arcades

y en las borracheras de esperanza sentía que era posible

y Kurt llegó, oh él sí llegó al otro lado

de la revista, de la pantalla, del espejismo

y comprobó que de ese lado no había sirenas

ni había ninfas ni ángeles con trompetas

sino cámaras, luces, asistentes de producción

agendas cronometradas

y plástico

pero muchísimo plástico:

fiestas de plástico, risas de plástico

tetas de plástico, palabras de plástico

vidas de plástico, casas de plástico

horizontes de plástico.

Y ahí fue que Kurt

no tuvo siquiera adónde volver

su vieja casa la había quemado en una fiesta

su vieja ropa la regaló a un hospital de adictos

sus caramelos se vencieron. Ya está.

Kurt, bello hermano,

creo que nacimos en el momento equivocado.

19/11/2014

Semillas

La guerra empezó por un malentendido. El mensaje clave para la paz se traspapeló, y arreció la muerte. A ambos lados lo buscaron entre pilas de memorandos, contraórdenes, metrallas, cadáveres. Cada vez más hondo. A contrarreloj se inspeccionaron libros, casas, búnkeres, ruinas, incluso recuerdos, sueños… Hasta que corrió el rumor de que el mensaje había caído en manos del bando enemigo, y ya no hubo esperanza. Entonces sólo se buscó un escondite… o un arma.

Los últimos sobrevivientes buscaron comida. Triturando semillas, alguien encontró el mensaje. Lloró a carcajadas. Miró al cielo y gritó la palabra con todas sus fuerzas.

Escenas de un día cualquiera en la ferretería de los poetas

Entra un hombre que aparenta más edad de la que probablemente tenga, con grandes ojeras y el cabello despeinado y ceniciento.

–Hola. Necesito un litro de pintura.

–¿De qué color?

–Y… un silencio… Algo así como jazmín hecho trizas en la sombra, pero algo marmolazo; como que se cagó de frío.

–No se diga más. Aquí tiene.

–¡Ah, genial! ¿Cuánto le debo?

–Serían tres soles de mimbre caucásico, de ése que ya no lastima si los ojos se desprevienen.

–Uh… subió bastante esto, ¿no?

–Sí. Todo lo que es pintura se fue por las nubes.

–Bueno. ¿Sabés? Ahora ando algo corto… Pero esta misma noche te los sueño. ¿Dale?

–Perfecto. Hasta luego. Después me trae la imagen.

–¡Seguro! Chau.

***

–Buenas… ¿Tiene clavos? –pregunta un hombre algo pelado, canoso, con cierto aire a Galeano.

–¿Clavos para qué?

–Tengo que clavar unas mariposas en mi espalda, bah, yo no, yo no llego con los brazos, ¿vio? –y empieza a reírse buscando complicidad–. Pero también quería clavar unas sobre una tabla de terciopelo caliente, ¿vio?, que va sobre una viga, abigarrada está a la viga que la abriga.

–¡No me diga! –el empleado ríe también y se agacha para hurgar en los cajones bajo el mostrador–. Mire: tengo unos clavos especiales para superficies candorosas, ¿ve? –le extiende en la mano unas cuantas espinas de cactus con ojos como cabezas para remachar–. Usted martille el ojo sin miedo, que al romperse derrama un pegamento. No sufre.

–Deme quince mil.

***

Entra un joven de aire ausente, realmente sin presencia, aunque el empleado que lo saluda adivina un fondo (o superficie) muy deshecho.

–Hola, emmm… Yo necesito un alma.

–Uhh… –suspira el empleado conmovido y chista–. Th! Mirá: nosotros no vendemos; tenemos accesorios para almas, viste, cuando se rompen, se vacían, sangran, pero almas almas… –se acerca al joven desconsoladamente blanco y le dice por lo bajo:– En realidad no se permite entrar a las personas sin alma, es una regla del patrón, pero andá tranquilo (igual, no te va a doler); yo creo que podés encontrar en algún bar o alguna sala de teatro chiquito, ahí a veces se pierden, qué sé yo… Buscá y por ahí encontrás, en algún rincón. Si no la que te queda es esperar en alguna plaza al sol, a que se les caiga alguna a las parejas de tórtolos y ruede lejos sin que se den cuenta, pero eso ya es criminal.

–No, deje, deje, gracias –y empieza a irse sin pasos, deslizándose por las irregulares baldosas de piedra.

–¡Suerte, che!

***

Entra un hombre. Es alto, entre otras cosas.

–Lamparitasss.

–¿Comunes?

–Sí, eh, de ideas, sí sí, comunes.

–¿Qué potencia?

–Y… La verdad, estoy fundido, totalmente fundido. Como para cuarenta sonetos.

–75 watts.

–Bárbaro. ¿Qué salen?

–Quince bocados.

–Regio. ¿La probás?

–Cómo no –y enrosca el foco en un portalámparas de prueba; al presionar la tecla para encenderla la lámpara estalla en una ola voraz de colores, texturas, sonidos, imprecaciones, vocablos exóticos e insinuantes, miradas, llantos, timbres de voz, lugares. Todo en un relámpago que deja a los presentes aturdidos, abrumados, a punto de la euforia.

–Estaba… estaba fallada –dice al fin el empleado, recuperándose de la emoción.

–No importa. Yo ya tengo lo que necesitaba. ¡Adiósss!

–¡Atorrante! –masculla iracundo el pequeñoburgués que observa la acción desde un rincón oculto.

***

Entra una dama púrpura que parece la resurrección del abismo prenatal en el deseo de quienquiera la contemple. Su color entre purpúreo y azul sombrío late, oscureciéndose hasta lo negro y volviendo a brillar al ritmo de su respiración.

–Hola. ¿Está el encargado? –pregunta con una voz del mismo color.

–Sí, soy yo. ¿Qué necesita, prodigiosa dama?

–Vendo el placer de mi secreto. No sé si le andan faltando voluptuosidades…

–Mmm… a ver, me voy a fijar en el depósito.

Cuando el encargado, único personal presente, se va, la mujer se apaga absolutamente como un cerrar los ojos de tristeza. Al volver y no encontrarla, el encargado se pone a rabiar:

–¿Cómo la dejé pasar? Seguramente vivíamos un mes de lo que estaba ofreciendo. ¿O no sería de esas chistosas…?

Pero antes de que acabe de sospechar, la dama resurge de su ausencia o su silencio, no queda claro, y lo interroga paciente con ojos de los que desatan guerras.

–Eeeh –trastabilla la cabeza del encargado–. ¿Cuánto está pidiendo por cada pliego?

–No mucho, algo para comer nada más. Algunas esperanzas, algo de paz. Si usted quiere le doy todo por un puñado de perseverancias, para pasar la semana.

Al oír el “le doy todo” el corazón del encargado sufre un no pequeño estrangulamiento a nivel de la garganta, pero luego vuelve en sí (o en otro, en esos casos ya no se puede saber) y ahora decide no aprovecharse de la incandescente desdicha de la dama que sin saberlo posee tan preciada y urgida mercadería y anda regalándola por ahí. Carraspea.

–Mire, mi estimada dama. Primeramente permítame decirle que es un honor para mí y para esta institución que usted esté presente aquí. Segundo: lo que usted tiene vale mucho, pero mucho… Como mínimo yo tendría que darle todo el amor del que nos escribe, ¿me entiende? Y yo, la verdad es que me salvaría tener esa cantidad, pero no la merezco aún, nunca la he tenido. Entonces lo que yo le pido encarecidamente es que me espere, así yo puedo reunirla. Por favor, espéreme, tal vez en sólo un par de años puedo conseguir lo que vale. Deme ese honor; considere que yo soy el primero que le dice la verdad, y usted podría estar ahora derrochando todo su océano nocturno sin saberlo. Déjeme que le dé como seña toda la paciencia, la entrega, el coraje que tenemos aquí; serán unos veinte kilos de cada uno, y ante todo lo que guardo con más celo desde siempre: una plantita de ternura que sembré hace ya veinte años y de la que jamás he cortado una flor.

llEscuchando todo esto, la incandescencia bruna se va fijando en un tono encarnado que a su vez se incendia con crecientes infusiones de escarlata y carmesí, incluso atisban destellos blancos, envueltos siempre en cápsulas de callado trueno azul. Hacia el final de la oferta el propio rostro de la dama empieza a mutar, impredecible pero inminentemente, hasta que la coloración de su detenimiento hace evidente que se aproxima una sonrisa, y, probablemente, lluvia de estrellas oculares. Advirtiendo esto el encargado empalidece de horror y suplica:

–Dama mía, por favor, tenga la piedad… Estamos en un lugar cerrado, hay cosas frágiles, hay combustibles, podemos sucumbir si la mercadería se entera…

Ya el rostro de la dama empieza a ser una aurora insoportable para las cosas de este mundo cuando los sensores del cielorraso detectan el crepúsculo y se activa la alarma contra paroxismos que descarga una tibia lluvia de escepticismo en todo el local, cubriendo a los presentes con sus infalibles tropos.

La lluvia, que no se atreve a mojar a la dama, va apagándola no obstante en un contracrepúsculo desgarrador que se lleva al peligroso sol a contratiempo bajo su horizonte, y se lleva a la dama nuevamente hacia la ausencia absoluta, pero esta vez se lee en lo que queda de sus ojos sin sol atardeciente que se va para no volver. La lluvia no puede apaciguar la desesperación que hizo presa del encargado al ver la promesa convertirse en puro espejismo; ha empezado a temblar contraído, incrementando el volumen de su cuerpo; la lluvia recrudece aún más pero no hay forma de controlarlo. Al fin el encargado huye del mostrador hacia el depósito y la alarma, cuando la vibración del recinto acaba de acabarse minutos después, se desactiva.

Un rato después un empleado lo rescata. Había tratado de suicidarse ingiriendo un bidón entero de resignación, cuando la dosis máxima soportable para la vida humana es medio litro. Lo llevan de inmediato al Hospital del Desesperado, todavía con signos vitales. Evidentemente tenía más de lo que creía para ofrecerle a la dama.

***

Ayudada por un bastón entra una señora mayor y espera su turno. A un costado hay un niño de grandes ojos y grande boca, que mira hacia la calle, como atento a algo que por supuesto la calle no es.

Un empleado se acerca, saluda e inquiere.

–Está el chico antes que yo –contestan sus setenta años.

–No, no se preocupe. Es un fantasma.

La señora abre los ojos hasta tenerlos como los del chico, cosa que en general significa bastante asombro, y mira a ambos varones alternativamente.

–Sí –insiste sonriendo el empleado–. Vea. Tóquelo.

La señora, sin detenerse en reparos ni temores, extiende (eso sí, lentamente) su brazo y en su brazo su mano y en su mano su dedo índice hacia el niño, que sigue exactamente en la misma posición que al principio. Al llegar el dedo de la señora al rostro del infante se topa con el frío.

–Ande, meta sin miedo.

El dedo avanza tras la superficie del rostro, sumergiéndose en un líquido parecido al agua, pero algo más denso, como plasma o gelatina, y que tiene la curiosa propiedad de incitar a quedarse a lo que se encuentre dentro.

–Está de oferta. Acaba de llegar, importado. Inspiración de primera calidad.

La señora lo mira con ojos del doble de su tamaño original y el aliento cortado. De pronto, su ceño se frunce: ha reccionado.

–Pero, ¿qué ferretería es ésta?

–La ferretería de los poetas.

–¡Ah! ¡Disculpe! –espeta ostentando todo lo posible su enfado para contrarrestar su sentido de la humillación–. Me confundí. Yo buscaba una de las normalitas.

–Qué se le va a hacer –condesciende el ferretero–. Hasta luego.

***

Un señor calvo, algo gordo, entra con aire preocupado.

–Buen día. ¿Tenés adjetivos para soldadora?

–¿Qué tiene que soldar?

–Mirá –dice luego de un fuerte suspiro–. Tengo un sustantivo, que trae el hilo de la frase, ¿no? Es “aprendizaje”. Y después viene “por tus manos”, que son las que enseñan, ¿me seguís? Y tengo que soldar el aprendizaje con las manos, con un adjetivo, de tres sílabas, que dé a entender que el aprendizaje lo dieron las manos.

–¿Probó con brindado, creado, etcétera?

–Sí… Sí… Pero no, no sirve eso, es muy flojo, traté y se despegaban al toque, y se me cortaba todo el hilo de la estrofa. No: yo necesito algo fuerte, intenso, que los suelde bien, ¿entendés? Tengo una soldadora de ésas de antes, ¿viste? Y vos le ponés uno de esos adjetivos berretas y no te los agarra ni a gancho. Por poco se me arruina cuando le puse ofrecido. Entraba, como antes va “aprendizaje”, ¿no?

–Espéreme un segundito que busco.

Durante la espera es notorio el proceso de hinchazón de una vena del lado derecho de la frente del cliente.

–Aquí están. Tengo prendado, labrado (no sé si es compatible con tu soldadora), gestado, trabado, tramado, rendido, enredado, reunido, enlazado. De otra marca hay: tallado, bordado, calado, esculpido, grabado… No sé si alguno le sirve. Si no, tengo de la línea surrealista, que sueldan pero en arquito, ¿vio?, como dando un rodeo, un brinco en el hilo y vuelve, y ahí sigue derecho nomás.

–¿De ésos qué tenés?

–A ver: tengo tendido, tragado, cromado, soplado, bramado, arropado, cansado, ensopado, parlado, tronchado, limado, lanzado… Bueno, hay más. Están mezclados con los lunfardos, ahora que veo. Uno especial, de mejor calidad en esta línea, que es un poco más caro y le traería quizá problemas con la métrica, es vomitado.

–No, no, dejá, no me sirve eso. No, yo busco más para este lado…

Se queda en silencio, cavilando. Parece rumiar mentalmente cada vocablo ofrecido, especulando sobre su buen o mal funcionamiento.

–No, che, sabés que me parece que ninguno va a andar, no sé… Bueno, dejame que lo piense y en todo caso vuelvo, ¿eh?

–No hay problema.

Antes de que el hombre cruce la puerta de calle, el empleado, que se ha quedado pensando, lo detiene:

–Disculpe, señor: ¿no probó con soldado?

–¿Cómo decís?

–Claro: “aprendizaje soldado por tus manos”. ¿Eso no le sirve?

El hombre mastica unos instantes el adjetivo y empieza a mover la cabeza en un punto medio entre la afirmación y el tic nervioso.

–Ahí está… –repite con creciente alegría y volumen. Empieza a reír a carcajadas. Cuando se le pasa, le pide un “soldado”, con una sonrisa soldada en el rostro.

El empleado anota la palabra en un papel y plasma el sello de la ferretería.

–¿Cuánto le debo, amigo?

–No, deje, no es nada. No está en la lista de precios. Después me invita una observación. ¿Quedamos así?

–¡Pero cómo no! ¡Nos vemos! –dice en camino a la puerta.

–Que tenga un buen poema.

***

El patrón está solo tras el mostrador, abstraído en sus pensamientos. Mira vagamente los productos de superchería que han dejado los proveedores minutos atrás: ídolos varios, ninfas, tótems, peluches, calendarios, prendas cotidianas de seres ausentes. Los artículos de temor en caja aparte, con las severas advertencias FRÁGIL y ESTE LADO ARRIBA (las consecuencias de parar sobre su cabeza a tales productos pueden ir de la megalomanía y el optimismo hasta el materialismo dialéctico). Afortunadamente para todos los seres de esta tierra, a veces pasa y a veces no.

Nada perturba el ocio del patrón. Instantes más tarde aparece un joven de mirada cándida y mejillas coloradas que se acerca al mostrador y aguarda callado a que reparen en él. Esto todavía se hace esperar un tiempo, pero al fin el patrón posa sus ojos distantes en él.

–Hola –nada le responden–. Ando buscando un pituto medio alargado que lleva como engarzada una chapita en forma de L, algo gruesa. Con rosca.

El patrón, que hoy está en uno de esos días de cinismo sin filtro y ha olido al pichón, sonríe.

–Sí, sí, cómo no… Acompañame al depósito que te muestreo. Que te muestro, perdón.

llEl patrón toma aire con fuerza y se encamina hacia el fondo; el joven se apresura a alcanzarlo. Juntos atraviesan un oscuro pasillo atestado de estanterías con cajones rotulados varias veces una encima de la otra, pilas de mercaderías en estado de espera o descomposición y algunas con peligrosos vértices metálicos que cuelgan de ganchos igualmente filosos. Luego, al costado de una puerta que parece dar a un lugar más claro, quizás con alguna ventana, descienden por una estrecha escalera que da a un sótano de aspecto lúgubre, donde la humedad es tal que cala hasta los huesos. Cuelga del cielorraso una lámpara amarilla que cuando no parpadea arroja despojos de luz mugrienta, mortecina, que cansa rápidamente los ojos.

–Por acá, por favor –comenta el ferretero cada cuatro o cinco pasos, para infundirle seguridad al joven que de todas formas no parece tan inquieto como podría estar.

–En casa de herrero cuchillo de palo, ¿no? –dice el joven en un intento de amenizar la caminata.

–¿Por qué lo decís? –repone el patrón mientras atraviesa trincheras, vallas y otros obstáculos para llegar a la puerta del otro lado.

–No, por la lámpara –se acobarda.

–Pero si yo no trabajo esos productos, ¿de qué herrero me hablás? “Los poetas”, ¿qué te dice eso a vos? Esto tiene toda una ambientación, un concepto. Un sótano es por definición semioscuro, macilento, angustiante, incluso te diría sofocante, insalubre, maloliente. Tiene que estar mal iluminado. Si no, ¿cuál es mi honestidad como comerciante? Es más: nosotros producimos cosas como ésas, tenemos nuestra pequeña industria.

Llegando ya a la puerta como quien llega al fin de un señuelo, el patrón sonríe. La sonrisa despierta en el joven una multitud de recuerdos cinematográficos que rondan el área del expresionismo alemán.

–¿Querés ver?

El joven está completamente acorralado por las normas de una cortesía que jamás se atreve a rechazar.

–Sí, claro –dice y traga saliva.

Cruzan la puerta que lleva a un estrecho pasillo lleno de derivaciones, con el mismo exacto nivel de iluminación que antes. Mientras avanza lentamente, el patrón va enseñando cada puerta con manos, gestos y palabras.

–Ahí producimos paisajes en aerosol; es nuestra elaboración más sofisticada, la última que instalamos. Ése del otro lado es el cuarto de pruebas para las motosierras que estamos tratando de poner a punto y sacar a la venta. Cortan estrofas, versos, prosas, palabras, lo que sea, a diestra y siniestra. Medio a lo bruto, pero se usa, en estilos rústicos, coloquiales, verso libre, neologismos, concretismo, lo que quieras. Además, esto es industria nacional, y acá no se hacen más las cintas métricas, en las que elegías la métrica que se te antojara y chau. La lírica clásica está para el museo ya, viste.

El joven quiere apoyar la melancólica observación del patrón pero no quiere meter la pata así que se limita a pronunciar una sonora “m”. Avanzan al siguiente par de puertas.

–Acá a la izquierda hacemos máquinas de escribir, las que usan los best-sellers, ¿viste? Tienen varios moldes para elegir la trama y cierto carácter estilístico, y después bancos de palabras: uno de sustantivos, otro de adjetivos, etcétera. Elegís las opciones, la hacés funcionar y se pone a escribir. Las lleva la gente, che, y no se han quejado.

El patrón anima al joven a asomarse al cuarto: tres hombres trabajan iluminados pálidamente por los destellos de una amoladora en acción. Uno coloca pilas de tablillas con palabras en distintas cavidades de una gran caja metálica, otro conecta cables de diversas placas halógenas, otro arma pieza por pieza una impresora.

–Bueno, también hacemos las piezas para las máquinas, que se venden como repuestos. En ésta otra hacemos tornillos artesanales. Hechos a mano uno por uno, con un tipo de rosca original que diseñamos nosotros. Calidad superior. Eso sí: cuestan lo que valen.

–¿Y para qué sirven?

El patrón lo observa unos instantes en completo silencio y reanuda la marcha. El joven se siente humillado y no emite palabra en las dos paradas siguientes. Llegan a la última puerta, la frontal, la única con una verdadera puerta de madera y picaporte en vez de un simple umbral.

–Y ahora lo mejor.

Abre sonriente la puerta de par en par para entrar a una gran sala aún más oscura que el resto del sótano, ocupada por filas de pálidos sujetos sentados, con tubos que les atraviesan el cuerpo, los cuales les introducen y extraen fluidos hacia recipientes erguidos a un costado. El joven se acerca con paso indeciso a ellos, azorado por la impactante visión, como queriendo refutarla al tacto que no tendrá agallas para usar.

–El producto más preciado y vital. La piedra preciosa humana y su savia motriz por excelencia: ¡la sangre!

En efecto, uno de los tubos que se conectan al cuerpo de los hombres inmóviles, huesudos y de mirada de insalvable agonía y agudo espanto, tiene un tono bermellón oscuro y espeso; sale del brazo izquierdo de los desangrados e hincha una bolsa que regula por la presión el líquido extraído y de a ratos se detiene para aguardar una nueva producción. Junto a ésa hay otra bolsa con suero que fluye viscosamente hasta perderse dentro de las ropas.

–¡Alimento y arma de los viscerales, combustible voraz de los apasionados, condimento infaltable de comedias osadas, protagonista más que trillado pero jamás desplazado del terror, la acción, el drama, la sobornable pero insobornable al fin Muerte! ¿Qué podemos hacer sin ella? ¿Qué podríamos ser sin ella? A la vista o por lo bajo, explícita o implícita, literal o figurada, la sangre está en cada verso de un verdadero poeta, es la esencia, la fuerza, la pluma, la tinta y el canto. ¡Lo es todo! ¿Cómo entonces no dedicarse a producirla, para facilitarla a todos los perseverantes creadores que la ansían, que la necesitan como desesperados vampiros?

El joven empieza a oler algo feo en el ambiente, aunque a la vez trata de parecer interesado, impelido por una cortesía a prueba de balas.

–Ajá… ¿Y ellos la producen? –dice aunque se arrepiente de inmediato sintiendo que es una pregunta inoportuna.

–Desde luego son seleccionados para garantizar la calidad del producto. Ahora están algo blanquecinos, gajes del oficio, pero al principio se los escoge por el color de sus mejillas, se ve a primera vista –el patrón toma un grueso palo que está apoyado contra la pared, sin ser visto por el joven que sigue absorto en la imagen de los desangrados–, un buen ojo sabe encontrar lo que busca.

Le asesta un mazazo en la cabeza y el joven cae fulminado por el golpe proferido desde atrás. Un empleado que contemplaba la escena se acerca para arrastrar el cuerpo hacia algún asiento vacío.

–¿Lo sangramo, jefe?

–¿Lo qué?

***

Asoma una mujer con anteojos de sol y cuadernos entre los brazos, que al ver la gran cantidad de gente en el local, encuentra a un empleado desprevenido al otro lado del mostrador y pregunta:

–Disculpame, una preguntita así no espero: ¿tenés entre luces?

–¿De mañana o de tarde?

–De tarde.

–No, atardeceres me parece que no me quedaron. Pero ahora, en dos horas, tenés uno en la plaza. Nosotros, cuando se agotan, los sacamos de ahí.

–Gracias. ¡Ah! ¿Y máquina de inventar nombres?

–¿Castellano?

–Sí.

–Sí, tenemos.

–Ah, bueno. Entonces espero.

Ilustración de Carlos Tesoriero para el cuento en la primera edición de Paroxismos.

*

Tomaste el tren al final, cruzaste el pasillo brillante de los pomposos relieves, el espejo de la cafetería ya te vio y te olvidó, y tu huella también se fue de la estación, porque para qué me iba a quedar a un costado saboreando el después de vos, si bien podía fumar toda la tarde en algún otro rincón que no tuviera tus ojos por todas partes. A quién echarle la culpa de que las hojas de nuestro verano hayan muerto, que quien nos vio en sus parques y sus calles, bajo sus cielos, se haya ido y como para no volver, no podemos culpar al otoño ni al tiempo ni a nosotros ni a lo sucedido, ya sabemos que de nada sirve; este dolor habrá que masticarlo o fumarlo sin la piedad de un culpable, porque después de todo eso era lo que andábamos buscando, ¿no fue así desde el principio? Ahora debemos vivir por nuestra cuenta, sostenernos solos, como si nada hubiéramos sabido, y como antes no lo podíamos soportar. ¿Cómo vivíamos en ese antes, aun antes del hastío y de la búsqueda, cómo decidíamos si tomar un café o levantarnos de la cama o leer una revista o amarnos? ¿Qué clave usábamos, o, ahora que no podemos ni podremos más ocultarnos nuestra suerte, cómo podíamos discernir dos caminos sin una clave? De alguna manera igualmente abandoné la estación.

Y creo que en realidad empezó con la muerte de tu hombre pasado, es cierto que ya no estábamos tranquilos ni podíamos dormir o comer o hablar bien, pero el catalizador de tu hartazgo fue ese hecho, sumado a tu odio secreto por él desde que desapareció al quedar embarazada, tu meticulosa maldición en la ausencia, mientras adornábamos la pieza y le comprábamos ropa y juguetes y nos acostábamos en la pieza de al lado dejando la puerta entreabierta, y mientras sonrisas y guardería y viajes y teta y pañales.

Hartos de ese caos, y no de Martín que un poco nos estabilizaba y nos dejaba orbitar en torno a algo concreto, hijo, fue cuando quien tanto habías querido ver sufrir luego de haber querido tanto y ahora olvidabas en una tentativa de armonía, murió luego de una tortuosa agonía, que te cansaste de ese no poder asir jamás siquiera algo como el destino, y decidiste comprarlo.

Recuerdo bien tus palabras esa noche en casa, en nuestra casa, ya con él sobre la mesa de café donde volvería cada vez, pero ahora me suenan tan vagas como entonces. ¿Qué contacto de un amigo? ¿Qué encuentro casual en una plaza? ¿Qué cuotas, qué garantías, qué instrucciones? Para mí todo se hacía aún más confuso, pero por esa falta de sentido era mucho más fácil dejarse llevar por algo un poco más sólido que la nada o el tiempo, como lo que traías no sin tu cara ya habitual de angustia sin salida.

Escéptico, te dejé tener esa ilusión tan inverosímil para los dos. Esa misma noche lo armamos por primera vez, dubitativamente y demorando mucho por la falta de experiencia, y atendiendo entretanto a Martín, que se ponía insoportable de noche si no nos tenía a la vista. Cómo recuerdo nuestras caras, nuestra cierta impaciencia mezclada al hastío de todos los días, nuestras miradas fugaces, nuestras soledades agazapadas ante un futuro nuevo.

Esperamos, como dijiste que había que hacer, cinco minutos, y de pronto todo fue tan claro, tan simple el hecho de que tuviéramos que salir a cenar, dejando el bebé a tu madre, que salieron cabalgando las risas convulsivas en nuestros rostros humedecidos que se acercaban abrazándose y tocándose y mojándose, tan felices de que por lo menos esa noche hubiera que ir a cenar afuera. Yo te abrazaba mientras llevabas a Martín a la casa de tu madre, que no vivía lejos, y luego nos fuimos casi corriendo al primer restorán que apareciera ante nosotros.

Llegamos a una parrilla y nos metimos al fondo, bien adentro para respirar su aire y ver todo restorán y estar tan felices, el pecho tan hinchado de euforia, que en cualquier momento estallaría. Vos pediste una milanesa con puré y yo asado, y los devoramos sin dejar de sonreír, degustando como nunca la comida, y no había obstáculo alguno para nuestro amor, no había nada que nos impidiera amarnos y estar contentos por tenernos al lado. Pedimos postre y café, y nos fuimos sólo cuando nos echaron porque tenían que cerrar el lugar, pero seguimos dando vueltas por las calles, un poco por inercia de la velada, como viviendo un después y no precisamente el andar por las calles, hasta que nos topamos con la puerta que llevaba a nuestro departamento y decidimos entrar dejando a Martín olvidado con tu madre. Qué nos importaba, qué le importaría a ella, qué le importaría al bebé.

No nos imaginamos entonces que la angustia podría volver por la mañana, y como en toda primera vez nos asustamos terriblemente al pensar que sería irreversible, que había sido un instante fugaz que nos hundía definitivamente en la tiniebla bajo el sol de la calle. Yo me abalanzaba sobre tu armario para buscarlo y armarlo otra vez, pero vos me detenías con lágrimas en los ojos diciendo que sólo se podía armar una vez cada noche. Lloramos juntos pero con cierta distancia, como si cada uno le recriminara al otro el haber sido testigo de esa felicidad de la noche pasada, felicidad impostora, que nos ahogaba. Cuando al fin llegó la noche lo trajiste otra vez a la mesita y lo armamos con laboriosidad; no sabíamos en realidad lo que estábamos esperando, porque estábamos convencidos de que esa mañana había sido la peor de todas; pero también como en toda primera vez, teníamos la esperanza de que fuera una especie de error y que la segunda lo remediaría. Durante la espera, una vez que acomodamos la última pieza, nuestra expectativa nos fue recon ciliando un poco en esa suerte que nos unía en el mismo caos, con la misma expectativa. Te tomé el mentón con mis dedos, y sonreíste condescendiente, mientras pensabas en lo mismo que yo, que no era yo mirándote la cara mirándolo funcionar, aguardando esa respuesta.

Al fin dio su sentencia y nos fuimos a dormir tranquilos; se había apiadado de nuestro día entero y nos permitiría llegar con rumbo a la próxima noche. Al día siguiente lo llevamos a Martín y le compramos el trajecito azul que había que comprarle, que francamente no me gustaba para nada, y me pareció que a vos tampoco, pero qué nos importaba si el bebé estaba con su trajecito azul y todo estaba en su lugar, el sol en el cielo y el bebé con el trajecito azul.

La otra noche nos desvelamos haciendo el amor junto a la puerta de entrada, pobre Martín, que no podía ser atendido, pero qué importaba, si no podía no ser feliz con nosotros haciendo el amor junto a la puerta. Luego tuvimos que juntar ropa para unos chicos que estarían en la estación de trenes por la tarde, y esa tarde vimos con detenimiento los relieves del pasillo, y nos reímos haciendo chistes estúpidos mientras esperábamos que aparecieran los chicos que no aparecieron. Cuando se hicieron las nueve de la noche dejamos la ropa en un rincón y nos fuimos a buscar a Martín a lo de tu madre para cenar y armarlo otra vez, y volver a preguntarle, a pedirle.

Sólo sentí algo raro cuando nos tuvimos que mudar, porque no estaría entonces en el mismo lugar todas las noches, y temí que eso pudiera afectar todas las cosas, pero con tus palabras me tranquilizaste, aunque en realidad estabas más preocupada que yo.

Los días, poco a poco y sostenidamente, fueron adquiriendo mayor claridad y nos fuimos liberando de esa enorme bestia que aplastaba nuestros hombros y nuestras nucas, y entonces no era el hecho de que yo empezara a estudiar botánica o a trabajar en un supermercado o que vos juntaras todas las tapitas de gaseosa tiradas en las veredas del centro (cómo nos reímos ese día, descubriéndolas en los rincones, ante las miradas de la gente, siguiendo a alguien que salía del quiosco con la botella en la mano esperando la suerte de la tapita) o que pidiéramos como locos dinero prestado para poder viajar a Angola, y qué feo que era Angola ahora que lo recuerdo pero cómo nos gustó. No, no era nada de eso, era lo otro que sentíamos tan llenos los dos, abrazándonos y siguiendo el camino que nos marcara cada noche.

Fueron tiempos felices, más aún con el tiempo que los había antecedido, fueron tiempos en los que pudimos respirar y dormir de corrido, y hacer crucigramas y escuchar música, como cosas de todos los días.

Me duele recordarlo, no creas que no. No nos habíamos quitado todavía la pintura de la cara, teníamos en los bolsillos las monedas juntadas durante la tarde, y fuiste como siempre a tu armario a buscarlo mientras yo cambiaba a Martín que también sonreía, que también parecía feliz con nosotros. Apareciste con la caja y nos miramos con esa cara que era tan conocida por los dos, con ese preludio al placer que era a veces más que el placer mismo; lo sacamos y empezamos con nuestro ritual de todas las noches. Lo hacíamos en silencio porque los chistes ya los habíamos agotado en las primeras noches, y sus repeticiones en las segundas, pero siempre había algo, algún gesto o caricia o Martín o cualquier cosa que nos afirmaba en el presente de preludio. Esperamos los cinco minutos, de los que al principio nos daba miedo hablar, pero luego, con el tiempo, poco a poco, fuimos soltando palabras y comentarios, y al fin acordamos que eran el momento de mayor éxtasis, en que al principio nos echábamos atrás en el sofá y nos besábamos abrazados porque había tiempo, pero pensando en qué vendría después, sin descuidarnos con la espera, y luego, porque alguno de los dos lo señalaba, o por un escalofrío, o por el nudo en el estómago, sabíamos que debíamos inclinarnos hacia él y asomar por el agujero, y yo te ponía la mano en la rodilla o vos me acariciabas el cuello hasta el momento de la revelación, al que si era posible seguíamos en la cama, hasta que Martín nos absorbiera a su mundo, se ponía tan insoportable por las noches.

Hacía tiempo ya que teníamos incorporado el tiempo de espera y no necesitábamos avisarnos para adelantarnos y asomar. Ahora no puedo sentirlo como entonces, porque fue único, pero recuerdo que fue como si un mar cálido se cristalizara de golpe en su interior con un frío punzante, pero sin frío, sin ruido, a media luz como siempre, nos petrificamos, la cara nos ardió y se erizó nuestra piel. El mundo entero en que vivíamos y al que estábamos acostumbrados, que podíamos asir, de pronto se había detenido y era extraño e inconmensurable, y el mismo cristal se fracturó y cayó muy lento ante nuestros ojos secos.

Nos miramos, y en nuestras caras cada uno adivinó la respuesta, o al menos la predisposición del otro; entonces te tiraste sobre mí a los gritos con los ojos rojos, diciéndome que era imposible y que estábamos locos, y quisiste hacerlo volar por el aire pero te contuviste, con la fuerza que sobre cualquiera tiene lo sagrado, y rompiste al fin en el llanto que tenía que llenar de una vez ese otro preludio insostenible. Te abracé con fuerza mientras te ahogabas a los gritos y Martín te acompañaba, y también lloré, en silencio, no creas que era mucho más fácil para mí, pero ya habíamos elegido tomar ese caos y no podíamos cambiarnos cuando se nos hiciera difícil. En realidad fue desde que no lo tiraste con mesa y todo que aceptaste el veredicto, porque significaba que no dejaba de ser sagrado para vos, que seguías orbitando como yo en torno a él. Fueron pasando los minutos, y poco a poco nos fuimos ablandando, pero Martín no tanto. Me deslicé de nuestro abrazo para ir a calmarlo, y eso te hundió otra vez en el dolor; no sé si me hiciste algún comentario por demás inútil, porque yo estaba pensando exactamente lo mismo. Algunas palabras cruzamos mientras Martín se calmaba, pero tampoco hacían falta porque por debajo de ellas fluía el río negro que iba recorriendo el camino por nosotros. Nos fuimos resignando, sin dejar en ningún momento de llorar pero sin alternativa, yo fui a buscar alguna bolsa a la cocina mientras vos muy despacio, como intentando salvarlo con unos minutos de más o de menos, hacías los preparativos para después. Creo que el peor momento fue cuando aparecí por la puerta de la cocina con la bolsita transparente, cubierto el rostro rojo y arrugado de lágrimas. Nos abrazamos entonces por última vez esa noche, desesperadamente tratando de aliviarnos esa herida de la que seguía brotando la desesperación.

 No quisiste que te diera la bolsa, al principio rehuiste la mirada y te diste vuelta, pero sabíamos que tenías que ser vos y nadie más. Al fin la agarraste de un envión y sin mirarme, aunque yo tampoco te podría haber mirado, y te encaminaste hacia él con las piernas temblando. Yo te seguía muy de cerca, te quería abrazar pero sentía que era imposible, que habría sido peor, y sólo me quedaba con mi aliento sobre tu hombro. Quedamos los dos frente a él en silencio, Martín ya no lloraba y dormía tranquilo, y los minutos que estuvimos así no fueron agonía sino muerte, la desolación muda luego de la muerte misma. Te moviste al costado para abrazarme pero te arrepentiste, y te apuraste a cumplir mientras no podías aguantar los lamentos ahogados. No creas que no sufría lo mismo que vos mientras te veía hacerlo, que no me estaba rajando el mismo fuego por todo el cuerpo.

Cuando terminaste yo me ocupé de deshacerme de él con cuidado, como debía hacer, dejando que te hundieras sola en tu propio infierno. Te fuiste a nuestro cuarto sin mirar a nada, ha brías ido corriendo si te hubieran quedado fuerzas, porque aún tenía sentido ir a llorar a la cama y no quedarse en el sofá, ir corriendo o arrastrándose, eliminarlo parte por parte o entero. Yo también me quedé solo con Martín para cumplir con mi tarea, que no era para nada más inocente que la tuya, y habría sido la peor de habernos cambiado los papeles.

Me llevó más de cuatro horas terminar hasta el último detalle, sumando los intervalos en que me quedaba abstraído por completo, luego de que me llegara algún ruido desde la habitación, nuestra habitación. Cuando entré para acompañarte y descansar acabada mi parte, te encontré dormida hecha un ovillo en el centro de la cama, y por miedo a despertarte volví sobre mis pasos y me acosté en el sofá.

Me desperté al mediodía y ya tenías las valijas hechas. Estabas en la cocina, sentada a la mesa, esperando que despertara para despedirme. No nos dijimos una sola palabra mientras yo hacía el mate y vos no lo aceptabas y yo lo tomaba solo y despacio, queriendo retenerte a cada segundo un segundo más, malgastándolos a todos en preocuparme por esas cosas. “Bueno, me voy” dijiste antes de que se terminara el agua, arruinando todos mis intentos; sólo me dejaste llevar una valija, las otras dos te empecinaste en arrastrarlas sola por el pasillo, la calle, la estación.

Todo el viaje fue ese silencio de después de muerte, pero en vida, empezar a arrastrar la vida después de haberse muerto. En vano juramos callados no volver a hablar de él ni cruzarnos sin evitarnos en nuestras vidas; nos mirábamos, y ya sabíamos todo. Es cierto, tampoco sabíamos ahora qué seguiría ni por qué, pero ya nos parecía ridículo dejárselo todo a él si podíamos confiar con la misma resignación en algo más grande, más concreto e inabarcable. Cuando dijiste que ya tenías que irte, yo comenté que era una lástima que no hubiéramos tenido tiempo para que te invitara a tomar un café.

* Este cuento no tiene título, o bien su título es algo innombrable y como tal carece de letras. Decida el lector la opción más apropiada.